<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769</id><updated>2011-12-30T22:03:55.876-03:00</updated><title type='text'>Intríngulis</title><subtitle type='html'>Relatos y Cuentos</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>78</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-3569646879532770389</id><published>2010-12-02T20:46:00.022-03:00</published><updated>2010-12-02T21:42:18.206-03:00</updated><title type='text'>El farsante</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/TPg8tECy7JI/AAAAAAAAAmM/elrGZ58h4s8/s1600/El%2Bfarsante.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 228px; height: 320px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/TPg8tECy7JI/AAAAAAAAAmM/elrGZ58h4s8/s320/El%2Bfarsante.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5546249685984013458" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt;   &lt;w:browserlevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/w:BrowserLevel&gt;  &lt;/w:WordDocument&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 10]&gt; &lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable  {mso-style-name:"Tabla normal";  mso-tstyle-rowband-size:0;  mso-tstyle-colband-size:0;  mso-style-noshow:yes;  mso-style-parent:"";  mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;  mso-para-margin:0cm;  mso-para-margin-bottom:.0001pt;  mso-pagination:widow-orphan;  font-size:10.0pt;  font-family:"Times New Roman";} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;/p&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt;   &lt;w:browserlevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/w:BrowserLevel&gt;  &lt;/w:WordDocument&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 10]&gt; &lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable  {mso-style-name:"Tabla normal";  mso-tstyle-rowband-size:0;  mso-tstyle-colband-size:0;  mso-style-noshow:yes;  mso-style-parent:"";  mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;  mso-para-margin:0cm;  mso-para-margin-bottom:.0001pt;  mso-pagination:widow-orphan;  font-size:10.0pt;  font-family:"Times New Roman";} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;A orillas del mar, bajo una brisa fría y constante que atravesaba la costa de punta a punta, una sombría figura analizaba minuciosamente el oleaje, las corrientes y los vientos, con la estampa del hombre de experiencia. Ante sus ojos, el panorama se extendía en todo su esplendor; decenas de seres provistos de tablas surcaban las aguas en diversas direcciones respetando el orden establecido por los usos y costumbres de la región. El clima era propicio; las condiciones, inmejorables; no obstante, un atisbo de duda recorría su mente generando cierta inquietud. Con las manos unidas en cruz a sus espaldas y practicando gestos de aprobación, evaluaba las salidas posibles, sin hallar pretexto alguno que le permitiera evadir con dignidad el desafío que él mismo se había impuesto. A esa altura era consciente de que no podía echarse atrás. La mayor presión, es preciso decirlo, no provenía del agua, sino de la arena. A pocos metros de distancia, sentadas sobre una toalla dispuesta para la ocasión, dos señoritas visiblemente entusiasmadas con el espectáculo prometido, esperaban con ansias que el héroe del momento hiciera su ingreso al mar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Momentos antes, cuando todavía se hallaba en el local de tablas, recibía una noticia inesperada: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;No hay tablas de alquiler, están todas alquiladas.&lt;/span&gt; La reacción fue inmediata y resonante. En un alarde de desazón propia de un hombre traicionado, descargó todo tipo de lamentaciones, alzando la voz y haciendo aspavientos. Ignoró con fastidio las excusas, menospreció los perdones y llegó a proferir insultos sin destino marcado, todo ello con el propósito de mantener oculto el alivio que lo envolvía por dentro. Pocas veces se ha visto un acto de indignación tan bien representado. El grado de dramatismo alcanzado en ese momento llegó a ser tan profundo, que logró revolver los más íntimos sentimientos del dueño del local, a tal punto que éste, en un gesto conmovedor, se desprendió de su objeto más preciado. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Tomá, llevate mi tabla,&lt;/span&gt; le dijo. Ante el hecho consumado, reveló sus grandes falencias; pálido y con los ojos inquietos apenas pudo esbozar una sonrisa. Se lo veía desorientado, tartamudo, indefenso. Todavía opuso cierta resistencia, alegando un tibio resquemor a tomar lo prestado, pero ya sin convicción, con la impericia de siempre, ignorando que todo esfuerzo resultaría vano. El mayor impacto se produjo sin embargo cuando recibió la tabla, cuando advirtió que no era un tablón, sino una auténtica tabla de surf. En ese momento el pavor se escurrió entre sus dedos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la tabla bajo el brazo y con el ánimo por el piso, abandonó el local y se dirigió a la playa arrastrando amargos pensamientos. Las señoritas, por su parte, lo escoltaban dando saltos de alegría con la soltura que caracteriza a las personas que se saben ajenas al juego. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde la orilla, en pleno proceso de resignación, pretendía hallar el conducto hacia las olas navegables. Se ajustó la correa al tobillo, sin despegar la vista del agua y aprovechó la postura para estirar las piernas. El traje de neopreno era el detalle imprescindible, el disfraz perfecto, vestido de esa forma no desentonaba, al menos fuera del agua. Podía decirse incluso que era un nativo del lugar. Pese al cansancio, elongó sus brazos para alejar los temores y por un instante se detuvo a observar a un perro que se había echado a su lado. Sintió una profunda envidia al verlo allí tendido, con la mirada serena, ajeno a las presiones humanas. Al recobrar el sentido, fijó la vista en las olas nuevamente. Sabía que era el día menos favorable para aprender a hacer surf en el sentido estricto del término. Las señoritas, con los bazos en alto, vitoreaban su nombre al unísono, motivo que acentuaba su malestar hasta niveles intolerables. Tras una larga espera, ya cansado de tanto festejo, dio una profunda aspiración que lo revistió de coraje, se rascó el pecho con ambas manos, y sin permitirse más rodeos, se abrió paso entre las aguas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ingreso fue caótico e interrumpido. La ausencia de un guía dificultaba la tarea. Al cuarto retroceso, forzó una inmensa sonrisa y saludó a las señoritas con el afán de descomprimir la situación. Los repetidos intentos que siguieron al saludo resultaron tan fallidos como los primeros. No había forma de cruzar la rompiente. En un descanso añoró tiempos pasados, se remontó a sus inicios, cuando corría olas a pecho, a la sombra de un gigante, su gran maestro. Quiso largarlo todo y ser feliz nuevamente, pero el orgullo que gobernaba sus decisiones lo obligó a seguir adelante. Y así continuó el derrotero, yendo y viniendo como un alga marina, como un pez muerto, tragando espuma, recibiendo golpes, luchando contra las olas que le cortaban el paso. Probó hundiendo la tabla y alzándola al cielo, la empleó también como escudo penetrante, ubicándose tras ella y pujando con fuerza, pero en todos los casos fue vencido por el poder incontenible de las olas. Una y otra vez fue devuelto sin compasión hacia la orilla en un ajetreo desesperante. Cubierto por la espuma de la vergüenza, tras cada sacudida, se reencontraba con la tabla y volvía a intentarlo, en lo que parecía ser un juego macabro. Andaba solo, más solo que nunca, y se sentía observado. No podía oírlas, ni se volteaba a verlas, pero sabía que reían, que ya no tenía sustento. De pronto, tras varios reveses, cuando maduraba la rendición, se produjo el hecho insólito, el milagro imprevisto; de un momento a otro las olas cedieron y ese punto diminuto que oscilaba en el océano logró avanzar hasta la zona de privilegio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegó a las aguas prometidas, aprovechó la calma de la marea y se sentó sobre la tabla con la intención de recuperar las fuerzas malogradas. Al mismo tiempo, consagró su atención a decidir por dónde convenía afrontar la aventura. Su falta de experiencia le impedía tomar una determinación personal, de modo que optó por seguir el camino escogido por los expertos. Se ubicó a una prudente distancia, adoptando la postura obligatoria y se dispuso a esperar la llegada de las olas. Al perseguir la primera ola se topó con un tremendo escollo, rápidamente advirtió las dificultades que planteaba esa extraña tabla que le habían adosado. A pesar del esfuerzo que hizo, no logró avanzar siquiera un metro. Lo intentó por segunda vez, confiando ciegamente en sus aptitudes, pero el resultado fue todavía más humillante. Confundido, inspeccionó la tabla en la búsqueda de algún desperfecto, pero no encontró ninguna falla visible. Ciertamente, algo andaba mal; las brazadas no surtían efecto y los movimientos de sus pies resultaban estériles. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;No puede ser tan difícil&lt;/span&gt;, repetía contrariado. Tras una larga serie de intentos de la misma factura, el pobre hombre se apiadó de sí mismo y se detuvo a descansar. Estaba exhausto. Sus extremidades parecían estar hechas de plomo. Comprendió que era necesario un cambio estratégico. Para ello, realizó cálculos matemáticos, midió distancias con la ayuda de sus dedos, y observó a los sabios. Recién entonces arremetió con ímpetu y pudo correr una ola. No fue la mejor corrida, es cierto. Cuando quiso ponerse de pie, perdió el equilibrio y cayó al agua en forma estrepitosa. El impacto había sido violento, le vibraba la cara y estaba un poco mareado, pero se lo veía exultante. Después de todo, había dado un gran paso. Fue la primera de muchas caídas, una más dolorosa que la otra y cada una de ellas de un estilo diferente. Bastaba ver la tabla volando por los aires, para intuir que se debatía contra la asfixia, atrapado bajo el agua, impedido de salir a la superficie. Hostigado por las olas conoció la aspereza de la arena oculta y bebió litros de agua salada, aprendió a contener la respiración y descubrió tardíamente que lo que abunda a veces daña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Extenuado, se entregó por completo a un merecido reposo. Apoyó la cabeza en la punta de la tabla, con los brazos a flote, y se dejó llevar por la corriente. En ese estado navegó a la deriva por tiempo indeterminado. Cuando abrió los ojos, se encontró muy solo, en un sitio distante, alejado de los hombres. Había perdido la noción del tiempo. Todavía aturdido, miró hacia la costa en busca de un punto de referencia y se asombró al comprobar su ubicación. De alguna manera se sentía protegido, le agradaba estar fuera del alcance de las señoritas. Con mucha calma, tomó la decisión de volver, pero una fuerte molestia en los brazos lo obligó a postergar la vuelta. Por otro lado, no había motivos para apurar el retorno. Hasta el momento sólo había oído el sonido que produce el agua al chocar contra una tabla, pero de pronto oyó unos gritos a la distancia. Al principio no pudo determinar de dónde provenían. Miró en derredor, con cierta impaciencia, hasta que divisó a un joven que, separado del resto, sacudía los brazos desde su tabla. Como no podía oírlo, le devolvió el saludo con una sonrisa en el rostro. Ante semejante conducta, el joven estimó conveniente acercarse un poco más. Entonces pudo oírlo claramente: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Capo, salí de ahí, te vas a dar contra las rocas.&lt;/span&gt; Al oír esto, vislumbró el peligro al que estaba sometido, cosa que no había notado antes, y emprendió la vuelta con vehemencia. En una demostración de ignorancia alarmante, navegó contra la corriente. El resultado fue el esperado; presa del pánico, no hizo más que nadar en falso, sin avanzar, ante la confusa mirada del joven que llegaba para socorrerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El joven no llegó solo, lo hizo acompañado de una muchachita que permaneció apartada en silencio. Ambos quedaron deslumbrados con el carácter del forastero. Al principio se comportó en forma insensata, ocultando el terror que lo acechaba. Sin embargo, al cabo de un rato, advirtió que ya no había necesidad de disfrazar la realidad. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Necesito ayuda, soy un farsante, no sé cómo salir de acá&lt;/span&gt;, dijo sonriendo. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;No me digas, yo pensé que eras el actual campeón mundial&lt;/span&gt;, pensó el joven. La muchachita no dijo nada, pero no podía parar de reír. Tras una breve relación de la rutina a seguir, emprendieron la vuelta. La muchachita tomó la delantera y el joven se mantuvo rezagado para enseñarle el camino. Era notable la facilidad con la que se desplazaban por el agua. El pobre diablo los siguió hasta donde pudo. Agotadas las energías, lanzó un grito desesperado: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;¡Eh, amigo, más despacio! &lt;/span&gt;Al oír el llamado, el joven se detuvo a esperarlo, y al verlo acercarse, se apiadó de él. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Agarrate de la pita que yo te remolco,&lt;/span&gt; dijo el joven, en un acto de fraternidad encomiable. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Prefiero ahogarme,&lt;/span&gt; respondió él, con voz ronca y agonizante. No obstante, dicho esto, se sujetó de la correa con sutileza y, quebrantando todo principio, se dejó arrastrar de la manera más humillante, dejando atrás los restos de orgullo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De ese modo fue conducido hasta la orilla, adonde fue recibido por las señoritas. Se dejó caer sobre la arena, sin ningún tipo de pudor, a la vista de todos. Nunca antes había estado tan agitado. A esa altura, poco importaban las burlas, sólo quería recuperarse. Al verlo en ese estado, las señoritas le brindaron toda clase de apoyo y postergaron las bromas y las risas para otro momento. Cuando advirtieron cierta mejoría, le alcanzaron un cigarrillo encendido, pero era tal el dolor que aún padecía en los brazos, que no pudo fumarlo y se extinguió entre sus dedos. Ante la pregunta: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;¿lograste pararte alguna vez? &lt;/span&gt;no quiso responder con palabras, por razones manifiestas, pero la sonrisa que ofreció como respuesta fue de lo más elocuente. Por largo rato se lo vio disperso, más bien abstraído, en absoluto silencio. Tenía la mirada extraviada y los ojos húmedos. Era evidente que estaba sufriendo, que por su mente se cruzaba una idea perturbadora, una verdad cruel. Lo que ellas no sabían era que ese pobre hombre evocaba, con todos los detalles, una escena memorable que tuvo lugar en lo alto de un morro, muchos años atrás, en la que uno de sus queridos amigos, mediante un acto solemne, renunciaba definitivamente a la práctica del deporte, reconociendo que no estaba a la altura de las exigencias. Y el motivo de tanto dolor no era otro que la empatía que había surgido en su interior desde la reciente llegada a la orilla. Por primera vez, después de mucho tiempo, había llegado a comprenderlo.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-3569646879532770389?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/3569646879532770389/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=3569646879532770389' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/3569646879532770389'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/3569646879532770389'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2010/12/el-farsante.html' title='El farsante'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/TPg8tECy7JI/AAAAAAAAAmM/elrGZ58h4s8/s72-c/El%2Bfarsante.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-4456939545528727635</id><published>2010-05-01T16:18:00.020-03:00</published><updated>2010-07-31T20:01:25.764-03:00</updated><title type='text'>El balcón</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/S992H2CeSJI/AAAAAAAAAkM/53ybuCoIbrM/s1600/57RockAndRoll.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; 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El motivo de semejante aventura no fue otro que la inesperada visita de su madre. Cuando sonó el timbre estábamos tomando café en el living de su casa, enteramente desnudos, como resultado de una velada que se había extendido hasta altas horas de la mañana. Al advertir que era su madre quien tocaba el timbre, la señorita dio un suspiro de horror que me llenó de espanto, luego me tomó de un brazo con vehemencia, y en un acto impulsivo, mediando órdenes y susurros propios de una mujer desesperada, me separó de la silla con la clara intención de trasladarme hacia otro sector de la casa, al tiempo que la madre esperaba que su hija abriera la puerta. Sin oponer mayor resistencia, dejé que me condujera hasta el escondite que ella había escogido en forma arbitraria, reprimiendo malamente la gracia que el episodio me generaba. No obstante, antes de salir, me planté frente a ella, haciendo uso de mis brazos en forma de palanca, de espaldas al balcón, y le exigí que me permitiera recuperar aunque más no fuera el calzoncillo, cosa que me negó sin piedad, propinándome un fuerte empujón por medio del cual consiguió lanzarme hacia el otro lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez que me encontré prisionero en el balcón, me senté a solas en el piso, al costado de una maceta, y sonreí al advertir la corta distancia que me separaba de los edificios ubicados en la manzana de enfrente. Si mal no recuerdo, en aquel momento no había más personas a la vista que una anciana de pelo blanco que tejía meciéndose en su hamaca, refugiada en su propio mundo. Como yo no tenía agujas, ni tampoco lana, dediqué la espera a tejer los más profundos pensamientos con el noble propósito de resolver la trama de la vida misma, todo ello bajo el ardor de un sol despiadado. De pronto, al cabo de un rato, se abrieron las puertas del balcón. Una mano, la delicada mano de la señorita, asomó llena de solicitud y encanto, sujetando cuidadosamente entre sus dedos mi calzoncillo, al que dejó caer muy pronto a mi lado, sin darme tiempo a atraparlo. Por diferentes razones me negué a colocarlo en su lugar, lo examiné sin motivo alguno y me cubrí con él la cabeza para protegerme de los rayos. Al instante, el perro de la madre, un dóberman de aspecto siniestro, asomó primero el hocico y luego el cuerpo entero, aprovechando que la señorita había dejado las puertas abiertas, y apenas me vio allí sentado, comenzó a ladrar con notable insistencia. Desde el suelo, casi entregado, lo miré con temor, suplicando clemencia, pero a pesar de todo, permanecí quieto, en absoluto silencio. En ese estado, puedo asegurarlo, no hay quien se fíe del dicho popular: perro que ladra no muerde. Por fortuna, la señorita, tan atenta y considerada como siempre, intercedió rápidamente en mi favor; retiró al perro de mi vista y cerró las puertas del balcón, no sin antes dedicarme una sonrisa, evitando así que el animal me comiera vivo frente a la anciana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuperado del susto, aunque todavía agitado, retiré el calzoncillo de la cabeza y lo apoyé sobre mis partes secretas, no tanto por pudor, sino más bien por respeto, en consideración a una pobre anciana que había renunciado al sagrado ritmo de la hamaca, dejando en suspenso el tejido, en el afán de confirmar lo que parecía ser un sueño. Y ahí estaba yo, tenso y desnudo, oculto a los ojos de una madre, expuesto al asombro de una abuela, meditando acerca del suceso mismo que estaba viviendo. Y fue entonces cuando se produjo la revelación. De un momento a otro, entre pensamientos difusos, se presentó en mi mente la poderosa imagen de una taza. La misma taza que yo había sostenido entre mis manos poco antes de que se presentara la madre. Recién entonces recordé que mi taza había quedado humeando sobre la mesa junto a la taza de la señorita, lo que revestía un verdadero problema, pues era un claro indicio de que la hija había estado acompañada de una persona que permanecía oculta durante su presencia. Por consiguiente, bastaba que la madre reparara en las tazas dispuestas sobre la mesa para que comenzaran las preguntas, y tras ellas, quizás, la búsqueda frenética. Me estremecí de solo pensar en las consecuencias que traería aparejadas el simple hecho de ser descubierto. Aunque, a decir verdad, de alguna forma disfrutaba con la posibilidad de que se produjera un desenlace de novela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente, tras diez minutos de espera, se abrieron las puertas del balcón, y se me permitió el ingreso al hogar. No tardé en comprobar que la madre se había ido y que el perro había quedado bajo su custodia. Desgraciadamente, el animal se había empeñado en dedicarme un rosario de ladridos, al parecer porque le resultaba desconocido. Fue por ello que la señorita me aconsejó que lo acariciara mientras ella lo sostenía del cogote, a lo que me negué aduciendo que no suelo acariciar perros alterados, mucho menos estando desnudo. Por otro lado, yo sólo estaba interesado en conocer detalles de lo sucedido durante mi aislamiento. Al verme tan inquieto, la señorita me dijo que todo había resultado maravillosamente, que su madre no había sospechado nada, que me quedara tranquilo, que encerraría al perro. Y diciendo esto, me alcanzó mi ropa y me convidó a terminar el café que habíamos dejado inconcluso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar al living quedé desconcertado; las tazas todavía estaban dispuestas sobre la mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Escuchame una cosa, ¿tu madre no vio las tazas?– pregunté con estupor, señalando las tazas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Sí, claro, incluso le serví café en tu taza– respondió con toda naturalidad, mientras llenaba mi taza con café.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Pero, ¿cómo?, ¿no sospechó nada?, ¿no le pareció extraño que le sirvieras café en una taza usada?– pregunté, sumamente confundido, apartando la taza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, esbozando una sonrisa maternal, declaró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Antes de abrirle, enjuagué tu taza... sonsito.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;         &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style=";font-family:Verdana;color:black;"  &gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-4456939545528727635?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/4456939545528727635/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=4456939545528727635' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/4456939545528727635'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/4456939545528727635'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2010/05/el-balcon.html' title='El balcón'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/S992H2CeSJI/AAAAAAAAAkM/53ybuCoIbrM/s72-c/57RockAndRoll.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-7786068442065590977</id><published>2010-03-26T20:59:00.006-03:00</published><updated>2010-07-31T20:01:53.295-03:00</updated><title type='text'>La tregua</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/S61MLRXivlI/AAAAAAAAAjs/e3s1gWWZJNw/s1600/La+tregua.jpg"&gt;&lt;img style="display: block; 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El propietario del auto, un hombre de cincuenta años que se encontraba en el restorán acompañado de sus padres, le llamó la atención con todo el rigor, provocando cierto fastidio en el recién llegado. Un rato más tarde, cuando se retiraba del lugar, el gordo halló poco espacio para maniobrar y volvió a golpear el parachoques del auto en cuestión, esta vez deliberadamente. Sin perder el tiempo, el propietario del mismo se plantó en el medio de la calle, visiblemente indignado y con los brazos abiertos, dando comienzo a la discusión: &lt;i style=""&gt;“Flaco, ¿cuántas veces te lo tengo que decir?”&lt;/i&gt; El gordo, poniendo fin a una disputa que había captado la atención de algunos curiosos, se despidió del modo menos solemne: &lt;i style=""&gt;“Chau, forro”&lt;/i&gt;, y puso el auto en movimiento, a toda marcha, dejando atrás los coléricos gritos de su adversario. Desgraciadamente, tuvo que detenerse a los pocos metros, frente al semáforo de la esquina, sin más remedio que permanecer alerta. Entretanto, el hombre ofendido, en un acto desesperado, tomó un facón del interior de su auto y, aprovechando la demora en su favor, atravesó el neumático del auto del gordo. Fue una puñalada artera y eficaz. El gordo no tardó en advertir la fechoría cometida y abandonó el auto con la clara intención de enfrentarlo. El hombre, dando muestras de destreza gaucha, sujetó al gordo del cogote y con el facón en la otra mano le amenazó de muerte. El gordo permaneció estático, con los ojos en blanco, por el tiempo que estuvo en peligro. &lt;i style=""&gt;“Clavame si te parece que vale la pena”&lt;/i&gt;, repetía heroicamente. Finalmente, después de una eterna discusión que no duró más que un minuto, el hombre del facón se deshizo del gordo y retornó al restorán para reunirse con sus padres. Sin dudarlo siquiera un instante, el gordo fue tras sus pasos, desoyendo toda advertencia. Pretendía obtener cuando menos una explicación. En el interior del restorán, se produjo un nuevo enfrentamiento, aunque esta vez sin armas en mano. La madre del hombre del facón, sin perder la elegancia, irrumpió diciendo: &lt;i style=""&gt;“Mi hijo es un buen hombre.”&lt;/i&gt; Los caballeros continuaron la discusión en la vía pública, a pedido del encargado del lugar y, milagrosamente, de un momento a otro, hicieron las paces. A partir de entonces, el gordo ingresó en un estado de entusiasmo desmedido, seguramente a causa de la adrenalina segregada en la ocasión de peligro. Por su parte, el hombre del facón, en un gesto conmovedor, se ofreció a colaborar en la reposición del neumático: &lt;i style=""&gt;“Yo ya soy grande, flaco, te ayudo a cambiar la rueda o vamos a la esquina y nos cagamos a trompadas, vos decidís.”&lt;/i&gt; A modo de compensación, se comprometió además a afrontar los gastos del arreglo. Sin más concesiones, ambos recogieron las mangas de sus camisas y pusieron manos a la obra. Desde la vereda, podía decirse que eran dos entrañables amigos resolviendo un problema menor. En efecto, mientras extraían las herramientas del baúl, entre risas y palmadas, el gordo le recriminó al hombre del facón su conducta: &lt;i style=""&gt;“Si me clavabas el cuchillo, te ganabas todo mi respeto, pero el acto de pinchar la goma es propio de un cobarde.” &lt;/i&gt;El hombre aceptó las críticas sin oponer respuesta alguna y se tendió en el suelo con el propósito de remover la goma que él mismo había tajado. &lt;i style=""&gt;“Perdoname, se me salió la cadena.”&lt;/i&gt;, decía una y otra vez desde el piso. Concluida la engorrosa tarea de cambiar la goma, se fundieron en un sonoro abrazo, e incluso antes de despedirse, el gordo sintió la necesidad de regresar al restorán para saludar a la madre del hombre del facón, cosa que éste no permitió. Tras un amable intercambio de ideas, resolvieron encontrarse en el lugar del hecho al día siguiente, de modo que el hombre del facón pudiera hacer entrega del dinero necesario para costear los gastos del neumático. Finalmente, estrecharon las manos y se despidieron de una vez para siempre.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-7786068442065590977?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/7786068442065590977/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=7786068442065590977' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/7786068442065590977'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/7786068442065590977'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2010/03/la-tregua.html' title='La tregua'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/S61MLRXivlI/AAAAAAAAAjs/e3s1gWWZJNw/s72-c/La+tregua.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-8336449266303306272</id><published>2010-03-08T23:34:00.007-03:00</published><updated>2010-03-10T08:38:04.238-03:00</updated><title type='text'>El examen</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/S5W0YRq8HuI/AAAAAAAAAjc/LYaGipIhWOU/s1600-h/1200-13333%7EThe-Melting-Watch-Posters.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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Su sola presencia había captado la atención del profesorado, dando lugar a una cadena de murmullos de toda índole. Tenía el pelo engominado, cuidadosamente peinado hacia un costado, un saco azul oscuro con botones dorados, el escudo emblemático en el bolsillo superior, y un pañuelo de seda atado al cuello. Con el tronco erguido como un mástil, la cabeza levemente echada hacia atrás, y elevando las cejas con marcada distinción, el joven estudiante dirigía el trazo del bolígrafo suavemente y sin prisa, en una clara demostración de carácter. Hizo entrega del examen justo antes de que se cumpliera el plazo establecido. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Al hacerlo, liberó una sonrisa llena de orgullo y satisfacción. Ante la atenta mirada de los presentes, &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;recorrió el salón con andar resuelto, y cuando se disponía a cruzar las puertas, rotó la cabeza, elevó con entusiasmo la mano, y, en voz alta y segura, se despidió diciendo: &lt;span style="font-style: italic;"&gt;¡Hello!&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;    &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-8336449266303306272?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/8336449266303306272/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=8336449266303306272' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/8336449266303306272'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/8336449266303306272'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2010/03/el-examen.html' title='El examen'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/S5W0YRq8HuI/AAAAAAAAAjc/LYaGipIhWOU/s72-c/1200-13333%7EThe-Melting-Watch-Posters.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-467200755572110546</id><published>2010-03-06T15:18:00.005-03:00</published><updated>2010-03-08T23:39:33.826-03:00</updated><title type='text'>El deseo</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/S5Kd1xCE5SI/AAAAAAAAAjE/ogrZusT2IGw/s1600-h/dali+12.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 236px; height: 320px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/S5Kd1xCE5SI/AAAAAAAAAjE/ogrZusT2IGw/s320/dali+12.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5445588446465025314" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Tras una noche ordinaria dedicada a empinar el codo y otras rutinas, decidí abandonar el bar antes de tiempo. Apuré el último trago de cerveza con gesto amargo y, sin saludar a mi camarada –que hacía de estatua en el centro de la pista–, me encaminé hacia mi hogar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar a casa, casi por acto reflejo, me senté frente a la computadora. Ambienté con música y comencé a navegar a la deriva por diferentes sitios de la red. De pronto, en virtud de una misteriosa razón, me hallé inmerso en el popular mundo de las acompañantes, un espacio repleto de nobles ofertas para sujetos con ansias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tentación fue inmediata e irresistible para mi frágil condición del momento. Llamé primero a Leila, una señorita despampanante, luego a Angeline, una morocha fatal, y por último a Denis, una veterana de mucho prestigio, en todos los casos a sus teléfonos portátiles, pero desgraciadamente no obtuve respuesta. Siendo las siete horas de una mañana de domingo, comprendí que no era el horario más oportuno para concretar un encuentro de esta especie; aun así, la decepción fue inmensa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces, cuando empezaba a perder toda esperanza, la vi. Su nombre: Desiré. Un encanto de mujer, de mediana estatura, más bien menudita, hermosa como pocas, apenas veintiún años en su haber.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin dudarlo siquiera un segundo, la llamé. Marqué el número de línea porque la página no ofrecía el celular y rogué en silencio que atendiera. La espera se hizo eterna, pero finalmente respondió. Con voz dormida, pero dotada de una dulzura inconmensurable, me refirió los detalles necesarios para celebrar un encuentro, y rápidamente llegamos a un acuerdo. (Ante semejante belleza, no hay condición que se interponga con éxito.) Mientras me susurraba el domicilio de su casa, donde se entablaría el encuentro, yo contemplaba la imagen de una de sus fotos con extraña fascinación. Había quedado deslumbrado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Dame un ratito, me voy a dar una duchita –me dijo antes de cortar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apenas corté, fumé el cigarrillo de las grandes ocasiones y tomé nota de su número de teléfono por precaución. Me cepillé los dientes, cerré la puerta de mi cuarto, con deliberada astucia, y me retiré sigilosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fueron trece cuadras de lo más extensas, pero era tal la alegría que me invadía en ese momento que estuve a punto de compartir el hecho con el taxista que me condujo hasta el lugar. Yo desbordaba entusiasmo en cada sílaba que entonaba, y a esa altura me había olvidado del sueño. Si la memoria no me engaña, aquella fue la propina más generosa que le otorgué a un taxista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la puerta del edificio toqué el timbre y esperé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Quién es? –dijo ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Hipólito –respondí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de un rato me abrió la puerta una gordita muy simpática, quien de inmediato me anunció que Desiré todavía estaba acicalándose. En el ascensor me pidió que le convidara un cigarrillo. Le facilité uno y le ofrecí otros tantos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al entrar en el departamento, un lugar oscuro, desierto y desordenado, comprendí que no era el departamento de Desiré. A decir verdad, tenía todo el aspecto de un privado. Por consiguiente, deduje que la gordita no era la mucama de Desiré, sino más bien la recepcionista del lugar. El descubrimiento no fue de mi agrado; no obstante, consideré que se trataba de un detalle de poca importancia y seguí adelante con el mismo entusiasmo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me hizo pasar al cuarto, un espacio reducido y muy caluroso, donde no tardé en hallarme a gusto. Dejé las zapatillas y las medias a un costado de la cama y me acosté con cierta indecisión. Empecé a sacarme los pantalones, pero finalmente resolví dejarlos en su lugar. Desde la cama fantaseé con los atributos de Desiré, con su llegada, con el primer beso; aunque es preciso decirlo, una leve sospecha me inclinaba a poner en duda su presencia. Sin embargo, rápidamente me despojé de los amargos pensamientos que contaminaban mi mente, y dirigí la meditación hacia el universo del optimismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto, se abrió la puerta y ante mis ojos se hizo presente una mujer incalificable. Quedé sin aliento. Se hace difícil transmitir qué fue lo que sentí cuando la vi cruzar la puerta. Era un espanto en portaligas. Por un lado, tenía el aspecto de un huevo inmenso, pero por otro, carecía de formas. Tenía el rostro repleto de granos y la expresión de sus ojos era insignificante. Nunca olvidaré las imponentes columnas de mármol que tenía como piernas. Su pelo, negro, grasoso y llovido, resaltaba aún más la perfección de la cabellera de Desiré. De su cuerpo poco puedo agregar en realidad, pues estaba cubierto por un baby doll oscuro y piadoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Vos no sos la chica de la foto. –dije esbozando una mueca de rechazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Yo soy Eva –dijo mientras me daba un beso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Y Desiré? –pregunté conformando un verdadero lamento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No sé… me parece que se fue a hacer una domiciliaria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Bueno, yo con vos no voy a hacer nada –dije conservando la calma, pero con firmeza–. No es que no me parezcas atractiva, ni nada de eso, pero francamente no me gusta que me engañen. Yo no lo hago con sustitutas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras lo cual, me calcé las medias y las zapatillas, protestando por lo bajo, y me fui…  con la ilusión por el piso.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;                    &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"&gt;&lt;meta name="ProgId" content="Word.Document"&gt;&lt;meta name="Generator" content="Microsoft Word 10"&gt;&lt;meta name="Originator" content="Microsoft Word 10"&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CDOCUME%7E1%5CNAPIOL%7E1%5CCONFIG%7E1%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt; 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Haciendo un esfuerzo por mantener los ojos abiertos, percibe la tambaleante figura de un sujeto que hace su ingreso en la habitación; la misteriosa sombra deambula sin rumbo aparente, en forma desordenada, rebotando contra cada uno de los muebles allí dispuestos. De inmediato reconoce que esa sombra desdibujada es Baco, su hermano mayor, quien regresa a su hogar en un estado de ebriedad calamitoso. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin desconocer sus antecedentes, a Febo le resulta extraño el estado que presenta su hermano, considerando que hasta el día anterior había estado en el campo, alejado de la noche y de sus vicios. Lo que Febo no sabía era que Baco había estado bebiendo durante todo el viaje y que al llegar a la ciudad se había instalado a hacer lo propio en un conocido bar ubicado a pocas cuadras de su casa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde la cama, sumamente confundido, Febo intenta obtener una explicación. Sin embargo, Baco ofrece una respuesta incomprensible y se deja caer sobre su propia cama, sin siquiera quitarse la gorra. Ante la esquiva conducta de su hermano, Febo decide retomar el sueño. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una hora más tarde, la aguja del reloj se posa sobre el número siete y acciona la alarma del despertador. Baco, ajeno al mundo exterior, permanece inmutable sobre la cama, conservando la misma postura que había conseguido al desplomarse sobre ella. Por su parte, Febo, abandona la morgue y se dirige hacia la cocina con el propósito de tomar un café. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Concluido el desayuno, Febo regresa a su cuarto, un poco más animado, y para su asombro, encuentra un obstáculo en el camino. El cuerpo de su hermano yace dormido boca arriba en el suelo, bajo el umbral de la puerta. La parte superior del cuerpo se extiende por el pasillo, entre el mueble del teléfono y el cuarto de su madre; las piernas todavía están dentro del cuarto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Febo es consciente de que debe remover el cuerpo antes de que aparezca su madre y que debe hacerlo con sumo silencio para evitar que ella despierte. Intenta reanimarlo por medio de susurros, pero como no obtiene el resultado deseado, se ve obligado a recurrir a los golpes. A causa de los golpes, Baco reacciona. Sin abrir los ojos, mueve la cabeza hacia los costados una y otra vez, y se pronuncia trastocando las palabras en un balbuceo desesperante. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Febo apenas comprende lo que intenta decir su hermano. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Baño… baño… no me peguen… baño… no me peguen… baño… baño. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un acto hercúleo, Febo lo alza tomándolo de los brazos y logra ponerlo de pie. De ese modo, arrastrando las zapatillas, con las piernas abiertas, todavía con los ojos cerrados, Baco se dirige hacia la cama y cae desmayado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aprovechando la calma, Febo resuelve ir a tomar un baño. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez bañado, regresa al cuarto y decide ponerse la ropa que había usado el día anterior. Toma el pantalón que estaba tirado en el suelo, justo en el centro del cuarto, y advierte que el pantalón está salpicado. En un acto de inocencia ciertamente admisible, lo palpa con ambas manos y descubre que el pantalón no sólo está salpicado, sino que está empapado en todas sus partes. Se deshace de él con asco y violencia, sin necesidad de olerlo, y al hacerlo visualiza un charco en el suelo, lo que le permite inferir sin asomo de duda qué era lo que había hecho Baco mientras él se bañaba. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Febo dirige la mirada hacia su hermano dormido y recuerda que no es la primera vez que hace uso del cuarto como si fuera un inodoro. Ya lo había hecho en ese mismo cuarto frente al televisor unos años atrás, en la misma época que lo hizo dentro de una palangana llena de ropa que reposaba en la cocina. Para Febo la impotencia es absoluta, en ese estado no hay forma de reprocharle sus actos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre, un tanto adormecida, hace su aparición de improviso. Saluda a Febo desde la puerta y se sorprende al ver el charco en el suelo. Lo analiza a la distancia con la mirada que caracteriza al ser somnoliento. Febo se queda inmóvil en el lugar, sin atreverse a emitir palabra. Movida por la curiosidad, penetra en el interior del cuarto y dirige la mirada hacia el techo. Con un gesto de preocupación en la frente, se ubica sobre una silla y, estirando el brazo hacia arriba, procura encontrar las manchas de humedad en el techo. Contrariada, le pregunta a Febo si sabe de dónde proviene la gotera, pero Febo no responde, conteniendo la carcajada, y ajusta los cordones de sus zapatillas con toda prisa. Ella mueve la silla de lugar y persiste en la búsqueda. Su malhumor se acrecienta a medida que transcurre el tiempo y si bien no logra encontrar la gotera, se siente inclinada a despotricar contra los vecinos del piso superior. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al advertir que la situación se complica, Febo se despide de ella alegando cierto apuro, pero antes de retirarse, le dice: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Dejá, vieja, me parece que Baco trajo del campo una bolsa con algo mojado y la apoyó en el suelo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;              &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-8161218671814241385?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/8161218671814241385/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=8161218671814241385' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/8161218671814241385'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/8161218671814241385'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2009/12/la-gotera.html' title='La gotera'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/Szqfsa5G1EI/AAAAAAAAAhc/uo_kNNRHwWU/s72-c/La+gotera.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-5722811858498288922</id><published>2009-11-29T20:36:00.005-03:00</published><updated>2009-12-19T18:00:00.437-03:00</updated><title type='text'>El gorila</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/Sy0-srHe7OI/AAAAAAAAAhU/vWH_na2X55U/s1600-h/El+gorila.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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Para ese entonces sólo quedábamos cuatro de los nueve que habíamos emprendido el recorrido nocturno, y poco nos importaba dónde se encontraban los otros cinco. Recuerdo que caminábamos lentamente, a paso de ebrio, manteniendo cierta distancia entre nosotros, dedicados a reconstruir en silencio los hechos recientemente ocurridos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un momento dado, nonino, que llevaba la delantera, liberó uno de esos silbidos que se obsequian a las mujeres deslumbrantes. Un silbido que resonó haciendo eco en una ciudad mayormente dormida. Desde mi posición no pude advertir a quién estaba dirigido, lo que despabiló mi curiosidad y me dispuso a apurar un poco el paso. Más allá de mis suposiciones, cuando llegué a la esquina no hallé lo que esperaba, más bien sentí una gran desilusión, la destinataria del silbido no sólo no era merecedora del cumplido, sino que ni siquiera era mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tuve tiempo para reaccionar debidamente; apenas lo vi, fornido y gigante como era, se aferró a mi brazo con vehemencia. Las facciones masculinas eran inconfundibles. Nada en él podía compararse con la delicada figura de una mujer. Era evidente, estaba caminando tomado del brazo del transexual más abominable del planeta. Tenía el pelo rizado y mugriento, la nariz achatada, y dos finas líneas oscuras constituían sus cejas. Su piel negra contrastaba con el vestido blanco que llevaba puesto, un vestido que cumplía la difícil tarea de contener los pechos más grandes que he visto. A decir verdad, sorprendía más el ancho de su cuerpo que su estatura, sólo comparable quizás con el tamaño de un gorila adulto. Sus labios, carnosos y resquebrajados, se debatían con la gravedad de su voz, dejando a la vista dos filas de dientes desordenados, poseedores de una blancura perfecta. La pasión que brotaba de sus ojos y, sobre todo, la presión que ejercía sobre mi brazo, me condujeron a pensar que me encontraba en aprietos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así y todo, seguí caminando sin detener la marcha con el gorila a cuestas. De inmediato sospeché que se trataba de un trabajador y que me consideraba un potencial cliente. No sé si fue por el modo en que me miraba o por el afecto que me profesó desde el primer momento, lo cierto es que confirmé mis sospechas cuando me ofreció sus servicios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Mi amor, llévame a un motel que estoy cachonda– me dijo en el tono más tierno, valiéndose de un acento foráneo, haciendo un esfuerzo por simular la gravedad de su voz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Preferí no negarme de entrada para no herir sus sentimientos, era preciso que el gorila mantuviera la calma, en su lugar le hice saber quién era el donjuán que lo había agasajado, le susurré su nombre al oído y le ofrecí algunos detalles de su temperamento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Noniiino –dijo entonces en voz alta, sin soltar mi brazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nonino volteó la cabeza al advertir el llamado y lanzó una carcajada que logró confundirlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Ven aquí noniiino, no seas tímido –insistió el gorila.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como era de esperar, nonino ignoró la invitación y aceleró el paso. Su intención era dejarme a solas con el gorila. Para colmo, a medida que avanzábamos, mis esfuerzos por deshacerme de él resultaban cada vez más estériles; probé de diferentes formas, sin recurrir a la violencia, pero ninguna dio resultado, era imposible escapar a su custodia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A todo esto, podía oír las risas de los dos que caminaban a mis espaldas, encantados con el espectáculo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Noniiino –dijo una vez más el gorila, sin obtener respuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así continuó repitiendo su nombre una y otra vez hasta el cansancio. Yo, por mi parte, lo alentaba a que perseverara en el intento; en primer término, porque sabía que nonino constituía mi salvación, y en segundo término, porque me resultaba simpático el tono que empleaba para hacerlo. No obstante, la indiferencia de nonino fue generando cierta impaciencia en el gorila, lo que repercutió de a poco en mi perjuicio. A medida que nonino se alejaba, el gorila se aferraba con mayor ímpetu a mi brazo. Fue entonces cuando comencé a preocuparme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Faltando pocos metros para llegar a la esquina, me propuso nuevamente que lo llevara al motel más cercano. Me vi envuelto en el trance que tanto temía, el gorila había renunciado a conquistar a nonino. Comprendí que debía actuar rápidamente. Entonces, resuelto a poner fin a un asunto que había llegado demasiado lejos, le manifesté con delicadeza que no podía ir con él al motel porque estaba felizmente casado. Desde luego, mi argumento no surtió el efecto deseado, el gorila menospreció mis palabras, les restó toda importancia, al punto que terminó riendo como sólo un simio puede hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Afortunadamente, al llegar a la avenida nos encontramos con nonino, estaba ubicado al borde de la vereda, esperando la llegada de un taxi. Hacia él nos dirigimos. Interrogado por el gorila, nonino declaró que se había producido una triste confusión, que la verdadera destinataria del silbido había sido una señorita que caminaba por la vereda de enfrente. La falaz declaración de nonino afectó el humor del gorila, fue notoria la transformación de su rostro, de algún modo debió de ofender su orgullo. Inmediatamente sentí la presión en mi brazo y advertí que las venas de mi mano se dilataban en gran medida. A su vez, los giros de sus pupilas presagiaban una reacción violenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Tú te vienes conmigo –rugió entonces el gorila al tiempo que me arrastraba vereda adentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me quedó otra opción que enfrentarlo. Forcejeamos con todas las fuerzas en un acto desesperado por prevalecer. No hubo golpes de puño ni puntapiés, yo sólo intentaba quitarme al gorila de encima por medio de empujones, mientras él se afanaba en arrastrarme hacia el motel. De pronto conseguí el objetivo y tomé distancia. Recién entonces advertí que la esquina se había colmado de gente sedienta de violencia, de fisgones que disfrutaban del escándalo; mis compañeros reían a mis espaldas, ajenos a la lucha; se oían también bocinas provenientes de los autos que se hallaban detenidos; una población que parecía estar dormida, se había congregado en torno a la bestia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Distraído en contemplar a los espectadores, sumido en la más profunda vergüenza, no había reparado en el estado de mi oponente. Como consecuencia de la pelea, el vestido del gorila se había roto en la parte superior, dejando el torso al descubierto. El asombro fue general. Sus pechos eran inmensos, alcanzaban un tamaño desproporcionado, aun para su cuerpo. A pesar de todo, no intentó siquiera cubrirse con las manos. Se lo veía agitado, con los brazos separados del cuerpo, con los puños apretados. Yo lo miraba absorto, incapaz de reaccionar; al igual que todo el público, había quedado paralizado. Finalmente, aprovechando un descuido, el gorila me tomó de un brazo con ambas manos y jaló de él con tanta fuerza que una vez que logré zafar de la embestida, cayó al suelo estrepitosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue el fin. El gorila del vestido blanco gemía sentado sobre la vereda, con los pechos al desnudo, visiblemente humillado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Me han ultrajado… me han ultrajado… –repetía lastimosamente desde el suelo.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-5722811858498288922?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/5722811858498288922/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=5722811858498288922' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/5722811858498288922'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/5722811858498288922'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2009/11/el-gorila.html' title='El gorila'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/Sy0-srHe7OI/AAAAAAAAAhU/vWH_na2X55U/s72-c/El+gorila.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-6876478395535194715</id><published>2009-10-03T02:13:00.000-03:00</published><updated>2009-11-01T17:01:13.885-03:00</updated><title type='text'>La fuga</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SsLtutKHtTI/AAAAAAAAAg8/wNxcJCGCS94/s1600-h/La+fuga.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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&lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable 	{mso-style-name:"Tabla normal"; 	mso-tstyle-rowband-size:0; 	mso-tstyle-colband-size:0; 	mso-style-noshow:yes; 	mso-style-parent:""; 	mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; 	mso-para-margin:0cm; 	mso-para-margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:10.0pt; 	font-family:"Times New Roman";} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;De pronto se abrieron las puertas e hizo su ingreso la mujer más atractiva que uno pueda imaginarse. Cual ráfaga en alta mar se coló repentinamente provocando un gran revuelo en un escenario que parecía estar suspendido en el tiempo. Lo llamativo del caso no era solamente su extraordinaria belleza, comparable quizá con la de las sirenas de cantos fatales que gobernaban los océanos, sino que además era la primera vez que una mujer se atrevía a cruzar los límites de aquella lúgubre taberna donde se daban cita marinos y rufianes de la peor calaña. A pocos metros de las puertas que no acertaban a cerrarse, plantó sus finos tacos sobre la madera crujiente, rescatando del letargo a los eternos parroquianos que se aferraban a sus vasos solitarios. Posó en ellos su mirada suave y esquiva, sin conceder más que un atisbo fugaz sobre cada rostro, con la sensualidad propia de una mujer acostumbrada a seducir a tripulaciones enteras. El perfecto contorno de su rostro; los labios, pequeños y gruesos, ligeramente separados; la nariz, diminuta y respingona; los magníficos hombros, un tanto elevados; y los ojos, grandes y verdes, todo ello formaba un armonioso conjunto que despertaba todo tipo de fantasías. Su piel, sin la más leve arruga todavía, era tan blanca que se confundía con la nube de humo generada por los cigarros, y los párpados, caídos por elección, le otorgaban una apariencia misteriosa, aunque no alcanzaban a ocultar el brillo incesante de sus ojos, dos faros de excepcional anchura capaces de encandilar hasta al más tímido de los hombres. De buena estatura, sin llegar a ser alta, pero tampoco baja, bien proporcionada en todas sus partes, era algo delicada en sus movimientos y parecía mucho más joven de lo que era en realidad. Vestía con sugestiva elegancia, dejando a la vista sus esculturales piernas, y bajo el sombrero de anchas alas asomaba una cabellera de un rubio oscuro, semejante al color que adquiere el sol cuando se hunde en la mar. Al examinarla con atención, surgía la sospecha de que aquel rostro perfecto encubría algo malvado, un secreto inconfesable, una historia atroz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A esta altura, la protagonista, los parroquianos y quien escribe, hastiados de tantas descripciones, se plantean la conveniencia de continuar con el relato de una historia que se presenta decididamente intolerable. El generoso lector se dispone a dar su opinión al respecto, pero sus propios bostezos se lo impiden. En tanto que las letras, en un acto de rebeldía pocas veces visto, resuelven por sí solas la cuestión, y &lt;span style=""&gt;       &lt;/span&gt;emprenden&lt;span style=""&gt;        &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;la&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;fuga &lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;or &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;d  &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;e &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;n&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;a d&lt;span style=""&gt;   &lt;/span&gt;a  m   e  n &lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;t &lt;span style=""&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-6876478395535194715?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/6876478395535194715/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=6876478395535194715' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/6876478395535194715'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/6876478395535194715'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2009/09/la-fuga.html' title='La fuga'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SsLtutKHtTI/AAAAAAAAAg8/wNxcJCGCS94/s72-c/La+fuga.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-2446653031407618346</id><published>2009-09-16T01:22:00.010-03:00</published><updated>2009-12-29T04:04:49.281-03:00</updated><title type='text'>El grillo</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SrBpJw6uJQI/AAAAAAAAAgk/l1adiAUAwjo/s1600-h/El+grillo.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 259px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SrBpJw6uJQI/AAAAAAAAAgk/l1adiAUAwjo/s320/El+grillo.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5381917171178677506" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"&gt;&lt;meta name="ProgId" content="Word.Document"&gt;&lt;meta name="Generator" content="Microsoft Word 10"&gt;&lt;meta name="Originator" content="Microsoft Word 10"&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CDOCUME%7E1%5CNAPIOL%7E1%5CCONFIG%7E1%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt; 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Al primer canto no le concedí demasiada importancia, supuse que provenía del televisor, lo que sin duda se ajustaba mejor a la naturaleza de las cosas, considerando que vivo en un piso alto de un edificio ubicado en el centro de la ciudad. El segundo canto fue bastante más convincente que el primero, por lo que decidí aguzar el oído. Aun con ciertas dudas, apagué el televisor con el propósito de crear un escenario más propicio. Sentado en el sillón de mi cuarto, en la más absoluta oscuridad, me había dispuesto a confirmar mi sospecha, aun sabiendo que su presencia era poco probable. La espera se hizo más prolongada que lo previsto y se tornó un tanto absurda. De alguna forma, la situación me generaba pudor. Al mismo tiempo, el agudo sonido del silencio perforaba mis oídos de una manera insoportable. Todo parecía indicar que había sido engañado por un efecto de sonido de la película, de modo que de a poco fui cediendo al dictado del silencio que imperaba. Abruptamente, abandoné el quietismo al que me había sometido; ya no podía permanecer en dicho estado. Y cuando me disponía a encender el televisor, cuando buscaba a ciegas el botón indicado, pude oír el canto inconfundible del grillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue un solo canto, breve y huidizo, pero resonó de un modo especial entre los muros de la habitación. No fue el agradable sonido que uno puede oír en el campo; el que oí en aquel momento fue mucho más penetrante, más pavoroso, y confieso que me generó cierta inquietud. Aun así, entusiasmado con la novedad, resolví esperar un rato más, todavía en tinieblas, con la esperanza de oírlo otra vez, pero a pesar de las precauciones guardadas, el insecto permaneció callado. Con la frustración a cuestas, encendí el televisor y retomé el curso de la película que estaba viendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tal como es mi costumbre, aquella noche me acosté muy tarde, bien entrada la madrugada, y para ese entonces ya me había olvidado del grillo. Con la cabeza apoyada sobre la almohada, oculto bajo la suavidad de las sábanas, me había entregado al placer de conciliar el sueño. Si bien tenía los ojos cerrados, aún no había logrado dormir, cuando el grillo volvió a entonar su canto. Dicha circunstancia fue la que produjo un repentino cambio de ánimo, pues no hay nada peor que lo despabilen a uno cuando atraviesa el estado de sopor que precede al sueño. Lejos había quedado la curiosidad que se genera ante el hecho novedoso. Confundido, abrí los ojos y me mantuve inmóvil en el lugar. Los cantos del grillo se sucedían con la intermitencia acostumbrada. Daba la impresión que el concierto recién comenzaba, que los cantos anteriores habían sido sólo el preludio. Manteniendo la calma, cerré los ojos e intenté dormir, pero la repetición de los cantos me lo impedía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajo tales circunstancias, me propuse localizar al grillo con la ayuda del oído. Una vez que determiné dónde se encontraba, salí dispuesto a atraparlo. Apenas encendí la luz, el grillo dejó de cantar, lo que dificultó la tarea; no obstante lo cual, corrí la cama de lugar y me eché al suelo. A sordas y a tientas lo busqué por todos los rincones, pero no pude encontrarlo.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Al acostarme en la cama, ya con la luz apagada, comprendí que no tenía sueño y que sería difícil conciliarlo. Me revolcaba de un lado al otro sin hallar una postura favorable. Lo que más me perturbaba en ese momento era que no podía dejar de vislumbrar la aparición de renovadas torturas para mi descanso. En efecto, el flagelo no se hizo esperar, y se manifestó como sólo un grillo puede hacerlo. Sin encender la luz, lo busqué por debajo de la cama, y al hacerlo comprobé que los ruidos provenían de la otra punta del cuarto, de modo que decidí torcer el rumbo. Lo hice con sumo cuidado, procurando no ser descubierto, y me detuve a pocos metros de la puerta. Allí, agazapado, permanecí estático unos instantes, tanteando su ubicación, hasta que advertí que los cantos provenían de la zona ocupada por la cama. Recién entonces comprendí lo engañoso que es el canto del grillo. Absolutamente desorientado, haciendo caso omiso a las confusas sensaciones, me embarqué en una búsqueda desenfrenada por toda la habitación, lo que debió de asustar al grillo, pues no tardó en interrumpir sus cantos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Agitado tras la búsqueda, me enredé entre las sábanas, resuelto a ignorarlo. No podía permitir que un grillo me arrebatara el sueño. Aun sabiendo que el silencio no perduraría, había tomado la decisión de permanecer en la cama hasta el día siguiente. Acomodé la almohada sobre la cabeza y cerré los ojos con determinación. Más allá de mi buena voluntad, la sola idea de que el grillo volviera a cantar, me mantenía despierto. En lugar de aprovechar la calma momentánea para alcanzar el sueño, mi mente prefería desconfiar de un silencio que parecía simulado. Tal como sucede en estos casos, estaba condenado a aguardar despierto hasta que se produjera aquello que tanto temía, no porque lo deseara, sino porque resulta difícil desprenderse de las preocupaciones que nos hostigan de ese modo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese estado me encontraba yo cuando el grillo liberó el primero de los muchos cantos que acabarían colmando mi paciencia. Apretando los dientes, intenté hacer oídos sordos al asedio incesante, encauzando mis pensamientos hacia un mundo imaginario donde reinara el silencio. Como el engaño no dio resultado, terminé descargando un grito de desesperación que retumbó en todos los mundos. Ante semejante exabrupto, al grillo no le quedó otra opción que abstenerse, aunque sólo fue por un instante, pues de inmediato continuó cantando como lo venía haciendo. A esa altura de la noche, su insistencia me resultaba desafiante y ya no pude contenerme. Dando un salto, encendí el televisor, y me zambullí de inmediato en la cama, con el convencimiento de que el sonido de la televisión conseguiría amedrentar al grillo; o que en su defecto, amortiguaría su canto.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Sin embargo, sucedió todo lo contrario. Dejando a un lado las promesas, abandoné una vez más la cama, y, ubicándome en el centro del cuarto, iluminado por la televisión, pude ver el reflejo de mi angustia en la ventana. En ese momento se me ocurrió que abriendo la ventana podría otorgarle una salida al grillo, pero las bajas temperaturas me obligaron a buscarle otro medio de escape. En su lugar, dejé abierta la puerta de mi cuarto, con la ilusión de que el grillo se trasladara hacia otros sectores de la casa. Pero como esta última no constituía una solución inmediata para detener los cantos, evalué cada una de las posibilidades que tenía a mi alcance, y finalmente comprendí que lo mejor sería dormir con las luces encendidas. Por último, desconfiando de las medidas tomadas, decidí abrir la ventana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esas condiciones me acosté en la cama. El silencio sólo duró un instante. A los cantos se sumaron entonces los sonidos del televisor, el brillo de los focos de luz, y la fría corriente que ingresaba por la ventana. Mi única protección era la colcha, con la que había logrado cubrir todo mi cuerpo. De más está decir que no tardé ni un minuto en salir de la cama. Insultando por lo bajo, me retiré del cuarto; hice una parada en el baño, donde me refresqué la cara, y finalmente me encerré en el living. En el sillón medité fumando un cigarrillo, lo que agravó el dolor de cabeza que me aquejaba, y aunque no estuve lejos de lograrlo, el orgullo me obligó a descartar la posibilidad de dormir sentado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando regresé a mi habitación, el grillo seguía cantando con la misma persistencia de siempre. Curado de espanto, apagué las luces y el televisor, y me apresuré a cerrar la ventana. A pesar de todo, me acosté boca arriba, apoyando la cabeza sobre lo que para ese entonces se asemejaba más a una roca que a una almohada. Por su parte, la colcha había quedado en el suelo, pero me negué a levantarla. Sabía que cualquier movimiento conseguiría espabilarme. A su vez, si bien estaba exhausto, preferí mantener los ojos abiertos, con la esperanza de que se cerrasen por sí solos. De algún modo, me pareció que era menos frustrante. Y así permanecí largo rato, a la espera del milagro, observando en derredor y rescatando pensamientos, todo ello con el firme propósito de ignorar al pequeño monstruo que reposaba a mi lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo que sentí picazón en una pierna, mas no me rasqué. Recuerdo que había un mosquito que se golpeaba una y otra vez contra la ventana. Recuerdo que llegué a imaginar que el grillo estaba dentro de mi cabeza. &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;        &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-2446653031407618346?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/2446653031407618346/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=2446653031407618346' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/2446653031407618346'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/2446653031407618346'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2009/09/el-grillo.html' title='El grillo'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SrBpJw6uJQI/AAAAAAAAAgk/l1adiAUAwjo/s72-c/El+grillo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-4280547076986257499</id><published>2009-08-09T19:05:00.001-03:00</published><updated>2009-08-09T19:07:13.924-03:00</updated><title type='text'>El ciego</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/Sn9Iaxo1R0I/AAAAAAAAAgc/5zdhdcE05vY/s1600-h/El+ciego.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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Desde aquel día, su existencia devino en la dolorosa angustia de los sufridos, donde la esperanza es más preciada que la vida misma. La ceguera le ocasionó un profundo trauma, del que nunca pudo sobreponerse, a pesar de que siempre gozó del apoyo de sus allegados, ante quienes solía fingir cierta mejoría. A su vez, con el tiempo fue perdiendo la capacidad de soñar con imágenes visuales, lo que constituyó un tremendo peso para su desgracia. El proceso se desarrolló paulatinamente, sin grandes sobresaltos; pero finalmente los sueños se volvieron totalmente oscuros. Comenzó a soñar como vivía. Soñaba con imágenes sonoras, cada tanto percibía olores y en algunos casos también sabores; tal como sueñan los ciegos cuando duermen. Sin embargo, una noche, después de muchas noches, el ciego soñó que veía. Y despertó llorando… llorando como nunca lo había hecho en su vida... Pero, ¿por qué lloraba? ¿Era el desencanto de haber amanecido en la oscura realidad? ¿Era la emoción de haber gozado de un sueño maravilloso? Resulta difícil dilucidarlo. Quizá lloraba porque se había cansado de soñar.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Verdana;" &gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-4280547076986257499?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/4280547076986257499/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=4280547076986257499' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/4280547076986257499'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/4280547076986257499'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2009/08/el-ciego.html' title='El ciego'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/Sn9Iaxo1R0I/AAAAAAAAAgc/5zdhdcE05vY/s72-c/El+ciego.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-1756745079741322661</id><published>2009-08-06T01:09:00.007-03:00</published><updated>2009-12-29T03:50:26.708-03:00</updated><title type='text'>El viaje</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SnpZTrIa6fI/AAAAAAAAAgQ/bpsgbwTAnjQ/s1600-h/El+viaje.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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Para su desgracia, les aguardaba una aventura muy distinta de la que ellos habían proyectado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Partieron el día jueves por la mañana; la idea era llegar temprano y aprovechar así la luz de aquel día celeste y frío. Ya habían transcurrido siete horas de un viaje extenso pero tolerable, cuando se encontraron con un puente cerrado que les obstruía el paso. Conservando la calma, el piloto, en un rapto de lucidez muy celebrado por sus hermanos, decidió tomar una ruta alternativa, una ruta que los desviaría del camino prefijado y que haría el viaje bastante más largo que lo previsto, pero que al menos les permitiría llegar a destino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras recorrer doscientos kilómetros que no estaban en los planes del equipo, accedieron a un camino de tierra que jamás habían recorrido. Los verdaderos problemas se presentaron en dicho camino -el cual estaba colmado de barro-, a más de cincuenta kilómetros de la estancia, cuando el automóvil comenzó a derrapar en forma incontrolable. La destreza del piloto no estuvo a la altura de las circunstancias y las indicaciones de los acompañantes no fueron las más oportunas, por lo que después de luchar en forma desesperada contra el destino, el auto fue vencido por el barro y el motor se apagó caprichosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez que el piloto agotó las pruebas desde el interior del auto, sobrevino un silencio desolador. La situación era por demás preocupante. Habían quedado atrapados en el medio de la nada. A su alrededor no había más que campo, y pese a las medidas que habían tomado para arribar de día, advertían con desilusión que el cielo comenzaba a apagarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin señal en los teléfonos, pusieron manos a la obra. La operación destinada a mover el vehículo les demandó algo así como una hora. Con más fuerza que maña empujaron el auto hasta el cansancio sin obtener los resultados pretendidos. De a poco fueron perdiendo toda energía. Ante la desesperación, se arrojaron a los pies del auto y quitaron con sus manos el barro que se adhería a los neumáticos, pero con ello sólo consiguieron embarrarse más de la cuenta. Todo esfuerzo resultaba inútil. Las ruedas giraban en falso, dando chirridos y despidiendo barro hacia todas partes, pero el auto permanecía inmóvil en el lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajo tales condiciones, el menor de los hermanos, el más fornido de los tres, se ofreció a salir de expedición. Caminó hasta el monte más cercano, en busca de una radio que le permitiera tomar contacto con su gente, pero en dicho monte sólo halló un enorme desconsuelo, no había más que ruinas entre los árboles. Resignado y con el ánimo abatido, sin otro monte a la vista, regresó al auto arrastrando sus pies congelados, y se reunió otra vez con sus hermanos, quienes lo recibieron con un caluroso abrazo, a pesar de que había fallado en su empresa. Para ese entonces la oscuridad se había apoderado de toda esperanza, no les quedaba otra alternativa, debían pasar la noche dentro del auto, a merced de un frío que se calaba hasta los huesos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sociedad del barro se mostró más unida que nunca e hizo todo lo posible para sobrellevar el trance. Sin provisiones, se vieron obligados a enfrentarse al horror de alimentarse con las sobras de un paquete de papas fritas, en un acto desesperado por conservar el aliento. Y como no tenían agua, calmaban la sed con cerveza, pero el frío que transmitían las latas era tan intenso, que se les congelaban las manos. Por su parte, el mayor de los hermanos, en una demostración de compañerismo admirable, supo tolerar el humo de los cigarrillos que despedían sus hermanos, y nada dijo acerca del barro que estropeaba el tapizado de los asientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las infernales condiciones climatológicas condicionaban la conducta de los hermanos. Uno de ellos entendió que lo más sensato sería dormir al abrigo de sus propios cuerpos, y así lo hicieron, o al menos esa fue la intención, pues era tal el frío que se colaba en el interior del auto, que apenas pudieron pegar un ojo en toda la noche. Por otro lado, no se atrevían a dormir al amparo de la calefacción del auto, por el peligro que ello suponía, pero cada vez que apagaban la calefacción, el crudo frío los despabilaba y se veían obligados a encenderla nuevamente para recuperar el calor de los cuerpos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el medio de la noche, el mayor de los hermanos, mientras los otros dormían, abandonó el auto sin previo aviso. Minutos más tarde, abrió cuidadosamente la puerta y se acomodó otra vez en su lugar. Sus hermanos, que estaban despiertos, quisieron saber para qué había salido. Con voz entrecortada, dijo que había salido a hacer pis, pero la respuesta no logró convencerlos. Finalmente, ante el apuro incesante, confesó que había salido a comer un caramelo que había encontrado en la guantera del auto. El hecho generó discordia entre los hermanos y se produjo una violenta discusión. Sin embargo, todos entendieron que debían permanecer unidos, más que nunca en ese momento, lo que motivó que se calmaran los ánimos. Y para evitar males mayores, pasaron el resto de la noche en absoluto silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recién a las seis de la madrugada, cuando despuntaba el día, dos de ellos, desprovistos de toda energía, pero movidos por una poderosa fuerza que los impulsaba hacia lo inalcanzable, se lanzaron a una nueva expedición. El mayor, avergonzado aún por su acto de traición, quedó al cuidado del auto y depositó todas sus esperanzas en sus valientes hermanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde muy temprano, caminaron infinidad de kilómetros desiertos, enfrentándose a todo tipo de adversidades, soportando el rigor del hambre y del frío. En el camino se vieron obligados a detenerse en repetidas oportunidades con el objeto de recuperar fuerzas. El menor estaba pagando los esfuerzos que había gastado el día anterior. Finalmente, siguiendo unas huellas de tractor, llegaron a una estancia vecina, donde fueron recibidos por un paisano que se sorprendió al verlos. Los jóvenes no guardaban el mejor aspecto y se presentaron a los gritos, alarmando a la gente del lugar. De inmediato, tras escuchar el doloroso relato de los hechos, el paisano les brindó la debida asistencia y puso a su disposición un modesto tractor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de un rato, con estómagos satisfechos, partieron en busca de su hermano. El viaje en tractor no fue apacible, el espacio en la cabina era reducido, y el camino se hizo eterno. Sin embargo, la alegría brotaba de sus rostros. Cuando su hermano los vio aparecer, hundió sus rodillas en el barro y alzó los brazos al cielo. Los hermanos saltaron del tractor y fueron corriendo a su encuentro; se fundieron en un abrazo fraternal y compartieron el pan que habían llevado consigo. Para ese entonces, la emoción había llegado a los ojos del paisano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la ayuda del tractor, lograron remolcar el auto hasta tierra firme. Cuando se hallaron fuera de peligro, se despidieron del paisano en un efusivo agradecimiento, y decidieron retomar el rumbo, pero como el camino se encontraba anegado, retrocedieron sobre sus huellas y tomaron la ruta que los había conducido hasta aquel inhóspito lugar. Recorrieron nuevamente los interminables kilómetros que habían transitado el día anterior y accedieron a la estancia a través de un camino con tierra más noble.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente, a treinta horas de la partida, hicieron su ingreso en la estancia. El recibimiento fue de lo más emotivo. La primera en advertir la llegada de los hermanos fue la hija del capataz, una niña de tan solo seis años, quien al verlos descender del auto, se deshizo del gato que cargaba entre sus brazos, y anunció la llegada, diciendo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;" lang="ES-AR"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;u1:worddocument&gt;   &lt;u1:view&gt;Normal&lt;u1:zoom&gt;0&lt;u1:hyphenationzone&gt;21&lt;u1:compatibility&gt;       &lt;u1:breakwrappedtables/&gt;       &lt;u1:snaptogridincell/&gt;       &lt;u1:wraptextwithpunct/&gt;       &lt;u1:useasianbreakrules/&gt;       &lt;u1:browserlevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/u1:browserlevel&gt;      &lt;/u1:compatibility&gt;     &lt;/u1:hyphenationzone&gt;    &lt;/u1:zoom&gt;   &lt;/u1:view&gt;  &lt;/u1:worddocument&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;–&lt;/span&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;¡Viven!&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;    &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-1756745079741322661?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/1756745079741322661/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=1756745079741322661' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/1756745079741322661'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/1756745079741322661'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2009/08/el-viaje.html' title='El viaje'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SnpZTrIa6fI/AAAAAAAAAgQ/bpsgbwTAnjQ/s72-c/El+viaje.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-6215869549893318032</id><published>2009-07-02T22:55:00.003-03:00</published><updated>2010-01-08T19:43:59.671-03:00</updated><title type='text'>El rompecabezas</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkA5TJmUANI/AAAAAAAAAXA/s7UjfqQTpgc/s1600-h/El+rompecabezas.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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La figura, una célebre pintura del siglo pasado, no estaba compuesta en su totalidad, apenas cincuenta piezas esperaban en desorden. Realmente no sé por qué actué de ese modo, quizás porque estaba ebrio, quizás porque me fastidiaba que unos pedazos de cartón ocuparan la mesa. Lo cierto es que tomé una pieza y la guardé en mi billetera. Lo hice sigilosamente, con mucho cuidado, no quería que mi amigo me viera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estábamos en el departamento de barriga, un amigo de toda la vida. Era sábado y nos había invitado a comer un asado. El único problema era que no podíamos usar la mesa, pues el muy terco se negaba a mover el rompecabezas de lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre murmullos y protestas, nos instalamos todos en el balcón, comimos la carne con pan y apoyamos los vasos en el suelo. Lo verdaderamente irritante era la terquedad de nuestro amigo. Él sabía que podíamos trasladar el rompecabezas sin correr riesgo alguno. Aun así, no logramos persuadirlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante el asado no hizo otra cosa que hablar del rompecabezas. Su orgullo era absurdo y desmedido. Nos contó que nunca antes le había resultado tan difícil armar un rompecabezas, que tenía pensado colgarlo en la pared del living como si fuera un trofeo, y que, a modo de ritual, había decidido posponer su conclusión para el día siguiente. Creo que la idea de apoderarme de la pieza surgió cuando nos confesó que había invitado a su novia para que presenciara la terminación de la obra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente, por la tarde, recibí un mensaje en mi teléfono. Barriga quería saber si por casualidad yo había visto una pieza del rompecabezas. Recién entonces, con gran satisfacción, recordé que la tenía en mi poder. Al menos eso creía yo, aunque no estaba seguro. La noche había sido larga y agitada. Todos, menos barriga, habíamos extendido la velada hasta altas horas de la madrugada. Con cierto temor, abrí la billetera y lo comprobé: La pieza aún estaba en su lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De inmediato respondí:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;–Anoche vi muchísimas piezas sobre la mesa. Sé un poco más preciso. ¿Cómo es la pieza que estás buscando?&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A barriga no le causó gracia mi comentario, al menos eso fue lo que pude interpretar de su respuesta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;–Forro.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como era de esperar, barriga había estado a punto de completar el rompecabezas, cuando advirtió que le faltaba una pieza. Sólo una persona acostumbrada a formar rompecabezas puede entender la frustración que sintió barriga en ese momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desesperado, presa del pánico, la buscó por toda la casa. A su novia no le quedó otra opción que colaborar. Pasaron la escoba por todos los ambientes y no dejaron rincón sin revisar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al no dar con la pieza, barriga decidió hacer una consulta general. Y envió el referido mensaje a todos aquellos que habíamos asistido al asado la noche anterior. Las respuestas fueron desalentadoras. Desde luego, ninguno había visto la pieza faltante. Cabe aclarar que para ese entonces los muchachos no estaban enterados de mis actos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche del domingo recibí un nuevo mensaje de parte de barriga. Decía lo siguiente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;–Me quiero matar. Di vuelta toda la casa y no encontré la pieza.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces comprendí que barriga no sospechaba de mí. Hasta ese momento, no sé por qué, yo pensaba que él desconfiaba de mí -razones no le faltaban-, pero evidentemente yo estaba equivocado, por lo que decidí seguir adelante con el asunto. Y le envié otro mensaje:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;–Tal vez se la comió tu perro. Recuerdo que lo vi merodeando alrededor de la mesa.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta vez no obtuve respuesta de su parte. Definitivamente, mis comentarios no le servían de consuelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lunes no recibí noticias de barriga. Recién el martes volvimos a comunicarnos, lo hicimos por vía electrónica. Fue una conversación sumamente interesante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre otras cosas, me dijo que su novia había estado revisando la mierda del perro con el propósito de confirmar mi teoría. Lo había hecho con sus propias manos, a pedido de barriga. Y, al parecer, tuvo que superar unas cuantas arcadas durante la inspección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por otro lado, me hizo saber que, dado que no se venden piezas sueltas, estaba considerando la posibilidad de comprar otro rompecabezas igual al suyo, con el solo fin de reemplazar la pieza que ya había dado por perdida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue entonces cuando decidí confesar. Ya había sido suficiente. Le dije que yo tenía la pieza, que se la llevaría el viernes a su casa, a no ser que prefiriese pasar por mi casa a buscarla. Dicho esto, se produjo un silencio considerable. Al cabo de unos minutos, respondió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;–Gracioso.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso fue todo. Tras lo cual, se desconectó sin decir más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De su respuesta pude inferir que no me había creído, era indudable que había considerado mi confesión como una burla más, lo que confirmé al día siguiente, a través de un amigo en común.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi amigo había ido a jugar al fútbol con barriga la noche del martes. Tras el partido, barriga le transmitió su preocupación. Le comentó que se habían cansado de buscar la pieza y que después de tres días de trabajosa búsqueda habían perdido toda esperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un momento dado hizo mención incluso a los mensajes que habíamos intercambiado en esos días. Dijo que yo me creía muy vivo, que no había hecho más que burlarme de su desgracia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por último, antes de despedirse, compartió con todos una curiosa noticia. Dicen que llegó a emocionarse cuando lo hizo. Según sus propias palabras, la novia, en una muestra de cariño admirable, se había comprometido a elaborar ella misma la pieza que faltaba. Con dicho fin, había comprado cartón, pintura y barniz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El miércoles no tuve contacto con barriga. Debía de estar muy ocupado asistiendo a su novia en la elaboración de la pieza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mañana del jueves yo estuve muy ocupado. Recién por la tarde conseguí noticias. En efecto, la pieza estaba lista. No era perfecta, pero hay que reconocer que cumplía su función. Apenas desentonaba un poco con el cuadro general.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora bien, con la combinación de esta última pieza se conformaba el rompecabezas, lo que significaba que se encontraba en condiciones de ser pegado y encuadrado. Aun así, decidí guardar silencio. Sólo faltaba un día para la entrega. Y, a decir verdad, quería hacerlo personalmente, sin advertencia previa. Necesitaba ver la expresión de su cara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viernes por la noche me hice presente en el departamento de barriga. Lo primero que hice al ingresar fue dirigir la mirada hacia la mesa. El rompecabezas no estaba. Con fingida naturalidad me acomodé junto a barriga en el living. Me serví cerveza en un vaso y, como quien no quiere la cosa, le pregunté si había mandado a pegar el rompecabezas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No, todavía no; lo puse debajo de la cama –dijo, barriga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, con una amplia sonrisa, saqué la pieza de mi billetera y la apoyé sobre el brazo del sofá donde estaba sentado barriga. Sus ojos se salieron de orbita. No podía creer lo que estaba viendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Era cierto que la tenías, entonces –me dijo sin salir del asombro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Claro, yo te dije que la traería hoy. El problema fue que no me creíste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seguidamente le brindé las explicaciones del caso y le pedí que me refiriera todos los detalles vinculados al asunto. A poco de empezar, se detuvo. De sus ojos se escapaba una extraña mirada.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;–Ahora se lo decís vos a mi novia –me dijo alcanzándome el teléfono –. Tomá, llamala.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Estás loco vos, no la llamo nada. Decile que fui yo el culpable, a mí no me importa, pero yo no pienso darle la noticia. Eso te corresponde a vos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se mantuvo pensativo por unos instantes y luego, con cierta preocupación, agregó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Me parece que no le voy a decir nada. Voy a dejar el rompecabezas tal como está, con la pieza que hizo ella. Y a esta pieza la tiro a la mierda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Me estás jodiendo, decile que tenés un amigo medio imbécil que te gastó una broma. De esta forma te liberás de toda responsabilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No entendés nada. Si le digo la verdad, después de todo lo que le hice pasar, creo que me mata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Decile que la encontraste debajo de la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No puedo, revisamos la casa de punta a punta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Vamos, siempre queda un rincón sin revisar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Acaso no te das cuenta, revisamos todos lo rincones de la casa… hasta la mierda del perro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La discusión se prolongó todavía un largo rato. Con el correr del tiempo fueron sumándose otros amigos y cada uno llegó a ofrecer su punto de vista. De a poco fuimos logrando que entrara en razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente, al día siguiente, barriga confesó. La invitó a almorzar a su casa y le declaró toda la verdad. La novia recibió la noticia con tranquilidad. Se mostró un poco sorprendida, es cierto, pero al menos no armó un escándalo. Tan sólo me dedicó unas palabras alusivas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa misma noche, tras arduas negociaciones con su novia, barriga completó el rompecabezas con la pieza original. A los pocos días, lo colgó en una de las paredes del living, tal como lo había planeado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Treinta días más tarde se separaron. Ella lo abandonó. Barriga dice que la relación dio un vuelco a partir del incidente del rompecabezas. Según él, desde aquel suceso las cosas fueron cambiando. El trato se volvió insoportable. En pocas palabras, barriga me responsabilizó de la separación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar de tan injusta acusación, me solidaricé con barriga. Era lo mínimo que podía hacer por mi amigo. Desde que se produjo la separación, lo acompañé a todos lados. Incluso, una tarde, siguiendo mis consejos, fuimos juntos a comprar otro rompecabezas. Me pareció que ya era hora de que ordenara su vida. Y qué mejor forma de intentarlo que componiendo un rompecabezas. Lamentablemente, el local estaba cerrado. Fue una gran desilusión.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;              &lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-6215869549893318032?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/6215869549893318032/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=6215869549893318032' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/6215869549893318032'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/6215869549893318032'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2009/06/el-rompecabezas.html' title='El rompecabezas'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkA5TJmUANI/AAAAAAAAAXA/s7UjfqQTpgc/s72-c/El+rompecabezas.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-3908864481810278228</id><published>2009-06-17T22:41:00.009-03:00</published><updated>2009-11-18T21:15:56.735-03:00</updated><title type='text'>La victoria</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SjmcixP3oeI/AAAAAAAAAWQ/OU7s4l-oy4Y/s1600-h/La+victoria.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 234px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SjmcixP3oeI/AAAAAAAAAWQ/OU7s4l-oy4Y/s320/La+victoria.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5348478153628557794" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"&gt;&lt;meta name="ProgId" content="Word.Document"&gt;&lt;meta name="Generator" content="Microsoft Word 10"&gt;&lt;meta name="Originator" content="Microsoft Word 10"&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CDOCUME%7E1%5CNAPIOL%7E1%5CCONFIG%7E1%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt; 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Agazapados en sus puestos, concibiendo tácticas y estrategias de toda naturaleza, aguardaban con impaciencia el momento de disputarse la conquista. Cuando se presentó la oportunidad, no la dejaron pasar. Se abalanzaron como animales hambrientos. En el fragor de la contienda, hubo quienes aprovecharon la agilidad de sus piernas, otros tantos recurrieron al vigor de sus brazos, y los restantes hicieron valer su imponderable astucia. Finalmente, de un modo u otro, todos consiguieron subirse al carro de la victoria. No obstante lo cual, ninguno de los contendientes pudo alcanzar el objetivo deseado, pues fue tal el tumulto que se produjo en el interior del carro, que la victoria murió asfixiada... tristemente aplastada.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-3908864481810278228?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/3908864481810278228/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=3908864481810278228' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/3908864481810278228'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/3908864481810278228'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2009/06/la-victoria.html' title='La victoria'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SjmcixP3oeI/AAAAAAAAAWQ/OU7s4l-oy4Y/s72-c/La+victoria.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-3400401355565453872</id><published>2009-05-27T21:03:00.026-03:00</published><updated>2011-02-26T22:18:40.664-03:00</updated><title type='text'>La verdad</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/Sh3VoY1c2vI/AAAAAAAAAVY/k5Rl-NGNKgo/s1600-h/La+verdad.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 202px; height: 320px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/Sh3VoY1c2vI/AAAAAAAAAVY/k5Rl-NGNKgo/s400/La+verdad.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5340659622969400050" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"&gt;&lt;meta name="ProgId" content="Word.Document"&gt;&lt;meta name="Generator" content="Microsoft Word 10"&gt;&lt;meta name="Originator" content="Microsoft Word 10"&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CDOCUME%7E1%5CNAPIOL%7E1%5CCONFIG%7E1%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt; 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Atrás habían quedado las batallas y las pestes que tiñeron de amargura el espíritu de generaciones pasadas. Su coronamiento fue recibido como un presagio de bienaventuranza para un pueblo diezmado por los males. La proclamación se celebró con gran entusiasmo; cientos de personas provistas de obsequios arribaron desde todos los puntos del reino, y los festejos se extendieron por semanas. Pues Aurico, joven y apuesto, tenía fama de hombre honrado, reconocido como el ser más bondadoso de los siete reinos, tan justo como Sarhein de Khifai y no menos sabio que el mismísimo Zafid.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cierto día, el flamante monarca, en su afán de alcanzar la verdad, impartió una orden que provocó gran estupor en la población. El mandato fue recibido con recelo por los habitantes del reino, aun cuando desconocían el verdadero propósito del mismo. No obstante, todos y cada uno de ellos se sometieron al análisis impuesto, confiando en la buena voluntad del soberano. El objeto del innovador estudio no era otro que determinar científicamente la filiación de cada individuo, circunstancia que despertaba vivo interés en el joven rey.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los resultados de las pruebas fueron devastadores. La infinidad de casos que presentaron desavenencias con la aparente realidad, revelaron los secretos de una sociedad corrompida por el engaño, asombrando incluso al mismo Aurico, quien jamás había sospechado una miseria semejante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La verdad causó estragos en el seno de la institución familiar. Cientos de familias se vieron afectadas por la nueva realidad que debían enfrentar. Hombres humillados, mujeres desesperadas, hijos confundidos, constituían el marco de un escándalo formidable. Las más perjudicadas fueron sin duda las llamadas madres indignas: Acusadas de engañosas, lascivas y disolutas, cargaron con toda la responsabilidad. Fue por ello que se les impuso un castigo ejemplar. Se implementó el uso del velo para infamar a las caídas en la deshonra: El velo del oprobio. Un hábito que con el tiempo se trasladaría a otras culturas, con fines muy diversos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, los problemas no fueron dominio exclusivo del círculo familiar, pues poco a poco fueron generando graves consecuencias en todos los ámbitos sociales, dando lugar a la era más auténtica y dramática de la historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dadas las circunstancias, el rey sintió la necesidad de pasar el tiempo en soledad. Refugiado en sus aposentos, dedicó las horas a la meditación. Durante varios días debatió con su conciencia sobre las consecuencias de sus actos, evaluando los alcances de la verdad y las ventajas de su conocimiento, y se comprometió a reinar con mayor sabiduría a partir de entonces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una madrugada golpearon a su puerta. El consejero, escoltado por miembros de la corte, solicitó la entrevista. El rey los acogió con la gentileza acostumbrada y se dispuso a recibir  el informe. Los rostros  de los visitantes reflejaban cierta inquietud, ninguno se atrevió a mirarlo a los ojos, era evidente que se trataba de un asunto de importancia. Fue el noble consejero el encargado de tomar la palabra. Con profundo dolor le comunicó la noticia. De acuerdo al resultado del análisis -al que el mismo rey se había sometido para educar con el ejemplo-, Aurico ya no tenía derecho a ocupar el trono.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Enorme fue la conmoción. Un respetuoso silencio invadió la recámara y todos permanecieron inmóviles en el lugar. El rey, visiblemente dolido, hizo entrega del bastón y la corona y, sin oponer resistencia alguna, se puso a disposición de los guardias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aurico, condenado al destierro y repudiado por su gente, abandonó el reino y pasó el resto de sus días en las arenas del desierto, apartado de los hombres. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Tras la partida, su sucesor en el trono, un hombre de dudosa procedencia, mandó extinguir todo aquello vinculado con el método para determinar la filiación de las personas; una ciencia que permanecería oculta por muchos siglos, bajo el velo de la conveniencia.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;       &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;style&gt; &lt;!--  /* Style Definitions */  p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal 	{mso-style-parent:""; 	margin:0cm; 	margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:12.0pt; 	font-family:"Times New Roman"; 	mso-fareast-font-family:"Times New Roman";} @page Section1 	{size:612.0pt 792.0pt; 	margin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm; 	mso-header-margin:36.0pt; 	mso-footer-margin:36.0pt; 	mso-paper-source:0;} div.Section1 	{page:Section1;} --&gt; &lt;/style&gt;&lt;!--[if gte mso 10]&gt; &lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable 	{mso-style-name:"Tabla normal"; 	mso-tstyle-rowband-size:0; 	mso-tstyle-colband-size:0; 	mso-style-noshow:yes; 	mso-style-parent:""; 	mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; 	mso-para-margin:0cm; 	mso-para-margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:10.0pt; 	font-family:"Times New Roman";} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-3400401355565453872?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/3400401355565453872/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=3400401355565453872' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/3400401355565453872'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/3400401355565453872'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2009/05/la-verdad.html' title='La verdad'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/Sh3VoY1c2vI/AAAAAAAAAVY/k5Rl-NGNKgo/s72-c/La+verdad.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-1644583917527422218</id><published>2009-05-05T23:36:00.009-03:00</published><updated>2009-06-23T21:03:07.181-03:00</updated><title type='text'>El cura</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SgD-WrbpRdI/AAAAAAAAAVQ/xtnxZaCtaIo/s1600-h/El+cura.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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El piloto, con gran determinación, jala de la anilla ubicada entre sus piernas y activa el mecanismo que lo expulsa de la cabina del avión. El asiento propulsado por cohetes lo distancia del avión a gran velocidad, al tiempo que se despliega un pequeño paracaídas que logra estabilizarlo en el aire. La caída libre se realiza a una velocidad tolerable. A su alrededor todo es blancura y aire. De pronto, se produce un impacto en el cielo. Un conjunto de globos, perdido en las alturas, amortigua la caída, pero no es suficiente para impedir su descenso. Una vez que el piloto se abre camino entre todos los globos, una mano gruesa y robusta, aparecida de la nada, interrumpe por fin la caída. El piloto, suspendido en el aire y aturdido por el impacto, abre los ojos dando muestras de confusión. Entonces ve a un extraño individuo que lo sujeta de la mano. Apenas puede distinguir sus ojos entre tanta melena. El misterioso hombre está sentado sobre una silla, y la silla es sostenida por un millar de globos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El piloto, sin dar crédito a lo que está viendo, lanza las primeras voces al cielo.&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;   &lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;EL PILOTO. –¿Estoy muerto? ¿Estoy en el cielo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Tranquilo, hijo, estás en el cielo, pero tu timbre de voz no se asemeja al de un muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Pero si usted es…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –El mismísimo. Por lo visto he obtenido cierta fama allá abajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –No lo dude, padre. Pero, ¿cómo es posible?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No sigas, comprendo perfectamente, me han dado por muerto. Hoy en día hay una clara tendencia a extender partidas de defunción. Basta que uno se ausente del hogar por unos días para que lo despojen de su vida. Ahora dime, por favor, ¿quién eres?, confieso que no te esperaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Espere, ¿está seguro de que puede sostenerme?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Descuida, hijo, estás en buenas manos. Ahora dime quién eres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Soy un piloto...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Un encuentro entre colegas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Así parece. Yo soy piloto de la fuerza aérea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –¡Válgame dios! ¿Acaso hemos entrado en guerra?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –No, nada de eso…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Ah, ya sé, te han enviado en mi rescate.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –No, padre, hace ya mucho tiempo que dieron por terminada la búsqueda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Ya lo creo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Créame que lo buscaron sin descanso. Los equipos de rescate recorrieron cielo, mar y tierra durante varios días. Se armó un gran operativo de rastreo en torno a su ausencia. Bomberos, militares y voluntarios aunaron sus fuerzas con el fin de hallarlo con vida. Hasta se utilizaron aviones, helicópteros y embarcaciones de todo tipo. Sin embargo, el resultado no fue el esperado, sólo hallaron globos a lo largo de la costa. Y como no podía ser de otra forma, llegaron a la más triste conclusión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –&lt;i style=""&gt;(Meditabundo) &lt;/i&gt;Entiendo. Han perdido la fe en mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –No diga eso, padre. Los feligreses de su parroquia estaban convencidos de que lo encontrarían con vida. Pero ha pasado tanto tiempo…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –La esperanza es lo último que se pierde, hijo mío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Es probable, padre, pero, tarde o temprano, la esperanza también se pierde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Tal vez tengas razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Bueno, ¿quiere saber cómo llegué hasta aquí? Casualmente, recorría el cielo en un vuelo de rutina, el avión se averió gravemente y me vi forzado a abandonarlo. Así fue que salí despedido en el asiento eyectable. Instantes después, cuando recuperé el sentido, comprendí que estaba cayendo, luego aterricé sobre los globos, y finalmente terminé en sus brazos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –&lt;i style=""&gt;(Absorto.) &lt;/i&gt;Toda una casualidad, ¿no lo crees?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Verdaderamente. ¿Y usted qué hace todavía por aquí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Estoy batiendo un récord.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Veo que no ha perdido el sentido del humor, padre… Tengo entendido que pretendía quebrar una marca de veinte horas de vuelo, pero si no me equivoco, ya lleva más de un año en el cielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –¿Un año? Hay que ver cómo pasa el tiempo en las alturas. &lt;i style=""&gt;(Mirando hacia arriba.) &lt;/i&gt;Pareciera que fue ayer cuando me remonté a los cielos con la esperanza de abrir los ojos de mi pueblo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Y vaya que lo ha conseguido. Le aseguro que ha captado la atención del mundo entero. Sin embargo, hay algo que no logro comprender, ¿cómo ha hecho para sobrevivir tanto tiempo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Tiempo… tiempo… ¿Qué es el tiempo para un hombre de experiencia? En fin, evidentemente nadie te ha enterado de mis antecedentes. Para tu conocimiento, tengo en mi haber un curso de buceo y rescate acuático, uno de alpinismo, otro de supervivencia en la selva, e incluso uno de parapente. Como verás, no soy un hombre improvisado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Sigo sin comprender.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Ay, hijo, hay tantas cosas que yo no comprendía a tu edad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Pero entonces cuénteme qué fue lo que pasó. ¿Cómo perdió contacto con el personal de tierra? ¿No tenía usted dos teléfonos y un aparato GPS? Que yo sepa, en la última comunicación telefónica, intentó dar a conocer su ubicación. ¿Es cierto que no sabía usar el GPS?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No sé por dónde empezar, me has hecho tantas preguntas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Vamos, padre, empiece por dónde guste. Puede empezar por el principio, si quiere.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Muy bien, empezaré por el principio entonces: En el principio existía la palabra, y la palabra estaba junto a dios, y la palabra era dios…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Padre…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Lo siento, es una broma que solíamos hacer en el seminario. Los dolores de cabeza que le provocábamos al director espiritual…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Qué le parece si salteamos la etapa del seminario y vamos directamente al día que partió con los globos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Oh, sí, aquel día… ¡Qué multitud se congregó a los pies de mi nave! ¿Estás seguro de que ha pasado tanto tiempo? Tengo la sensación de que fue un acontecimiento bastante más reciente. ¡Cuánta alegría había en esos rostros! ¡Qué lindo es cuando la gente se reúne por una causa noble! En esos momentos se transmite una energía especial, ¿no lo crees?... Parece mentira, pero todavía recuerdo los rostros de cada uno de ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Usted sí que tiene buena memoria, padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No creas, hijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Si usted lo dice...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No seas pícaro… Sucede que aquí, en el cielo, me he visto obligado a ejercitar la memoria. Al menos en este espacio, recordar es uno de los mejores entretenimientos, es un gran recurso para engañar al aburrimiento. Por otra parte, no olvides que aquella fue la última vez que entablé relación con un semejante; hasta el día de hoy, claro está. Y aunque suene sentimental, uno termina extrañando a los suyos. Sabes cuántas veces repasé en mi mente aquel episodio. Con el paso del tiempo he logrado construir una fotografía mental de aquel día. Y te aseguro que no me canso de verla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Y qué ocurrió después?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No me apresures, hijo, pues antes quisiera contarte algo, quisiera compartir contigo las razones que motivaron esta aventura. Mi intención no era otra que divulgar mi religión, esta religión que con tanto amor he abrazado desde mi infancia. A su vez, no voy a negarlo, pretendía recaudar fondos para mi parroquia. Admito que puede resultar un poco extraña la manera que elegí para hacerlo, pero mi naturaleza aventurera suele conducirme a realizar este tipo de proezas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Hay que reconocer que es usted un hombre muy valiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No soy el indicado para apoyar semejante afirmación, pero supongo que no eres el único que piensa de esa forma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –No cabe duda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Ahora bien, volviendo a la nave. Es cierto que el clima era poco propicio; el cielo estaba oscuro y el pronóstico no albergaba buenos augurios. Sin embargo, ya era muy tarde para desinflar los globos. No podía defraudar a toda esa gente. Así fue que me subí a la nave y levanté vuelo. Las primeras horas fueron de lo más agradables. Sin percances. Apenas cayeron unas gotas, nada preocupante…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Un momento. Acaba de pronunciar una frase memorable, de esas que permanecen en el tiempo: Ya era muy tarde para desinflar los globos. Esto me recuerda al conquistador que quemó las naves a orillas del continente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –¿Cómo dices?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Nada, nada. Continúe, por favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Bien. Como venía diciendo, los problemas se presentaron bastante más tarde, transcurridas siete horas de vuelo, cuando me disponía a encender un cigarrillo. Entonces advertí que una corriente de aire nos empujaba hacia la costa, alejándonos de la ruta prefijada. Al principio no le concedí demasiada importancia, pensé que se trataba de un leve desvío; sin embargo, a medida que avanzábamos, siempre en dirección al litoral, la nave fue incrementando considerablemente la marcha, al tiempo que perdíamos altura. Ahí nomás, desistí de fumar el cigarrillo. Las circunstancias no eran las más alentadoras. Todo indicaba que los vientos nos arrastrarían mar adentro. Por lo que decidí hacer uso del teléfono. Necesitaba informar dónde me encontraba y hacia dónde me dirigía. Por tal motivo, cuando logré tomar contacto con el personal de tierra, reclamé que me enseñaran a operar ese aparato del demonio que llaman GPS.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Entonces es cierto que no sabe usar el GPS. ¿Cómo no aprendió a usarlo antes de embarcarse en esta odisea?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –En su momento lo consideré innecesario. Pero no creas que fue por mero capricho. Tenía fundamentos para adoptar una postura semejante. Pues no sé si sabes que no ha sido éste mi primer viaje en globos. Y si bien es cierto que las distancias recorridas en dichos viajes fueron más cortas, también es cierto que los peligros no fueron menores. Así y todo, en los vuelos anteriores, esos instrumentos modernos brillaron por su ausencia. Y puedo asegurarte que las misiones fueron todo un éxito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Comprendo perfectamente. Pero, ¿qué sucedió después? Según las noticias, aquellas fueron sus últimas palabras. ¿Se quedó sin señal?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No, hijo, me quedé sin teléfono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¡Cómo que se quedó sin teléfono!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Así como lo oyes. Las verdaderas complicaciones surgieron durante esa charla, mientras esperaba que me dieran las instrucciones. Fue todo muy confuso. Recuerdo que comenzábamos a sobrevolar el mar. De pronto, una ráfaga de viento, proveniente del océano, nos embistió de frente y sacudió la nave en forma violenta. A raíz del impacto, el teléfono se me escapó de la mano y cayó al vacío. El mismo destino siguió el GPS… No sé como describir la impotencia que sentí en ese momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Pero, si mal no recuerdo, usted tenía otro teléfono. ¿Por qué no lo intentó desde el otro teléfono? ¿Acaso también lo había perdido?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. – No, hijo, lo que perdí entonces fue el conocimiento. ¡Vaya susto, dios mío! No había terminado de recuperarme del terrible sacudón, cuando fuimos sorprendidos por una segunda ráfaga, mucho más intensa que la primera. Los efectos fueron sumamente dolorosos, sobre todo para mi cabeza. Por fortuna llevaba el casco puesto cuando se produjo la colisión. Desafortunadamente no volví a verlo, el viento se lo llevó consigo. Gracias a dios no se llevó también mi cabeza. Creo que nunca había recibido un golpe tan duro. Fue como chocar contra un muro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Ahí fue cuando se desmayó?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No, pero te aseguro que pude ver las estrellas en pleno día. A pesar de todo, me aferré al asiento con todas mis fuerzas y soporté el castigo con entereza. De pronto los vientos cesaron y sobrevino la calma. Una calma chicha, como dicen los marinos. Por primera vez en mi vida fui testigo del verdadero silencio. No se oía ni una brisa en el firmamento. Yo estaba exhausto, adormecido, prácticamente dormido. La nave tambaleaba suavemente, como se mece una cuna. Finalmente los párpados cedieron al cansancio…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Y se quedó dormido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No, hijo, no hubo tiempo para ello. La siesta es un lujo que no tenía permitido. Pero, en fin, ahí estaba yo, con los ojos aún cerrados, cuando percibí el silbido de una brisa. Una brisa fresca que me acarició la nuca causándome escalofríos…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Qué le ocurre?, padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Es que, de solo pensar en ese airecillo, he sufrido un nuevo escalofrío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Tenga cuidado, casi me deja caer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Lo siento. No volverá a ocurrir… &lt;i style=""&gt;(Asustado. Haciendo un esfuerzo.) &lt;/i&gt;Pero, hijo, ¿qué haces?, ¿acaso quieres caerte?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Tanto hablar de ese airecillo, que ahora me ha contagiado los escalofríos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Bueno, bueno, ya basta. A ver si pensamos en otra cosa… Aquel silbido fue adquiriendo mayor intensidad, y al instante se sumaron otros silbidos, otras brisas. Entonces llegaron los vientos, y con los vientos, el frío. La nave comenzó a moverse. La modorra me impedía reaccionar, pero un leve mareo logró despabilarme. Cuando abrí los ojos, pensé que había ingresado en un sueño, en una de mis peores pesadillas. Lo cierto es que estaba en el medio de un tornado. En el corazón de un remolino de vientos huracanados que me hacía girar a su antojo. Ese día conocí el vértigo. No sabes las vueltas que dimos. Ni yo lo sé, realmente…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Supongo que después de tantas vueltas se desvaneció.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No. ¿Y sabes por qué no? Porque me trasladé a mi infancia. Cerré los ojos e imaginé que estaba dando vueltas sobre esa pequeña calesita a la que solía llevarme mi madre cuando era chico. Y vaya que funcionó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Así de sencillo fue?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Escucha, hijo, escucha con atención: Si uno consigue engañar a la mente, la mente se encarga de engañar al cuerpo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –&lt;i style=""&gt;(Confundido.) &lt;/i&gt;Lo tendré en cuenta, padre. Pero puede decirme de una vez por todas cómo perdió el conocimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Claro que sí, hijo mío. Una vez que logramos salir del torbellino, o mejor dicho, una vez que el torbellino se deshizo de nosotros, las cosas empeoraron. Pues quedamos a merced de los vientos circundantes. Y no hay vientos más salvajes que aquellos. Nos zamarrearon de un lado al otro con extrema violencia. Fue tal el ajetreo al que fuimos sometidos, que por un momento pensé que no saldría de allí con vida. Me resultaba harto difícil respirar. Era como estar atrapado bajo el agua, hostigado y revolcado por el oleaje, impedido de salir a la superficie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Dígame que eso es lo último que recuerda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No, afortunadamente fuimos alcanzados por un tremendo vendaval. Una poderosa corriente de vientos cálidos, procedente de abajo, nos impulsó hacia arriba con una potencia inusitada, remontándonos a una velocidad extraordinaria. Y entonces sí, en pleno ascenso, perdí el conocimiento. Lo último que recuerdo es el esfuerzo que hice para rescatar el paquete de cigarrillos que se escapaba del bolsillo de mi traje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Y cuánto tiempo estuvo privado de razón?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Realmente no lo sé. Cuando recuperé la conciencia, comprendí que estaba a salvo, aunque un poco desorientado. Me dolía todo el cuerpo, pero no había sufrido lesiones de importancia. Apenas unos rasguños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Es increíble que haya logrado sobrevivir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –¿No te dije antes que tengo sobrada experiencia en esta clase de vuelos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Padre, no pongo en duda su probada experiencia, pero aun así, no deja de asombrarme su suerte. Por otro lado, parece mentira que la nave conserve tantos globos, sobre todo considerando la gran cantidad de escollos que se presentaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Oh, sí. El diseño de esta nave es único e innovador. Lo ha soportado todo. Precisamente por ello, una vez que logré recomponerme, me dispuse a reanudar el viaje. Pero todo fue en vano. No había advertido que la nave se mantenía inmóvil en el lugar. El viento no soplaba. Lo que yo no sabía aún, es que aquí no sopla el viento. Inquieto como estaba, intenté contactarme desde el otro teléfono, pero no hallé señal… Desde entonces he permanecido aquí, en este mismo espacio, a la espera de una corriente pasajera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Quiere decir que en todo este tiempo no se ha movido de este lugar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Eso mismo. Desde el primer día, he vivido rodeado de nubes, recluido en este pozo de aire, donde no corre el viento. Puedes creer que no he visto más que nubes desde que estoy aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Sospecho que es un microclima muy singular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –¿Acaso lo dudas? Estoy atrapado en un agujero blanco, en un espacio cubierto de nubes, aislado del mundo. Desde aquí no se puede ver el sol, ni el azul del cielo, mucho menos la tierra. Durante el día todo es blancura, una blancura espesa y absoluta, las nubes lo cubren todo. Y por las noches el mundo se vuelve oscuro. Una oscuridad plena, sin penumbras, cargada de misterio. Si al menos pudiera ver las estrellas. ¡Qué distinto sería!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Me resulta difícil imaginar lo que dice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No tienes que imaginar, basta con que mires a tu alrededor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –No, padre, me refiero a lo difícil que debe de ser afrontar la vida desde un escenario como el que describe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –El hombre se adapta a todo, hijo mío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Yo no sé si podría adaptarme a todo esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Al principio, debo reconocerlo, no fue tan sencillo. Yo sólo quería irme de aquí. Y se me hacía muy difícil convivir con la ansiedad. Fueron momentos de gran desesperación. No obstante, al cabo de un tiempo, cuando reconocí que ya no vendrían a rescatarme, cuando acepté que estaba perdido en el cielo, comprendí que éste era mi nuevo lugar en el mundo, y me comprometí a modificar mi actitud ante la vida. A partir de entonces las cosas cambiaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Y cómo es hoy su actitud ante al vida?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Rezo, rezo mucho, día y noche, sin cesar. La oración es un bálsamo milagroso. Siempre lo ha sido, es cierto, pero aquí adquiere mayor trascendencia. A su vez, dedico mucho tiempo al pensamiento; de alguna forma escribo en mi mente todo lo que pienso, tal vez algún día logre volcarlo al papel. Asimismo, como dije antes, recurro constantemente a la memoria. Los recuerdos me generan nostalgia y alegría, me llenan de vida. Sin embargo, no hay nada que me produzca mayor satisfacción que la imaginación. Sabes las veces que he fantaseado con aterrizar en tierra firme. Sin duda, el retorno al hogar se ha convertido en mi sueño más recurrente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Supongo que gran parte del tiempo lo dedica al sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No vayas a creer tal cosa, duermo lo justo y necesario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Duerme sentado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Sí, pero el respaldo se reclina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Todo un lujo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No puedo quejarme… ¡Oh!, quédate quieto, no te asustes, pero preciso hacer un ajuste.   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i style=""&gt;El cura, que hasta el momento había sostenido al piloto con la mano derecha, decide cambiar de mano. Lo toma entonces con la mano izquierda.&lt;/i&gt;   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Padre, ¿de dónde ha sacado tanta fuerza? Hay que tener fortaleza para aguantar todo este peso con una mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Siempre he sido un hombre ligado al deporte. Y desde que estoy acá en el cielo me he dedicado casi exclusivamente a fortalecer los brazos. Practico ejercicios diarios de todo tipo. Incluso, todas la tardes, antes del anochecer, me pongo de pie sobre el asiento y flexiono las piernas. Lo hago para evitar que se atrofien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Quién lo hubiera dicho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Así son las cosas por aquí. Se necesita disciplina para sobrevivir en el cielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Padre, ¿ha notado que estamos sosteniendo una conversación en el medio del cielo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Oh, sí. Es muy curioso, ¿no lo crees?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Ciertamente. Cada uno sentado sobre su silla, tomados de las manos, como dos enamorados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Perdona que no te haya invitado un vaso con agua, querida mía, pero no tengo vaso y el agua escasea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –&lt;i style=""&gt;(Riendo.) &lt;/i&gt;No se preocupe, caballero, no tengo sed.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Hablando en serio, si quieres agua, puedo convidarte, pero no estoy en condiciones de derrocharla. Quién sabe cuándo caerá la próxima lluvia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Así que toma agua de lluvia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Claro, hijo. Es la única fuente de agua que hay por estos lugares. ¿Qué imaginabas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –No, la verdad es que no lo había pensado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Cada vez que llueve cargo agua en esta cantimplora. Y te aseguro que se mantiene bastante fría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Hablando de frío, ¿no ha pasado frío aquí arriba?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –La verdad es que no he tenido problemas serios con el clima. Este traje me protege del frío y de las lluvias. Es un traje térmico, a prueba de agua, con tela de aluminio. Eso sí, es el único traje que tengo; por lo tanto, sólo me lo quito para bañarme, y me baño únicamente los días de lluvia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Bueno, al menos llueve por aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No tan seguido como yo quisiera…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –&lt;i style=""&gt;(En un murmuro.) &lt;/i&gt;Se nota.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –¿Qué dices?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Se nota que hace tiempo que no llueve, su cantimplora está casi vacía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –¡Oh, pero qué clase de anfitrión soy! Toma un poco de agua, hijo, que aún no se agota.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –No, gracias, padre. Ya le dije que no tengo sed.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Puedo agasajarte con un cigarrillo si quieres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –No fumo, padre... Pero, ¿cuántos atados trajo?, ¿todavía le queden cigarrillos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Sólo traje un atado, pero el primer día se me cayó el encendedor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Eso significa que ha dejado de fumar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –He abandonado tantos placeres… Si el hombre supiera todo lo que puede lograr con la fuerza de la voluntad...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Entiendo. Por lo visto, aquí las caídas son fatales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Una verdadera desgracia. Por tal motivo, de un tiempo a esta parte he asegurado mis escasas pertenencias. Para ello me valgo de los piolines de los globos pinchados. Como puedes observar, los ato a la silla. Fíjate que para sostener la cantimplora he utilizado tres piolines. No puedo arriesgarme a perderla, es el elemento más preciado que tengo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Y con qué se ha alimentado todo este tiempo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Las provisiones fueron suficientes para los primeros días. Eso sí, tuve que racionarlas con criterio. Tenía barras de cereales, chocolates, pastillas energéticas. El problema se presentó cuando se acabaron las provisiones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Y entonces que hizo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No me quedó otra opción que dedicarme a la caza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿A la caza de qué?, si acá no hay animales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –¿Cómo que no? A la caza de aves.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Aves? ¿Hay aves a esta altura?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No sé a qué altura estamos, pero te aseguro que hay aves.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Ahora que lo pienso, no estamos a gran altura. ¿Y cómo las caza?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Las cazo al vuelo, con mis propias manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Suena complicado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Mira, hijo, el hambre es la mejor maestra. Debes saber que el instinto de supervivencia se impone a las adversidades. Y en esos tres días que estuve sin comer, adquirí grandes destrezas para hacerme de alimento. Desde entonces, mi brazo se desplaza en el aire cual si fuera un látigo. Mis manos se han hecho fuertes y veloces; lo que me permite capturar la presa al vuelo. La agilidad de mis dedos es incomparable. Mi visión en la noche es superior a la del resto de los hombres. Créeme, ya no soy el mismo de antes, ahora reúno las virtudes del predador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Me ha dejado sin palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –¿Quieres que te revele un secreto de cazador?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Sí, padre, por favor, no se demore más tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Muy bien. &lt;i style=""&gt;(Acercándose al oído del piloto.) &lt;/i&gt;Los globos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Qué pasa con los globos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –&lt;i style=""&gt;(Señalando con los ojos hacia arriba) &lt;/i&gt;Los globos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –&lt;i style=""&gt;(Ansioso) &lt;/i&gt;Sí, los globos. ¿Qué pasa con ellos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Los globos las atraen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Los globos atraen las aves?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Así es. No sé muy bien por qué, pero las atraen como el imán al hierro. Y cuado se acercan yo las atrapo. Muchas de ellas chocan con los globos, lo que las convierte en presas fáciles. El problema es que en algunos casos me pinchan los globos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Y una vez que atrapa un ave, ¿qué hace con ella?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Le retuerzo el pescuezo como a una gallina. Luego la desplumo, la desmenuzo y finalmente la devoro. El secreto consiste en operar en forma dinámica. Con una mano la cazo, con la otra la degüello. De esta forma, uno se ahorra picotazos. Eso sí, nunca las miro a los ojos. De lo contrario, uno corre el riesgo de encariñarse con el animal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Y qué sabor tienen estas aves?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Tienen sabor a pollo. Todos los animales tienen sabor a pollo. Pero, por favor, cambiemos de tema, porque si hay algo que extraño es precisamente la comida. Estoy harto de comer siempre lo mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Esas marcas que tiene en la mano fueron hechas por las aves?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Sí, esta cicatriz me la dejó un cóndor en su afán de escapar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –&lt;i style=""&gt;(Asombrado.) &lt;/i&gt;¿Un cóndor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –&lt;i style=""&gt;(Risueño.)&lt;/i&gt; No, es una broma. Sólo quería ver tu reacción. Pero hace un tiempo fui testigo del vuelo de un cóndor. Es un animal maravilloso. Pasó a sólo diez metros de la nave. Fue un espectáculo inolvidable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Dígame una cosa. Hay algo que no entiendo. ¿En todo este tiempo nunca se ha animado a saltar? ¿Acaso no confía en el paracaídas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –¿Quién dijo que tengo un paracaídas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Pero, padre, ¿cómo se le ocurre hacer este viaje sin paracaídas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Jamás he considerado al paracaídas un elemento indispensable para esta clase de vuelos. Por otro lado, no tengo licencia para saltar con paracaídas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Pero sí para viajar colgado de globos de fiesta, ¿no es cierto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No, claro que no, no se necesita licencia para viajar en globos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Me gustaría saber entonces por qué nunca hizo el curso de paracaidismo, justamente usted que ha participado en tantos cursos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Mira, hijo, debo confesarte algo: años atrás, cuando yo todavía no era piloto de globos, me inscribí en un curso de paracaidismo, pero nunca llegué a completar la instrucción. En la tercera clase, el instructor –un hombre que envidiaba mis aptitudes naturales para el salto– me pidió que abandonara el curso. Dijo que yo era un hombre muy ansioso, que me salteaba etapas de aprendizaje, que lo único que deseaba era saltar, que mi personalidad no era la ideal para practicar paracaidismo. ¡Qué hombre ingenuo! Le faltó decir que yo tenía demasiado talento para saltar con paracaídas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Y por qué no completó el curso en otra escuela, con otro instructor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Prefiero no hablar del tema. Sólo puedo decirte que nunca he confiado en los paracaídas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Ya me parecía. Sepa que los paracaídas son muy seguros... Créame, con el tiempo uno aprende a confiar en ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No quiero alarmarte, hijo, pero me preocupa que todavía no se haya abierto tu paracaídas. ¿Estás seguro de que se abrirá?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Eso espero, padre. El primer paracaídas se abrió sin problemas, durante la eyección. Y el paracaídas principal recién se abrirá una vez que me encuentre a una altitud determinada. No sé exactamente a qué altura, sólo sé que se despliega en forma automática.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Si tú lo dices…   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i style=""&gt;El cura, visiblemente cansado, se dispone a cambiar de mano. Realiza el traspaso con mucho cuidado.&lt;/i&gt;   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Padre, ¿no quiere venir conmigo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Temía que me hicieras este ofrecimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Por qué? ¿Acaso no quiere volver a su casa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Desde luego que quiero volver. Pero no sé si estoy preparado. Al menos no de esta forma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Nos amarramos bien y descendemos abrazados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No lo sé. Quién sabe qué nos espera allá abajo. Es muy probable que estemos situados sobre el océano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Según mis cálculos, estamos ubicados sobre el continente. En el peor de los casos, yo tengo salvavidas. Usted también, ¿no es cierto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Yo no tengo. El salvavidas está incorporado a mi asiento, el asiento forma parte de la nave, y la nave no se mueve de este lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –No se preocupe por ello, con el mío será más que suficiente. Además, no estaremos mucho tiempo a la deriva, se lo aseguro. Muy pronto irán llegando los equipos de rescate.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Lo mismo pensaba yo aquel día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Bueno, padre, pero este caso es diferente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Escucha, hijo. Creo que lo mejor será que saltes solo. Es lo más seguro. Si quieres, una vez que seas rescatado, puedes venir por mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Y cómo haré para llegar hasta aquí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –¿Acaso has olvidado que eres piloto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –No es eso, padre. Reconozca que este lugar no tiene el mejor acceso. ¿Y si no logro encontrarlo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. – Sabes una cosa, hijo. Estando aquí he meditado mucho, quizás demasiado, y con el tiempo he arribado a una conclusión muy personal. Yo creo que el pensamiento está condicionado por las circunstancias. Y con el transcurso del tiempo se modifican las circunstancias. En definitiva, nuestros pensamientos van variando a medida que transcurre el tiempo.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Y qué hay con eso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Que en este momento no estoy en condiciones de afirmar que estoy vivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿De qué habla?, padre. ¿Se ha vuelto loco?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –De veras, hijo, no sé si estamos vivos. Tengo mis serias dudas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –No contento con quitarse su propia vida, ahora intenta quitarme la mía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Tranquilo, hijo, no es tan grave como piensas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Su timbre de voz no se asemeja al de un muerto. Usted mismo lo dijo apenas me vio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Eso pensaba yo cuando caíste sobre mis brazos, pero las circunstancias eran diferentes en ese momento. Todavía no sabía cómo habías llegado hasta aquí. Por otro lado, fue más una expresión de deseo que otra cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –No entiendo nada. Creo que la soledad le ha hecho daño. Hágame el favor de explicarme su teoría, si no quiere que me vuelva loco yo también.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Mira, hijo, durante mucho tiempo he vivido en este agujero blanco. Al principio no tuve sospechas de mi condición, estaba convencido de que estaba vivo. Es cierto que no podía entender cómo había hecho para sobrevivir. Y me extrañaba en grado sumo el nuevo escenario de mi vida. Todo esto contribuyó a que se gestara la duda, la que con el tiempo fue creciendo, hasta que un día llegué a la conclusión de que en realidad no había logrado sobrevivir al castigo de los vientos. Ese día asumí que estaba muerto, que había perdido la vida en el vendaval. Entonces comprendí que estaba llevando una vida de ultratumba, por llamarla de alguna manera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Es muy extraño lo que dice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Lo sé, hijo, todo es muy extraño. Pero dado que nadie sabe cómo es la vida después de la muerte, me pareció que...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Espere… Ni siquiera sabemos si hay vida después de la muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Bueno, hijo, algunos creemos que sí la hay.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Comprendo. ¿Y qué pensó cuando me vio aparecer? No habrá pensado que yo era un ángel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –&lt;i style=""&gt;(Riendo.)&lt;/i&gt; No, hijo, eres demasiado pesado para ser un ángel. Desde luego tu aparición me llevó a cuestionar mi teoría. Y para qué negarlo, me devolvió cierta esperanza. Sin embargo, cuando me referiste los hechos que siguieron a la eyección, no pude dejar de asociar tu llegada con la mía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Padre, ahora que lo menciona, no recuerdo con precisión qué fue lo que sucedió cuando salí eyectado del avión. Fue todo muy confuso. Creo que por un momento perdí la conciencia. Usted cree que…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Es muy probable, hijo mío. Mucho más teniendo en cuenta que son bastante comunes los accidentes fatales durante las eyecciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Eso es medianamente cierto. Pero que hayamos perdido la conciencia en situaciones de alto riesgo y que ahora nos encontremos en este insólito lugar, no son motivos suficientes para determinar nuestra muerte, ¿no le parece?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Estoy en un todo de acuerdo contigo. Sin embargo, considero que los hechos y las circunstancias que nos rodean son tan particulares, que cuando menos admiten la sospecha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Padre, sosténgame con fuerza. Parece que la muerte genera escalofríos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Oh, hijo, aférrate a mi mano, aférrate con fuerza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Listo, ya pasó. Ahora bien, supongamos que estamos muertos, ¿dónde cree que nos encontramos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Eso intento dilucidar, hijo mío. Hace tiempo que me lo pregunto. Sin embargo, si me apuras, podría decirte que todo este tiempo he estado purgando el alma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Eso significa que estamos en el purgatorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Eso creo, al menos ahora, en este preciso momento. Quizá mañana cambie de parecer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Bueno, padre, no se ofenda, pero todo esto es muy extraño para mí. Que le parece si hablamos de otra cosa. Aunque, ahora que lo pienso, es un buen momento para partir. Creo que ha llegado el momento de separarnos, a menos que quiera venir conmigo… Vamos, venga conmigo, ya verá que esta noche nos reiremos de esta charla. Me comprometo a servirle una buena comida. ¿Le gustan las pastas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –Me parece que me estás convenciendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Así se habla… No sabe lo que es la salsa que preparan en mi casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –¿Pero tú estás seguro de que nos rescatarán?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Mire, yo pienso que ya deben de estar explorando la zona. Por eso será mejor que nos apuremos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –¿Y crees que el paracaídas soportará el peso de ambos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Sí, padre, no se preocupe. Por otra parte, ¿qué puede sucedernos ahora? Para el caso, ya estamos muertos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –&lt;i style=""&gt;(Sonriendo.)&lt;/i&gt; Es un buen punto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –Venga, desabróchese el cinturón de seguridad y ayúdeme a ajustar esta correa a su traje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –&lt;i style=""&gt;(Frunciendo el ceño.) &lt;/i&gt;Un momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Qué ocurre?, padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –No te muevas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –¿Hay algún problema?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –&lt;i style=""&gt;(Sisea.)&lt;/i&gt; Calla, por favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –&lt;i style=""&gt;(Susurrando.)&lt;/i&gt; Pero, ¿qué pasa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –&lt;i style=""&gt;(Olfateando. Con la mirada perdida.) &lt;/i&gt;No respires.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –&lt;i style=""&gt;(Susurrando.) &lt;/i&gt;Padre… Padre…   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i style=""&gt;El cura, dominado por sus instintos, se apodera de un ave que vuela desprevenida. Al hacerlo, se desprende del piloto. Éste cae.&lt;/i&gt;   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PILOTO. –&lt;i style=""&gt;(Cayendo. Gritando.)&lt;/i&gt; ¡Padre!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA. –&lt;i style=""&gt;(Sentado. Cabizbajo.)&lt;/i&gt; Hijo…   &lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;i style=""&gt;El piloto se pierde en el abismo; el cura, en el agujero blanco.&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-1644583917527422218?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/1644583917527422218/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=1644583917527422218' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/1644583917527422218'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/1644583917527422218'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2009/05/el-cura.html' title='El cura'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SgD-WrbpRdI/AAAAAAAAAVQ/xtnxZaCtaIo/s72-c/El+cura.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-4074128577378485596</id><published>2009-04-15T23:32:00.006-03:00</published><updated>2009-06-30T21:41:52.262-03:00</updated><title type='text'>La partida</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SeaZUpnz6SI/AAAAAAAAAU4/FdyRAR6KxmM/s1600-h/La+partida.bmp"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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Todo estaba dispuesto de acuerdo a lo encomendado, sólo restaba que el patrón diera la orden. Los corceles, ávidos por partir, revolvían el polvo con sus cascos; los vapores que liberaban en cada bufido resonaban con impaciencia en la oscuridad. A la orden del látigo, avanzaron con la obediencia propia del animal domesticado, se lanzaron en un galope furioso. De pronto, sobre la marcha, un estruendo áspero y unánime quebró el nexo que los mantenía unidos. Se oyó un grito ahogado. El cuerpo de la adúltera yacía desmembrado.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-4074128577378485596?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/4074128577378485596/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=4074128577378485596' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/4074128577378485596'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/4074128577378485596'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2009/04/la-partida.html' title='La partida'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SeaZUpnz6SI/AAAAAAAAAU4/FdyRAR6KxmM/s72-c/La+partida.bmp' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-9053143473477337494</id><published>2009-03-25T19:39:00.005-03:00</published><updated>2009-12-29T03:28:53.664-03:00</updated><title type='text'>La duda</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/Scq0QBuSa1I/AAAAAAAAAUQ/H4KGFxwAFsg/s1600-h/La+duda.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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Por tanto, cuando se presentó la duda, su corazón se contrajo por un momento. En ese estado, con un fuerte dolor en el pecho, hizo un gran esfuerzo para recordar aunque más no fuera un indicio que le permitiera inferir la efectiva realización del acto en cuestión. Pero tal disposición no fue suficiente; por su mente se cruzaban imágenes sumamente confusas; y todas ellas se enredaban entre sí formando una trama indescifrable. Por alguna u otra razón todas esas imágenes le resultaban lejanas, ninguna le otorgaba la seguridad que anhelaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mucho después, a pesar de todo, se convencería de que la rutina nos conduce muchas veces a realizar ciertos actos en forma mecánica, sin reflexión alguna, movidos por una voluntad automática capaz de dominar la toma de decisiones en un momento dado; y asimismo, reconocería para sí, que por el mismo motivo, es decir, por la falta de atención con que uno suele obrar en estos casos, es natural que se ponga luego en duda la realización de los referidos actos, pues, las acciones ejecutadas sin mediar atención alguna, resultan casi siempre ajenas a la memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí sentada, sujetándose la cabeza, a la vista de todos, se devanaba los sesos con la intención de captar algún recuerdo tranquilizador, cosa que parecía ser cada vez más difícil; y al mismo tiempo, pero en contra de su voluntad, era aturdida sin clemencia por la culpa que se había ido colando de a poco entre sus pensamientos. Presa de los nervios y ofuscada por el temor, se reprochaba su incapacidad para recordar aquello que le parecía imposible olvidar, y a su vez, herida sensiblemente en su orgullo, consideraba inadmisible e imperdonable que un acto como tal pudiera escapar de la memoria de un ser medianamente responsable. Circunstancias éstas que no hicieron más que agravar su preocupación, dada la alta reputación que ella tenía de sí misma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Olvidé cerrar la llave de gas?; ¿apagué el aire acondicionado?; ¿cerré la puerta?; son algunas de las dudas que surgen de improviso, quizás en el ascensor, acaso en la calle, y nos ponen a prueba en los momentos menos oportunos, haciéndonos sentir los seres más inútiles del planeta. Quién no se ha encontrado alguna vez ante la disyuntiva que se plantea en estos casos, obligado a tomar una decisión apresurada, con la sola ayuda de una memoria que suele sernos infiel cuando más la necesitamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella misma se había enfrentado en repetidas oportunidades a situaciones similares a las arriba mencionadas, obrando en cada caso conforme a su criterio; sin embargo, nunca antes se había visto envuelta en un conflicto semejante. Sin duda, era un caso muy diferente a los demás, pero no porque fuera mayor la duda que la oprimía, sino porque una omisión como la que estaba en duda en ese momento, permitía vislumbrar, o al menos considerar, las más graves consecuencias, incluso mucho más graves que las que circulaban por su cabeza en ese entonces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En virtud de lo expuesto, se le hacía sumamente difícil pensar ordenadamente. Pese al empeño destinado a reconstruir los hechos del día y al ejercicio de concentración encarado con dicho fin, le resultaba imposible determinar si había acompañado a su hijo a la guardería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por todo ello, cuando se planteó la alternativa, supo enseguida que tenía dos opciones: o bien seguía camino al trabajo confiando en haber obrado con arreglo a sus obligaciones, o bien regresaba a su casa para despejar toda duda. Dada la trascendencia del asunto, y anteponiendo por sobre todas las cosas la seguridad de su hijo, optó por tomar el segundo camino, sin duda el más engorroso, aun sabiendo que si así lo hacía, la demora podría aparejarle severos problemas en el trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La decisión había sido tomada, sólo restaba llevarla adelante. Y así lo hizo. Ni bien se detuvo el subte y se abrieron las puertas del vagón, cruzó hacia el andén opuesto, y tomó el subte que la aproximaría a su casa. Recién entonces evaluó la posibilidad de llamar por teléfono a su casa, cosa que hizo de inmediato, aunque sin obtener respuesta del otro lado. Todavía hizo un intento más, pero el resultado fue el mismo, su hijo tampoco respondió al llamado. Lejos de tranquilizarse, se arrellanó en el asiento y, tal como solía hacer siempre que se encontraba en apuros, se entregó de lleno a las reflexiones más amargas, sin concederse siquiera un pensamiento apacible, pues su naturaleza harto pesimista le impedía entrever desenlaces felices.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los latidos retumbando en su cabeza y sus manos temblorosas, le recordaron que había estado bebiendo la noche anterior, algo habitual en ella en las últimas semanas, sobre todo por las noches, donde las preocupaciones la asediaban con mayor intensidad que durante la vigilia, momentos en los que recurría a la bebida, porque, al parecer, era el único remedio eficaz para combatir el insomnio que la acuciaba a diario. Tras lo cual, recorriendo el vagón con la vista para asegurarse de que nadie se hubiera percatado de los temblores, ocultó las manos entre las piernas y se comprometió a erradicar un vicio que se agravaba con el tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese estado, el viaje parecía no tener fin y la inquietud se acrecentaba a medida que el tiempo transcurría. Lejos habían quedado ya los reproches y las culpas. Lo único que deseaba en ese momento era encontrar a su hijo durmiendo en la cama; necesitaba ver otra vez su cara; quería abrazarlo y besarlo con todas su fuerzas, y recostarse a su lado por el tiempo que fuese necesario. En pocos minutos imaginó cientos de reencuentros diferentes, uno más emotivo que el otro, y, al mismo tiempo, pero en forma involuntaria, se figuraba situaciones enteramente dramáticas. Fue tal el cúmulo de emociones vividas en ese breve lapso de tiempo, que no pudo contener las lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto, ya en la calle, fue sorprendida por una visión reveladora. Creyó recordar la remera que llevaba puesta su hijo ese día, era una remera a rayas, la remera favorita de su hijo. Aun así, no cifró demasiadas esperanzas en ello, pues el niño usaba esa remera con frecuencia. Al mismo tiempo, una idea, ciertamente arbitraria, ayudó a calmarla: le parecía imposible que su hijo pudiera sufrir un infortunio en una mañana radiante; según ella, las desgracias sólo tienen lugar en los días grises.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la puerta del edificio, se encontró con el portero, al que tampoco recordaba haber visto ese día. Por un momento pensó en la posibilidad de interrogarlo, era muy probable que el hombre los hubiera visto salir juntos esa mañana; sin embargo, el orgullo le impidió aventurar una pregunta que de seguro sería recibida con recelo, motivo por el cual, sin dar espacio a los rumores, prefirió guardar silencio y se afanó en llegar cuanto antes a su hogar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al abrir la puerta, se detuvo un instante, tenía la esperanza de percibir algún sonido gratificante; no obstante, solo percibió silencio, un silencio absoluto y desgarrador. Acto seguido, dejando la puerta abierta y su cartera en el suelo, se dirigió a toda prisa hasta el cuarto de su hijo, adonde encontró la cama más vacía que nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una extraña sensación de frío y calor invadió todo su cuerpo. Aun con la realidad a la vista, no fue capaz de recordar si había despertado a su hijo, y mucho menos si había salido con él a la calle. Sólo contaba con el recuerdo de la remera, al cual se aferró, entonces sí, con gran fervor. La ilusión de hallarlo en la cama se había desvanecido de pronto, calando muy profundamente en su estado de ánimo. Desesperada, caminó de un lado a otro, recorriendo toda la casa, en busca de un objeto que le permitiera recuperar los recuerdos; sin embargo, el único objeto significante que halló, fue precisamente la remera a rayas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La infructuosa búsqueda y el fatídico hallazgo no hicieron más que acentuar su desazón y reavivar la culpa que permanecía latente, lo que la llevó a pensar en una tragedia. A decir verdad, no contaba con razones de peso que justificaran su hipótesis; y en el fondo de su corazón, aunque le resultaba imposible hacer memoria, guardaba la presunción de que había acompañado a su hijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un rapto de lucidez, el primero en lo que iba del día, se le ocurrió que podía llamar por teléfono a la guardería. Sin duda, era la mejor manera, más rápida y efectiva, de averiguar si su hijo estaba a salvo. Revolvió entonces todos los cajones hasta encontrar el papel donde estaba asentado el número de teléfono; empero, cuando se disponía a marcar el número correspondiente, se detuvo en el acto. Le pareció que una madre no podía efectuar esa clase de llamado, pues ello daría a entender que desconocía el paradero de su propio hijo. Finalmente, fingiendo ser la abuela del niño, evitando así todo tipo de suspicacia, llamó por teléfono a la guardería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al momento fue atendida por una señorita que dijo ser la recepcionista de la guardería, quien, en un tono por demás antipático, aseguró que no estaba al cuidado de los niños y que nada sabía al respecto. De inmediato agregó, para mayor información, que tenía prohibido abandonar su puesto de trabajo y que la directora había salido a cumplir con una diligencia, por lo que le aconsejó que llamara más tarde. Naturalmente, la madre no estaba en condiciones de seguir su consejo, mucho menos bajo esos términos, circunstancia que la alentó a exigir que se acatara inmediatamente su demanda. Y ya comenzaba a levantar el tono de voz, cuando hizo su ingreso la directora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La directora, por su parte, se mostró muy amable con ella. Apenas levantó el tubo del teléfono, se excusó porque debía impartirle ciertas órdenes impostergables a la recepcionista, pero una vez cumplidas sus obligaciones, se dispuso a escucharla con gran solicitud. Recibió la consulta con un alto grado de discreción, sin hacer preguntas, y luego, apelando a su paciencia, le dijo que aguardara en línea, que no tardaría en hacer las averiguaciones del caso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para ese entonces, su ansiedad había llegado al colmo. Se aferró con fuerza al tubo del teléfono y ejerció presión con la oreja, quería estar al tanto de todo lo que sucediera en ese lugar. De algún modo, pretendía anticiparse a la respuesta, ya no podía esperar mucho tiempo más. Y así oyó el sonido de unas teclas, el de una tosecilla aislada, e incluso el de una sirena que se fue extinguiendo de a poco. Oyó también, a lo lejos, los gritos de unos niños, e hizo un esfuerzo por distinguir, entre ellos, la voz de su hijo. La espera se le hacía eterna; no lograba entender por qué se demoraba tanto. Se arrepentía de no haber ido ella misma al instituto. De pronto, le pareció distinguir la voz de la directora. No estaba cerca, sino a cierta distancia. Y afinó el oído como nunca lo había hecho. Por lo que pudo interpretar, le asignaba nuevas tareas a la recepcionista, lo que consideró una falta de respeto inexcusable. Sin embrago, al cabo de un rato, cuando se apagaron las voces, se produjo el silencio que anunciaba la llegada de la verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces, por fin, tras una larga incertidumbre, la directora tomó nuevamente el tubo del teléfono, y, desconociendo absolutamente la trascendencia de sus palabras, le brindó la respuesta con la mayor naturalidad.&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CDOCUME%7E1%5CNAPIOL%7E1%5CCONFIG%7E1%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt;   &lt;w:browserlevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/w:BrowserLevel&gt; 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Sin embargo, esta mañana amanecí emprendedor y me pareció un buen desafío para comenzar el día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo hice a mi manera, con la camisa puesta y sin respetar fórmula alguna, pero no por rebeldía, sino por ignorancia; jamás me había preocupado por aprender los trucos indispensables para coser un botón. Así y todo, me arreglé bastante bien, enhebré sin dificultades y pasé la aguja por la tela de la camisa y por los huecos del botón una y otra vez hasta que el botón se halló firme y sostenido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es cierto que el botón es un poco más grande que los demás botones que hay en mi camisa, pero lamentablemente no conseguí un botón que presentara el mismo tamaño que los otros. A su vez, debo reconocer que es de un color diferente, apenas un tono más claro que todos los demás, toda una insignificancia teniendo en cuenta que se trata de un botón blanco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por otra parte, según creo, nadie ha notado que llevo un botón diferente en mi camisa, al menos nadie me lo ha hecho saber hasta ahora, cosa que me tranquiliza sobremanera. Y no sólo eso, tampoco me sentí observado en modo alguno, aunque ahora que lo pienso, una señorita que se ubicó a mi lado en el tren que me llevaba al trabajo, reparó en mi camisa más de la cuenta. Por cierto, era una mujer muy bonita, de cabellos rizados y de delicada figura. Recuerdo sobre todo sus ojos, sus ojos de color celeste. ¡Y cómo olvidarme de esos ojos! ¡Cómo olvidarme de esos ojos si hacían juego con los botones de su camisa!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero fuera de ello, estoy convencido de que mi botón ha pasado desapercibido en el día de hoy, lo que no es lo mismo que decir que no ha corrido riesgos, pues vaya que ha debido sortear peligros de todo tipo para estar todavía ahora en su sitio, intacto como si nada hubiera ocurrido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A modo de ejemplo, describiré solamente dos hechos que se produjeron en el transcurso del día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primero de ellos se produjo cuando regresaba al trabajo, en el medio de la calle, tras un almuerzo colmado de excesos. Yo caminaba lentamente, con mucho cuidado –conteniendo una barriga que se había hinchado en forma considerable debido a los muchos regalos que me había dado– con el propósito de evitar que la presión de mi cuerpo hiciera saltar el consabido botón. Y en ello estaba, sumido en el más profundo esfuerzo, cuando me vi sorprendido por el afectuoso abrazo de un muchacho al que no veía desde hacía muchísimo tiempo. Enorme fue la sorpresa y violenta mi reacción. Recién cuando me aseguré de que todo estaba en su lugar, intenté una excusa a mi conducta y procuré ser más amable, pero estimo que ello no fue suficiente, pues el muchacho no tardó en despedirse, lo que hizo manteniendo una prudente distancia, sin siquiera estrecharme la mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El otro hecho se produjo en el tren, cuando volvía distraído a mi casa, a la vera de una estación. Cuando se abrieron las puertas del vagón, sufrí en carne propia la embestida de un hombro robusto y arrollador, quien, con el firme propósito de alcanzar a tiempo la salida, y seguido por el malón, me atropelló sin el menor reparo, llevándome por delante como si yo no existiera, hasta que por fin consiguió expulsarme del tren. Por poco no terminé en el suelo, sometido al incesante andar de los pasajeros que se cruzaban como locos por el andén de la estación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez a salvo, ya de vuelta en el tren, camino a casa, no me atrevía a bajar el mentón; algo me indicaba que el botón ya no estaba en su sitio, no lo creía capaz de resistir a tanta violencia; por eso mismo, me negaba a confirmar mis sospechas. Sin embargo, en un descuido, bajé la mirada y no pude contener la alegría que su sola presencia me había causado. Parecía estar intacto. Para mayor tranquilidad, tomé las medidas necesarias para asegurarme de que no estuviera flojo y, al hacerlo, no sólo me cercioré de ello, sino que además quedé gratamente sorprendido con su firmeza, circunstancia ésta que me llenó de orgullo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es verdaderamente emocionante verlo ahora en su lugar. Sí, ahora, mientras escribo este relato, pues todavía no me he quitado la camisa de encima. Es tanta la alegría que me aborda, que decidí desbordarla por escrito. Pero, un momento, ahora que lo miro con mayor detenimiento, descubro que sólo tiene dos hoyos, y no cuatro como los botones restantes. Sin lugar a duda, es un botón diferente, un divino botón, más simple y perfecto que cualquier otro. Esto explica, al menos en parte, su gran resistencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por último quiero decir que el éxito consumado me anima a usar la misma camisa en el día de mañana, estoy seguro de que nadie advertirá la mugre que se ha acumulado en el cuello; por otra parte, necesito saber cuán resistente es este curioso botón que hallé por fortuna en un costurero abandonado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así pues, satisfecho con el logro, me retiro triunfante a la cama, ansioso por que llegue el mañana, día en el que se definirá, después de todo, si realmente poseo un talento innato para coser botones.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;-------------------------------------------------------------------------------------&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;Un hecho curioso ha ocurrido. Cuando me desabotonaba la camisa, se presentó un contratiempo inesperado: El divino botón se negaba a salir. En un principio sospeché que se trataba de un hechizo, pero al tiempo comprendí que si era un hechizo, era sin duda el hechizo más ridículo. Poco después, ya más cuerdo, llegué a pensar que el tamaño del botón le impedía pasar por el ojal, hecho que no me sorprendía en lo absoluto, considerando las dimensiones del mismo, pero luego de hacer varias pruebas, unas con fuerza, otras con maña, todas ellas fallidas, di finalmente con la triste realidad:&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Esta mañana, en mi afán de asegurar el botón de la mejor forma, había cometido la torpeza de coser el botón a ambas telas de la camisa, tanto a la que tiene los ojales, como a la que tiene los botones. Así comprobé entonces que no era el botón el obstáculo a mis propósitos, sino el hilo que mantenía unidas las dos partes de la camisa.&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Dadas así las cosas, no me queda otra opción que dormir con la camisa puesta, pues me niego a descoser el botón; quién sabe si podré coserlo nuevamente. Eso sí, hay algo de lo que estoy seguro y lo asumo como experiencia, si vuelvo a coser un botón, no lo haré con la camisa puesta.&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;  &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;  &lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-5969201923969737317?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/5969201923969737317/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=5969201923969737317' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/5969201923969737317'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/5969201923969737317'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2009/03/el-boton.html' title='El botón'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/ScG9uDPelGI/AAAAAAAAAUA/LLzWeoZo7FI/s72-c/El+bot%C3%B3n.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-5440058858452801459</id><published>2009-03-01T18:10:00.013-02:00</published><updated>2009-12-29T03:10:40.636-03:00</updated><title type='text'>La falluta</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGpIZJmNxI/AAAAAAAAAf4/tUEVtqE5KjA/s1600-h/La+falluta.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 232px; height: 320px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGpIZJmNxI/AAAAAAAAAf4/tUEVtqE5KjA/s320/La+falluta.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5350743793948047122" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"&gt;&lt;meta name="ProgId" content="Word.Document"&gt;&lt;meta name="Generator" content="Microsoft Word 10"&gt;&lt;meta name="Originator" content="Microsoft Word 10"&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CDOCUME%7E1%5CNAPIOL%7E1%5CCONFIG%7E1%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt; 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Pero quedate tranquilo, no hay de qué preocuparse, benito nos abrirá la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus palabras me dejaron atónito, recibí con espanto la noticia; en rigor, lo que más me molestó fue el tono natural que empleó para enterarme. No entendía por qué no me había dicho antes que convivía con alguien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde luego, yo no tenía interés alguno en conocer a benito, confieso que lo detesté desde el primer momento; aun así, me mantuve firme y callado a la expectativa de lo que deparare el destino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Benito, benito –dijo ella, dirigiéndose a la puerta– soy yo, tu mami, abrime la puerta, por favor.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Al escuchar esto, reordené con mayor disgusto mis pensamientos: “Un hijo. Tiene un hijo. Un hijo que acaba de despertarse. Un hijo que querrá tomar el desayuno. Acaso ésta es la sorpresa que me había prometido.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Beniiiiito, beniiiito –insistió ella con delicadeza, mientras yo lo maldecía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Del otro lado de la puerta surgieron los maullidos que libera un gato cuando percibe la llegada de un ser querido. Para mi asombro, se sumaba otro ser inesperado, otra criatura encantadora, otra alma de dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Hola, benito, ya llegué, acá estoy. Abrime, por favor –dijo con mayor entusiasmo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada una de sus frases provocaba un nuevo giro en mi intelecto, entonces todo invitaba a suponer que sus voces estaban dirigidas al gato, a un gato que se llamaba benito, al que aparentemente ella consideraba su hijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La hipótesis se presentaba por demás alentadora, pues descartaba la existencia de la otra clase de hijo. Lo desconcertante era que la señorita pretendiera que el gato nos abriera la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Vamos, benito, sé buenito que traigo visita –dijo demostrando ansiedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto, tras un ruido seco se abrió la puerta y, tal como lo había imaginado, fuimos recibidos por benito, un finísimo gato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando entramos en la casa, benito rozó su lomo contra las piernas de la señorita y luego se echó ronroneando a sus pies. Como era de esperar, ella no tardó en brindarle un debido agradecimiento; de rodillas, lo colmó de caricias y besos.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;–¿No es cierto que siempre me abrís la puerta cuando me olvido las llaves? ¡Ay, benito, sos tan inteligente! No sé que haría yo sin vos– le habló así al gato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y luego de darle ochenta besos más, se dirigió a mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Decime si no es el gato más inteligente que conociste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dubitativo, asentí con la cabeza, aunque sin convicción; sobraban razones para sospechar de lo sucedido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alcé la vista y agucé el oído, mi intención no era otra que verificar si había alguien más en la casa, pero a pesar de mis sospechas, no hallé nada significativo. Recién entonces admití, con cierto reparo, que había sido el gato el que nos había abierto la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Por un momento pensaste que yo tenía un hijo –afirmó ella, sonriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como no podía ser de otra forma, negué con la cabeza, mirando hacia otra parte, escondiendo los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Vamos, no me lo niegues, se te transformó la cara. Lo vi con mis propios ojos. ¡Son tan sonsos los hombres!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese preciso instante, una idea completamente ajena a la discusión que ella pretendía instalar, se presentó sin indicios previos, con el vigor que sólo poseen las ideas que nos convencen desde el principio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Ahora cambiá la cara, che, ya está todo aclarado, benito es mi único hijo –me dijo ella cuando se percató de que me comportaba en forma extraña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No cambié la cara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Querés que te cuente cómo abre la puerta benito? –propuso para animarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No demostré interés alguno, pero aun así, ella decidió aclarar el asunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Cuando percibe que yo estoy a la puerta y advierte que no consigo abrirla, da un gran salto y baja el picaporte. ¿No es muy tierno?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aun reconociendo el mérito del gato –siempre me ha impresionado la agilidad de los felinos–, no podía desligarme de aquella idea que me atormentaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca había sentido tantas ganas de revisar la cartera de una mujer, apostaba mi vida a que las llaves estaban dentro de su cartera, estaba convencido de que todo aquello no había sido más que una puesta en escena, era indudable que su intención había sido impresionarme con su mascota, por tal motivo había fingido el olvido de las llaves.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Bueno, voy a preparar un poco de café –dijo mientras se dirigía hacia la cocina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de entrar en la cocina, depositó la cartera sobre la mesa del comedor, sin advertir que de ese modo me ofrecía una inmejorable ocasión para confirmar mis sospechas. Sólo tenía unos pocos minutos y debía aprovecharlos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me acerqué cuidadosamente a la mesa, decidido a acabar con la farsa, y cuando extendía el brazo para abrir la cartera, el temor a ser descubierto me detuvo a tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Te puedo hacer unas tostadas con dulce de leche si querés –dijo asomando la cabeza por el umbral de la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rechacé la oferta con una sonrisa cargada de culpa, y ella regresó a la cocina sin dar muestras de suspicacia. Me sentí ridículo en ese momento; mi plan era absurdo y sumamente riesgoso. Fue cuando comprendí que no valía la pena correr el riesgo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En su lugar, decidí sacudir la cartera a la altura de mis oídos; entonces me pareció distinguir el sonido de unas llaves. En realidad, no estaba seguro, había muchas cosas allí dentro, por lo que decidí dejar todo en su lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Qué hacés? –me preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había aparecido súbitamente a mi lado con el sigilo de un homicida. El susto fue inmenso, no obstante, hice notables esfuerzos para mantener la calma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–La curiosidad me llevó a revisar tus papeles –respondí sin titubear, con la mirada puesta en los papeles que estaban dispersos sobre la mesa–. Espero que no te moleste que me haya inmiscuido en tus lecturas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No, para nada, aunque no creo que te diviertan, son papeles de estudio, muy aburridos, por cierto –dijo al tiempo que ordenaba el papelerío–. Yo te preguntaba porque me pareció que estabas jugando con la cartera –agregó luego con la sonrisa más inocente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Ah, ¿por esto lo decís? –dije, un tanto sorprendido, observando la cartera que aún colgaba de mi mano–, la levanté porque estaba apoyada justo encima de los papeles. Y debo reconocer que me quedé anonadado con su peso. ¿No llevarás una bomba aquí dentro? (Me tomé la licencia de hacer ese estúpido comentario, sólo porque estaba en aprietos.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No, tonto, llevo cosas femeninas –dijo entre risas y vergüenzas mientras me quitaba la cartera.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Al parecer, había logrado huir sin dificultades del dudoso episodio, lo que me habilitaba a desenvolverme con toda soltura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Papeles de estudio, eh –murmuré en un tono detectivesco–, pensé que ya te habías recibido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Sí, me recibí el año pasado, pero bien sabido es que un buen profesional recién comienza el verdadero estudio una vez que se ha recibido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Entiendo –dije sin entender.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ambos permanecimos en silencio, con las miradas perdidas, sumergidos cada cual en sus propias preocupaciones; ella pensando en el trabajo que tenía pendiente, yo buscando la manera de revisar su cartera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Encontraste las llaves? –le pregunté por fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Todavía no las busqué, pero deben de estar por ahí –me respondió restándole toda importancia a mi pregunta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras lo cual, sin darme tiempo a repreguntar, se aferró a mi cuello entrelazando sus brazos, y me acertó una serie de besos con sabor a dulce de leche. (Durante el acto no pude obviar que momentos antes había hecho lo mismo con su gato.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Habrás notado que soy una mujer bastante desordenada –comentó dirigiendo la vista a mis labios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Te dije que me encantan tus pestañas? –le susurré con voz seductora, sabiendo que ya se lo había dicho mil veces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella pestañeó otras mil veces, soltó una sonrisa pudorosa y apoyó la cabeza sobre mis hombros. Así permanecimos unidos, consagrados al idilio más perfecto, hasta que por fin me liberó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero mayor fue la alegría y enorme la emoción, cuando advertí la razón que había motivado el alejamiento. Se había ubicado de espaldas a mí, por lo que yo no podía ver qué era lo que buscaba en su cartera; sin embargo, sabía muy bien que se preparaba para ofrecerme una confesión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Nunca salgo de casa sin mi edulcorante, por eso lo llevo siempre en la cartera –aseguró mientras me enseñaba un frasco que había rescatado de la cartera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Confieso que me sentí ofendido, ciertamente humillado, la misma mujer que momentos antes me había dicho que se olvidaba siempre las llaves, me aseguraba entonces que nunca salía de su casa sin su frasco de edulcorante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar del disgusto que provocó en mí su comentario, la alegría que sentí cuando noté que la señorita había dejado abierta la cartera, me predispuso a encarar el asunto con renovada esperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Colocó el frasco sobre la mesa y se acercó a mí nuevamente. Esta vez no fueron muchos los besos, fue uno solo, pero bien duradero, y, fue tal el apasionamiento de la señorita, que creo que no me equivoco si afirmo que fui víctima de los primeros síntomas de la asfixia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Naturalmente, debía sacar algún provecho de una situación tan peligrosa, así fue que, en la vorágine generada por el ardor, la trasladé hasta el borde de la mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez que logré inmovilizarla, me encargué de cegarla con una alta dosis de besos que esparcí suavemente a lo largo de su cuello, lo que me permitió llevar a cabo, en forma simultánea, una inspección ocular del interior de la cartera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre otras cosas, pude ver un cepillo, un teléfono, una agenda gigante y una centena de papeles sueltos. Las llaves deben de estar en el fondo, pensé. Entonces comprendí que si quería llegar al fondo del asunto, debía introducir la mano y llegar al fondo de la cartera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con dicho fin y para facilitar la inspección, me pareció conveniente que modificáramos nuestras posiciones. Por tal motivo, la levanté, tomándola de los muslos, y acomodé su trasero sobre la mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Acá no –dijo ella–, vamos al cuarto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su decisión había arruinado mis planes. En realidad, fue mi decisión la causante de mi propia ruina. Sin duda, la mesa era el lugar ideal para desarrollar los propósitos que yo tenía en mente, pero mi ansiedad por concretarlos me había llevado a perder posiciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella abandonó de un salto la mesa y, rindiendo homenaje a una célebre costumbre, me señaló el camino con sus propias prendas. Primero se quitó la remera y la dejó caer en el suelo, luego retrocedió dos pasos y se quitó los zapatos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como vio que yo me negaba a emprender el camino señalado, me tomó de la mano y tiró de ella con fuerza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por un lado, yo tenía deseos de ir tras ella, pero por otro, no tenía intenciones de alejarme de la cartera. Aun así, me dejé arrastrar unos metros, pero ni bien nos hallamos junto a la puerta de entrada, me detuve en el lugar, practicando un logradísimo gesto de preocupación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, dije:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿No vas a cerrar la puerta con llave?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Para qué?, lindo. Cualquier cosa, estás vos para defenderme –me respondió, mientras me quitaba la remera y me conducía, ya sin mediar ningún esfuerzo, hasta su cuarto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El café quedó intacto en la cocina; la cartera quedó abierta sobre la mesa; su remera quedó en el piso, la mía quedo a los pies de la puerta; su pollera quedó debajo de un sillón; mi pantalón quedó hecho un bollo; mis zapatillas quedaron vacías; uno de sus zapatos desapareció, el otro quedó viudo; sus medias quedaron en las garras de benito, las mías quedaron en mis pies; y las llaves, por supuesto, quedaron en el olvido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo primero que hice al despertar fue abrir los ojos, el lugar se me hacía completamente extraño, recién advertí dónde me encontraba cuando lo vi a benito; recuerdo que estaba recostado a mis pies y que me miraba fijamente. Todavía no olvido el celeste de sus ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue uno de aquellos días en los que amanezco extenuado. Me dolía mucho la cabeza y tenía la boca reseca. No había dormido más de tres horas, circunstancia que reconocí de inmediato, no tuve más que analizar la luminosidad de los rayos del sol y observar el inmenso reloj que colgaba de la pared.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mi lado estaba ella, tenía la espalda desnuda y el pelo suelto. El ritmo de su respiración me permitió determinar que dormía profundamente, sus graves ronquidos reforzaron una conclusión que hasta entonces me resultaba indiferente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando me disponía a regresar al sueño, divisé por casualidad la cartera. Estaba apoyada sobre la mesa de luz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recién entonces recordé que tenía un asunto pendiente, al mismo tiempo comprendí que era el momento indicado para revisar aquello que me había quitado el sueño. El único problema era que la mesa de luz estaba al otro lado de la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aun así, decidí tomar el riesgo. Me levanté con sumo cuidado y caminé silenciosamente alrededor de la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como tenía la mirada puesta en sus ojos, no reparé en el vaso que estaba tirado en el suelo, y fue tal el ruido que se produjo cuando lo pateé, que me vi forzado a permanecer estático en el lugar, con un pie sostenido en el aire, a la espera de una posible reacción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No obstante, un nuevo ronquido me devolvió la calma y avancé hasta encontrarme justo enfrente de la cartera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de proceder, me aseguré una vez más de que no estuviera despierta, y, al hacerlo, noté algo extraño en su cara, me pareció que no lucía tan linda como la noche anterior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aun siendo así, no era el momento ni el lugar para juzgar su belleza, por lo que me concentré en mi cometido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando me disponía a abrir la cartera, cerré los ojos, pensando que de esa forma ella no podría escucharme. Y apenas había corrido el cursor del cierre, cuando me vi obligado a soltarlo. Nunca había abierto un cierre tan ruidoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aterrado, clavé la mirada en la señorita, pero ella guardaba el mismo aspecto, motivo por el cual no encontré obstáculos para continuar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomé el cursor nuevamente y lo corrí con excesiva lentitud, lo hice tan lentamente que el cursor permaneció inmóvil, al menos esa fue la sensación que yo experimenté, lo que me condujo a pensar que de ese modo tardaría años en llegar al otro extremo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente, la ansiedad pudo más que la precaución, y la abrí de un tirón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al advertir el ruido que se produjo en el ambiente, me aparté bruscamente de la cartera, buscando un refugio que no hallé. Me mantuve a cierta distancia de la cartera, con los puños cerrados y apretando los dientes, haciendo fuerza para que no abriera los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fueron instantes de gran nerviosismo. Benito me observaba desde la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto, su respiración se alteró dramáticamente y dejó de roncar. Llevó una mano a su cara y se rascó un pómulo con la impericia que caracteriza al ser dormido. En ningún momento llegó a abrir los ojos, apenas hizo un ruido extraño con la boca, como si estuviera mascando saliva, y luego, en un gesto admirable, volteó su cuerpo hacia el otro lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, sin perder más tiempo, me dispuse a revisar la cartera, pero cuando comenzaba a revolver los distintos elementos alojados en su interior, un descubrimiento aberrante me obligó a retirar la mano de la misma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no salía de mi asombro y mi asombro no salía de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En realidad, el motivo de mi espanto no se encontraba en el interior de la cartera, sino fuera de ella, justo a su lado. En efecto, dos pestañas postizas yacían sin vida sobre la mesa de luz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sentí una gran decepción cuando las vi. Yo no había hecho más que ponderarle sus pestañas y ella no había sido capaz de advertirme que eran postizas. ¿Qué clase de mujer se aprovecha así de la buena fe de un hombre?, pensaba afligido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese estado, tomé una pestaña con desprecio y la examiné a corta distancia. Fue tal la repugnancia que me causó, que me apresuré a deshacerme de ella. La arrojé sin cuidado sobre la mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A esa altura, ya me había olvidado de las llaves. No necesitaba más pruebas. De espaldas a la cama, dirigía mis meditaciones a través de la ventana. Entonces lo vi todo más claramente. Ello explicaba el raro aspecto que presentaba mientras dormía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Qué hacés despierto? –me dijo de pronto, rescatándome de las profundidades del pensamiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hice un silencio, midiendo las palabras, y luego declaré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No puedo dormir. Me voy a casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al escuchar mi respuesta, protestó con voz dormida e intentó convencerme de que debía volver a la cama, a lo que me opuse sin brindar mayores explicaciones. Había tomado una decisión definitiva, no podía permanecer más tiempo en esa casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A todo esto, yo todavía estaba ubicado frente a la ventana, con la mirada puesta en el cielo, pero no porque estuviera contemplando la naturaleza, sino porque me negaba a enfrentarme a ella. Su cara sin las pestañas postizas me impresionaba un poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se levantó, me dio un beso en la espalda y se dirigió al baño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Bajo con vos –me dijo mientras salía del cuarto–, así de paso voy a visitar a mis viejos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como era de esperar, la cartera y las pestañas ya no estaban sobre la mesa de luz, se las había llevado al baño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de recorrer toda la casa, recogiendo mi ropa, conseguí vestirme. Y mientras esperaba que llegara el ascensor y que ella terminara de vestirse, me detuve a observar un cuadro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Te gusta? Lo pinté yo –me dijo ella cuando apareció.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Así que también sos pintora –dije con el acento más incrédulo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para ese entonces, no era capaz de creer en sus palabras, ya había tenido suficiente. Sin embargo, una sonrisa se dibujó en mis labios cuando aprecié que llevaba las pestañas puestas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Estás seguro de que no querés comer algo antes de salir? –me dijo antes de cerrar la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De alguna forma le di a entender que no tenía hambre, en realidad lo único que yo quería era que cerrara la puerta, pues estaba preparado para llevar adelante la gran representación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¡Uh!, me olvidé el teléfono adentro –dije apenas cerró la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Yo te abro –dijo extrayendo las llaves de la cartera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Naturalmente, el olvido del teléfono no había sido involuntario, yo pretendía que ella sacara las llaves de la cartera en mi presencia, necesitaba hacerle saber que yo sabía que las llaves habían estado siempre en la cartera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Después de todo, las llaves estaban en la cartera –dije cuando regresé con el teléfono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Sí, esta vez me acordé de traerlas conmigo –dijo con fingida inocencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¡Oh! Es cierto que esta mañana no las tenías –repuse con ironía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el ascensor no se habló más del tema, era evidente que ella no tenía intenciones de reconocer lo que había hecho. En su lugar, prefirió retocarse frente al espejo. Yo, por mi parte, me limité a sonreír a sus espaldas, pero asegurándome, eso sí, de que ella pudiera verme en el espejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿De qué te reís? –me preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–De nada –respondí sonriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque había decidido volver a mi casa caminando, la acompañé hasta donde tenía estacionado el auto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Te acordaste de traer las llaves del auto o tenés un gato que te abre la puerta? –le dije cuando cruzábamos la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella sonrió y abrió la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Qué se yo, pensé que tal vez tenías un gato capaz de encender el auto con las uñas –agregué cuando nos despedíamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por último, antes de que pusiera el auto en movimiento, me asomé por la ventanilla y le dije:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Nunca olvidaré esas pestañas… espero que vos tampoco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella sonrió una vez más y se despidió con la mano abierta, al tiempo que yo encendía el primer cigarrillo del día. En ese momento lo comprendí todo, la llama me había iluminado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ejecuté una profunda calada y arribé por fin a la más triste conclusión:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Las mujeres no tienen escrúpulos, se valen del engaño para impresionarnos, sin reparar en nuestros sentimientos. Lo único que les importa es llevarnos a la cama.”&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;  &lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt;   &lt;w:browserlevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/w:BrowserLevel&gt;  &lt;/w:WordDocument&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;style&gt; &lt;!--  /* Font Definitions */  @font-face  {font-family:Verdana;  panose-1:2 11 6 4 3 5 4 4 2 4;  mso-font-charset:0;  mso-generic-font-family:swiss;  mso-font-pitch:variable;  mso-font-signature:536871559 0 0 0 415 0;}  /* Style Definitions */  p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal  {mso-style-parent:"";  margin:0cm; 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No era la primera vez que intentaba escapar de aquel bosque donde la tenían cautiva. Exhausta, se halló de pronto al borde del risco. &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Los rayos del sol la detuvieron a un paso del abismo.   &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Era la primera vez que ponía un pie fuera del bosque. &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Sólo atinó a cubrir sus ojos. &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Al contemplar el precipicio quedó paralizada. Una extraña impresión recorrió todo su cuerpo. No alcanzaba a comprender lo que había descubierto. Se conmovió con el tamaño de las montañas, con el infinito del cielo, con los colores, con los vientos. A sus espaldas se acercaba un terrible pasado, podía oír los ladridos cada vez más próximos. Frente a ella se extendía un mundo inaccesible y desconocido, un mundo que se presentaba tan inmenso como maravilloso. Supo entonces que no volvería a la oscuridad. Decidió no pensar más en aquello. El asombro la había despojado de todos sus miedos. En su mente se tramaban las ilusiones más confusas. No era sencillo meditar con claridad. Se debatía ella sola con el vértigo. En ese estado, el cansancio la invadió con todas sus fuerzas. Ya no pudo mantener el equilibrio. Sus piernas flaquearon y cayó al vacío. En el aire no opuso resistencia. Su cuerpo rendido se había entregado a las leyes de la naturaleza. Sólo sus harapos lucharon contra el viento. Una sensación de inefable placer la acompañó en la caída. Se advertía en su silencio, se reflejaba en su rostro. Y cuando su vida se extinguía, justo antes de estrellarse contra las rocas, liberó con alivio un suspiro y finalmente durmió.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt;   &lt;w:browserlevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/w:BrowserLevel&gt;  &lt;/w:WordDocument&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 10]&gt; 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Él, pese a tener infinidad de trabajo pendiente, aceptó la invitación; hacía mucho tiempo que no visitaba a sus padres. Los problemas que surgieron luego en la oficina le impidieron llegar a tiempo. No era la primera vez que les fallaba. Antes de entrar en la casa, un sentimiento de culpa le erizó la piel y le infundió una tremenda vergüenza. Bajo tales circunstancias se comprometió a brindarles mayor atención en el futuro. Después de todo, ellos lo eran todo para él. Cuando abrió la puerta encontró a sus padres sentados a la mesa. El padre yacía recostado contra el respaldo de la silla, con la boca abierta; la madre tenía la cabeza apoyada sobre el plato. Según los peritos, las muertes habían sido instantáneas; apenas habían probado la merluza.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-5955709737814748757?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/5955709737814748757/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=5955709737814748757' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/5955709737814748757'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/5955709737814748757'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2009/01/la-merluza.html' title='La merluza'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SX0jETFQASI/AAAAAAAAAQk/hiDczkfNdRM/s72-c/La+merluza.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-2078179773095706343</id><published>2009-01-20T22:05:00.023-02:00</published><updated>2010-03-27T13:11:05.105-03:00</updated><title type='text'>El salto</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGndt2UDeI/AAAAAAAAAfo/SXvg54u5CEg/s1600-h/El+salto.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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Lo hace en calidad de protesta, en pleno centro de la ciudad y en el horario de mayor circulación. Los peatones suspenden sus asuntos y se amontonan en los alrededores. En pocos minutos se colma de gente el lugar. Atraídas por el escándalo, centenares de cabezas se asoman desde las ventanas cercanas. Todos quieren ser testigos del hecho.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt; Tres oficiales de policía intervienen de oficio y se hacen cargo de la situación en forma desordenada. Dos de ellos despejan el área para evitar males mayores. El otro se dispone a impedir que se produzca el salto. Su esfuerzo es muy loable, pero sus palabras resultan poco convincentes.&lt;/b&gt; &lt;b&gt;El hombre da un paso hacia adelante. Las puntas de sus zapatos ya no encuentran apoyo. Todavía se sostiene con las manos.&lt;/b&gt;&lt;b&gt; Los oficiales se interrogan a la distancia. Se comunican por medio de gestos desesperados. La situación los ha desbordado. Los refuerzos se retrasan. Se viven momentos de confusión.&lt;/b&gt;&lt;b&gt; Llegan los medios y se arrogan derechos absolutos.&lt;/b&gt;&lt;b&gt; El hombre proclama su protesta frente a las cámaras. El furor le hace perder el equilibrio; tambalea peligrosamente. &lt;/b&gt;&lt;b&gt;Una reportera irrumpe sin autorización y toma la voz de mando. Procura calmar al hombre, le garantiza que se atenderán sus reclamos, y se compromete a brindarle su apoyo. &lt;/b&gt;&lt;b&gt;El hombre niega con la cabeza y lleva los brazos al costado del cuerpo. Sólo se sostiene con los talones. Todo indica que la decisión ha sido tomada. &lt;/b&gt;&lt;b&gt;Finalmente, en absoluto silencio, se lanza al vacío.&lt;/b&gt;&lt;b&gt; Se escuchan gritos, exclamaciones de horror. Un murmullo vibrante recorre las filas de espectadores.&lt;/b&gt;&lt;b&gt; &lt;span style="font-style: italic;"&gt;"¿Se mató?"&lt;/span&gt;, pregunta una señora que no alcanza a ver.&lt;/b&gt;&lt;b&gt;"¡Qué se va a matar! ", protesta un anciano ubicado en primera fila. &lt;span style="font-style: italic;"&gt;"El idiota saltó desde el primer piso. Y ni siquiera se tiró de cabeza."&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal"  style="text-align: justify;font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" face="verdana" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;                      &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;   &lt;style&gt;* Font Definitions */  @font-face  {font-family:Verdana;  panose-1:2 11 6 4 3 5 4 4 2 4;  mso-font-charset:0;  mso-generic-font-family:swiss;  mso-font-pitch:variable;  mso-font-signature:536871559 0 0 0 415 0;}  /* Style Definitions */  p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal  {mso-style-parent:"";  margin:0cm;  margin-bottom:.0001pt;  mso-pagination:widow-orphan;  font-size:12.0pt;  font-family:"Times New Roman";  mso-fareast-font-family:"Times New Roman";} @page Section1  {size:612.0pt 792.0pt;  margin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm;  mso-header-margin:36.0pt;  mso-footer-margin:36.0pt;  mso-paper-source:0;} div.Section1  {page:Section1;} --&gt; 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&lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable 	{mso-style-name:"Tabla normal"; 	mso-tstyle-rowband-size:0; 	mso-tstyle-colband-size:0; 	mso-style-noshow:yes; 	mso-style-parent:""; 	mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; 	mso-para-margin:0cm; 	mso-para-margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:10.0pt; 	font-family:"Times New Roman";} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Unidos por el desvelo e iluminados por el sol naciente, compartíamos cervezas e ilusiones con la libertad que sólo se alcanza en los momentos de mayor felicidad. Estábamos cómodamente instalados en la galería de la casa que habíamos tomado por alquiler y ninguno de los presentes se había planteado siquiera la posibilidad de recostarse a descansar. Bajo tales circunstancias, el entusiasmo postergaba el sueño de una manera irremediable. Era el primer día de unas largas vacaciones y nuestra única preocupación consistía en divertirnos a lo grande. &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Habíamos llegado en el mejor momento de la noche. (No hay mejor momento que el de la llegada.) Como no podía ser de otra forma, desde entonces no habíamos hecho otra cosa que alterar la paz y el orden del lugar. Bebimos y festejamos con el desenfreno propio de un grupo de jóvenes despreocupados. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Naturalmente, los actos de algarabía no fueron bien recibidos por toda la comunidad. Huelga aclarar (no obstante, aclaro) que los festejos desmedidos perturbaron de alguna manera el descanso de nuestros vecinos. Circunstancia que recién advertimos cuando empezamos a oír las primeras protestas. Desde la oscuridad de las ventanas más próximas hubo quienes se manifestaron por medio de tímidos chistidos, a lo que nosotros respondimos con chistidos de los más audaces. En tan solo unos minutos, plagamos de chistidos el lugar; hecho que generó un gran revuelo en los alrededores, lo que motivó que al día siguiente la noticia fuera recibida con espanto en la municipalidad, desde donde se impulsó la fumigación de grillos más combativa en la historia de la ciudad. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Con los primeros rayos del sol, hizo su presentación una robusta señora; lucía un camisón blanco, el rostro pálido y dos inmensas ojeras. Por un momento pensamos que se trataba de un oso panda, luego comprobamos con desilusión que sólo era una vecina insomne. Se plantó a una prudente distancia, cuidándose de no traspasar los arbustos linderos, alzó sus flameantes brazos, y una vez colmada la atención general, nos sugirió de mal modo que guardáramos silencio.&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Semejante atrevimiento desencadenó un sinfín de carcajadas e improperios, los que la obligaron a recurrir al apoyo de su violento marido. Su marido no sólo se negó a acudir en su ayuda, sino que además la echó a patadas de su cuarto. Aparentemente, el hombre no había sido sacado del sueño por nuestras voces, pero sí por el frenético pedido de auxilio de su mujer. Por consiguiente, se desató una ardua discusión entre ambos, la que llegaría a su fin cuatro días más tarde, ocasión en la que se produciría, después de todo, la separación de un matrimonio que había escogido aquel lugar de ensueño con la intención de superar la crisis que venía atravesando. &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;A esa altura de la mañana yo tenía la mente ocupada en otros asuntos más relevantes; inesperadamente había sufrido un delirio asociativo. Frente a nuestra casa, en un lote de terreno baldío, una vaca blanquinegra nos observaba desde la más absoluta soledad. Y tanto la fisonomía como la postura de la vaca me recordaron la portada de un disco. (Cabe aclarar que la vaca no era cuadrada, la asociación de imágenes se originó en virtud de la portada de un disco que presenta la imagen de una vaca muy parecida a aquella que nos observaba.) &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Entonces, por razones que sólo un hombre bebido y somnoliento puede sostener, comencé a entonar el título del disco a los gritos. Los gritos estaban dedicados a la vaca; la vaca no dijo ni mu; sin embargo, se dispuso a escuchar los gritos con muda atención. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–&lt;i&gt;¡Atom Heart Mother! &lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Mis amigos, ajenos a mis delirios, se regocijaban todavía con el recuerdo de la vecina. Y yo, absorto en la figura de la vaca, proseguí con mayor ímpetu. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–&lt;i&gt;¡Atom Heart Mother! &lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Un desabrido muchacho que caminaba tranquilamente por la calle, al cruzar frente a nuestra casa, redujo considerablemente la marcha y, frunciendo la frente, me dedicó una mirada a todas luces desafiante. Los faroles de la calle todavía estaban encendidos y la claridad de aquella mañana me permitió sospechar que sería un día maravilloso. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Sin brindarle mayor importancia, continué gritando, y el muchacho se alejó caminando. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–&lt;i&gt;¡Atom Heart Mother! &lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;La repetición de las palabras se volvía cada vez más adictiva. Repetía la misma línea una y otra vez cobrando entusiasmo. No podía detener lo que había iniciado. Los gritos fluían en contra de mi voluntad. Las voces iban adquiriendo distintas tonalidades. Los acentos se distribuían a su antojo. Las diferentes entonaciones le otorgaban al título múltiples interpretaciones. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–&lt;i&gt;¡Atom Heart Mother! ¡Atom Heart Mother! ¡Atom Heart Mother! &lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;El escándalo captó finalmente la atención de mis amigos. Todos se mostraron sorprendidos con mi comportamiento. Se notaba que estaba poseído por una extraña fascinación. Ante la consulta general, ofrecí una breve explicación de los hechos y reanudé sin perder más tiempo el curioso homenaje. Cuatro de ellos, al enterarse de que mis voces estaban destinadas a una vaca, se interrogaron con las miradas. Acto seguido, no dudaron en sumarse a los gritos. Y vaya que lo hicieron. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–&lt;i&gt;¡Atom Heart Mother!&lt;/i&gt; –gritamos los cinco. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;El quinto de mis amigos, el más serio de todos, adoptó una postura diferente. Sin advertencia previa se apartó sigilosamente del griterío, en el centro del jardín apoyó las manos sobre el césped y, agachando la cabeza con precisión, comenzó a imitar el andar de una vaca. Una vez que logró apropiarse de todas las miradas, tragó el pasto que había cortado con los dientes y liberó entonces los primeros mugidos. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Muuuu… Muuuuuuuuu. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Celebramos con vivas la brillante representación de nuestro amigo y nos entregamos con renovada pasión a los gritos. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–&lt;i&gt;¡Atom Heart Mother!&lt;/i&gt; –gritamos entonces los seis. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;En el momento de mayor efusividad, cuando habíamos logrado conformar un verdadero coro dominical, fuimos interrumpidos por los alaridos más salvajes que se escucharon sobre la tierra. Los mismos provenían de la garganta del mismísimo muchacho que momentos antes me había dedicado la mirada amenazadora. Desde la calle nos insultaba con una agresividad desmesurada, y el gran número de gestos obscenos que nos ofrecía a la distancia, indicaba a las claras que era un experto en la práctica de gestos obscenos. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Más allá de todo esto, era evidente que el muchacho había caído presa de una triste confusión, sin duda pensaba que nuestros gritos estaban dirigidos a él. De lo contrario no se explicaba una reacción tan violenta de su parte. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;En lugar de esclarecer los hechos, resolvimos tomar el camino más divertido, nos limitamos a responderle con aquellas palabras que tanto le fastidiaban, las mismas que a nosotros tanto nos gustaban. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–&lt;i&gt;¡Atom Heart Mother! ¡Atom Heart Mother! ¡Atom Heart Mother! &lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Pero de pronto, entre insultos y gestos, el muchacho lanzó una frase reveladora. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–¡No se metan con mi madre, cobardes, voy a matarlos a todos! &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Naturalmente, al conocer el verdadero motivo de su enfado, cuando creímos adivinar la interpretación que había otorgado a nuestras palabras, estallamos en carcajadas y respondimos al unísono. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–&lt;i&gt;¡Atom Heart Mother! ¡Atom Heart Mother! &lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;El muchacho, rendido ante la numerosa desventaja, bajó la cabeza y se retiró refunfuñando. A paso ligero se dirigió hasta su casa, la cual se encontraba justo en la esquina, donde fue recibido por una mujer que lo aguardaba llena de preocupación. Sin duda era la madre, la mujer ultrajada. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;En la galería celebramos lo sucedido con uno de esos brindis sinceros. Reímos hasta el hartazgo de las demostraciones de valor del pobre muchacho y nos felicitamos por haber participado activamente de una de las confusiones más insólitas que me haya tocado vivir. (Sin superar, claro está, aquella oportunidad en la que me confundieron con un maniquí.) &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Todo ello no hizo más que enardecernos. Y fue por eso que continuamos. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–&lt;i&gt;¡Atom Heart Mother! ¡Atom Heart Mother! ¡Atom Heart Mother! &lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Sin embargo, la alegría dominante desapareció abruptamente cuando uno de mis amigos se percató del feroz retorno del muchacho. Seguido por su madre, se abría paso por el jardín de nuestra casa con un andar resuelto. Para nuestro asombro, llevaba una escopeta entre las manos. Con un gesto apremiante se apostó a pocos metros de la galería, y, apuntando al montón, nos amenazó de muerte. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;El pánico nos condujo raudamente hasta el interior de la casa. Los más salvajes se introdujeron a través de la ventana. Los más civilizados nos amontonamos contra la puerta. Tras unos cuantos empujones, y no pocos insultos, conseguimos refugiarnos todos dentro de la casa. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;En el apuro habíamos dejado la puerta abierta. Y no hubo quien se atreviera a cerrarla. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;El muchacho, desde el jardín, nos desafiaba a enfrentarlo, y nosotros, tendidos boca abajo, nos mirábamos aterrados. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Vamos, cobardes, repitan ahora los insultos frente a mi escopeta –decía el muchacho con una voz cargada de prepotencia y con un escopeta cargada de cartuchos. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;La madre intervino con el propósito de calmar a su hijo, lo que generó una fuerte discusión entre ellos. Sus ruegos intentaban aplacar la furia del muchacho, pero éste, dando sobradas muestras de lealtad, parecía estar dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Sin asomarnos siquiera, permanecimos inmóviles en nuestros lugares. Debo confesar que la espera se tornó desagradable. Todavía recuerdo el aliento putrefacto que despedía el compañero que se ocultaba a mi lado. Para colmo de males, me había quedado sin mi cerveza; en la vorágine del escape la había olvidado sobre la mesa de la galería. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Al cabo de un rato, dejamos de oír sus voces. Sospechábamos que se habían marchado, pero ninguno de nosotros se atrevía a confirmarlo. Nos interrogábamos haciendo gestos. Susurrábamos sin comprendernos. Fue entonces cuando oímos unos ruidos provenientes de la galería. Los corazones dejaron de latir en forma unánime. Todas las miradas se concentraron en el vacío de la puerta. Sobrevino un silencio absoluto, un silencio eterno. Todo era muy confuso. Cuando parecía que aquellos ruidos habían sido obra de nuestra imaginación, una lata de cerveza rodó lentamente cruzando de un lado a otro la galería. Y entonces lo vimos. Apareció de pronto bajo el umbral de la puerta. Era un perro vagabundo. El inocente animal se entretenía con las latas que habíamos dejado tiradas en la galería. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Finalmente, cansado de sufrir, asomé la cabeza cuidadosamente. Una brisa fresca le devolvía la calma a mi olfato. Satisfecho me mantuve inmóvil sin transmitir mis impresiones. A instancia de mis amigos, abrí los ojos y recién entonces comprobé con alivio que el muchacho y su madre no habían tomado mi cerveza. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;A primera vista me pareció que el muchacho se había retirado, a segunda vista me pareció lo mismo, y a tercera vista no cambié de parecer, fue por ello que anuncié con emoción que estábamos a salvo, que ya podíamos recuperar nuestras cervezas. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;La noticia no generó la alegría que yo esperaba. El peligro había desaparecido, pero el temor prevalecía aún entre nosotros. Una sensación extraña recorría nuestros cuerpos. Se transmitía con la mirada. De a poco nos fuimos incorporando, uno cerró la puerta y otros bajamos las persianas. Todo se llevó a cabo bajo el más estricto silencio, ninguno se atrevió a abrir la boca. En ese estado cada uno se acostó sobre su cama. La casa se había vuelto oscura y reservada. Habíamos recibido una temprana lección. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Desde aquel día, el primero de nuestras vacaciones, no recibimos más quejas de parte de nuestros vecinos. Moderamos nuestras tertulias y no volvimos a repetir esas palabras tan confusas. La fumigación de grillos fue todo un éxito y todavía hoy se la considera un acontecimiento sin precedentes. El perro vagabundo nos acompañó toda la estadía; en la despedida lloramos todos, incluso el perro. A la señora que parecía un oso panda la vimos el día que se disponía a abandonar a su marido; con cierto remordimiento la ayudamos a trasladar sus maletas hasta el taxi. Al valeroso muchacho lo reconocimos una vez a lo lejos, caminaba de la mano de una señorita que lo doblaba en altura, era tan flaca que la confundimos con una escopeta. Pero a quien no volvimos a ver fue a la vaca. Cuando despertamos, aquella misma tarde, la vaca ya no estaba. El lote de terreno se encontraba vacío. Y vacío permaneció el resto de nuestras vacaciones. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Y ahora que lo pienso, tal vez nunca estuvo allí.&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;                                                                                        &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;  &lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-61747490670229112?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/61747490670229112/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=61747490670229112' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/61747490670229112'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/61747490670229112'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2009/01/la-vaca.html' title='La vaca'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGm-1WpXNI/AAAAAAAAAfg/rGlbinZBki4/s72-c/La+vaca.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-7708480773146796082</id><published>2008-12-17T00:02:00.021-02:00</published><updated>2009-12-29T05:14:47.537-03:00</updated><title type='text'>La implacable</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGmlo9YQ_I/AAAAAAAAAfY/3VDX6IWphHc/s1600-h/La+implacable.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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Desde el sillón, él la observaba con cierta impaciencia. Era más atractiva de lo que había imaginado. Con el cuerpo desnudo le ofreció el baile más excitante. Sus movimientos eran dulces y extravagantes. Flexionó sus rodillas y las apoyó contra el suelo. Por un instante agachó la cabeza. Se incorporó con una mirada fulminante. Desabrochó sus pantalones y comenzó a trabajar con su boca. Él cerró los ojos y estiró sus piernas. Estaba en su salsa. Fastidioso, quitó el pie del plato de ravioles y se entregó de lleno al deleite.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se habían conocido esa misma noche en un bar, en uno de esos bares que abren las puertas por la noche. El feliz encuentro se produjo en forma casual, como se producen los encuentros entre desconocidos. Ella estaba apoyada contra la barra cuando lo vio. A partir de entonces no pudo quitarle la vista de encima. Había quedado deslumbrada. En realidad, todos quedaron fascinados al verlo. Había dejado caer dos vasos al suelo en un lapso de tiempo no mayor de cinco minutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando se percató de la caída del segundo vaso, no se hizo problema alguno, ejecutó una profunda calada entornando los ojos y retrocedió dos pasos en dirección a la barra. Allí de espaldas reclamó otra cerveza. Harto de esperar en vano, decidió reclamarla de frente. El cantinero se opuso con justa razón a atender el pedido, consideraba que el joven ya había bebido lo suficiente, sin embargo, emocionado tras escuchar los firmes argumentos ofrecidos, se vio forzado a ceder. El discurso había sido muy convincente; la propina anticipada, determinante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recién entonces notó que la señorita que estaba a su lado lo miraba en forma insinuante. Por tal motivo modificó de inmediato su comportamiento. Era el momento de levantar el telón. Ya ninguno de sus actos sería espontáneo. Se acomodó el suéter por sobre sus hombros, encendió un cigarrillo –sin advertir que ya tenía otro encendido–, se acodó contra la barra cruzando sus ágiles piernas, y congeló la mirada en un punto fijo elegido al azar. Así se mantuvo estático durante un tiempo, el cual no fue poco pero tampoco mucho, dando la impresión de ser un hombre melancólico que estaba viviendo en un mundo que le era indiferente. Todo lo cual conformaba para él un cuadro de lo más poético.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando comenzaba a liberar los primeros ronquidos, fue rescatado por un simpático borrachín que reclamaba a los gritos una cerveza tirada. Al oír esto, se despabiló de pronto, y dando muestras de su particular ingenio, aprovechó la ocasión para dar el golpe de efecto que necesitaba para conquistar a su admiradora. Así fue que se adelantó a la respuesta del cantinero y le ofreció al borrachín una cerveza tirada, precisamente la cerveza que estaba tirada en el suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gracia fue celebrada por todos, por todos sus dientes, su sonrisa fue inmensa, la más blanca de todas las sonrisas; sin embargo, fue el único que gozó del momento. De pronto la audiencia le había dado la espalda; ella escribía un mensaje en su teléfono, el cantinero hacía malabares con unas botellas, y el borrachín, aferrado a la barra para no caerse, estudiaba con seriedad la propuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue entonces que tomó la decisión de modificar la absurda conducta que venía sosteniendo. Pues debo decir que pochoclo –así le dicen a mi amigo– es ante todo un hombre de acción, de aquellos que no vacilan al momento de confrontar a una mujer; con la confianza que caracteriza a los valientes, se enfrenta sin reservas a todas las mujeres presentes, y una vez que ha sido heroicamente rechazado por todas, se retira orgulloso a su hogar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No obstante, aquella noche, como tantas otras, la suerte golpeó a su puerta, pero como pochoclo no se hallaba todavía en casa, la suerte se dirigió al bar. Y allí se encontraron. Tras una brusca rotación de cabeza se produjo el primer contacto visual entre ellos. (En la semana le diagnosticarían un esguince en la cervical.) Ella sonrió como lo hacen las mujeres discretas, con los ojos; él se acercó como lo hacen los hombres resueltos, caminando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo primero que hizo fue invitarle un trago. Su intención no era otra que retenerla al menos por unos instantes. Y así comenzaron a conocerse. Intercambiaron nombres, edades y algunas mentiras. (Mintiendo se entiende la gente.) Pochoclo le habló de literatura, como lo hace siempre en los primeros encuentros, pero cuando comprendió que ella se aburría, decidió cambiar de tema. Se dirigió entonces hasta la rocola y seleccionó su canción preferida. La mujer celebró la elección dando un grito; pochoclo la enmudeció dándole un beso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El beso fue intenso. Ella se entregó mansamente a la virilidad dominante. Él la abrazó con toda su fuerza; todavía estaba mareado y de algo debía sostenerse. Para detener el mareo decidió abrir los ojos, pero ello no sirvió de remedio, la cercanía de los rostros lo mareaba aun más que la oscuridad. Entonces comenzó a bailar lentamente, pensó que el movimiento le devolvería el equilibrio perdido, sin embargo el baile no hizo más que agravar su estado. Así fue que suspendió el beso y la invitó a conocer su casa. La respuesta de la mujer no fue la sospechada por pochoclo, razón por la cual se retiraron juntos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él se dirigió hacia el auto en un andar zigzagueante; ella prefirió tomar un atajo, caminó rectamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pochoclo no estaba en óptimas condiciones para conducir. Su rostro lo delataba. Por fortuna las calles estaban desiertas, no tenía más obstáculos que las calles mismas, el único problema era que veía doble, por lo que tomar una calle constituía todo un desafío para él. Por otro lado, a medida que avanzaba, el recorrido se le hacía cada vez más extraño, motivo por el cual protestaba confundido, pero luego se tranquilizó, la mujer le advirtió que circulaban a contramano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así continuó hasta su domicilio, adonde llegaron sanos y salvos por obra y gracia de una mano divina. (Las mujeres siempre le alaban sus manos.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el departamento ocurrió lo que ya todos sabemos, ella bailó sin ropa y lo mimó con su boca, mientras él, sentado en su sillón, gozaba en silencio. Los ravioles estaban fríos y duros; no dejó ni uno en el plato. Al cabo de un rato, ella le propuso trasladarse a la cama, a lo que él accedió con sumo entusiasmo. Con el ánimo renovado descorchó un champaña y lo sirvió en dos copas. El resto cayó al suelo en forma de espuma. Se dirigió hacia el cuarto con la ilusión que ameritaba la situación, y enorme fue la sorpresa cuando la vio: La mujer dormía desnuda sobre su cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin perder los estribos se acostó a su lado. Le murmuró algo al oído y sonrió sin convicción. No obtuvo respuesta alguna. Trató de extender su brazo por sobre su cuerpo, pero se arrepintió. No sabía cómo hacer para rescatarla del sueño. Acarició su espalda buscando una reacción. Habría sido lo mismo si acariciaba a un muerto. El reflejo de los cuerpos en la ventana le generó cierta tristeza. Al mismo tiempo notó que había adoptado una extraña postura. Bajo tales condiciones permaneció pensativo. Ya despuntaba el día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando recuperó la conciencia, reanudó la tarea sin tantas precauciones. Los besos en la oreja resonaron con insolencia. Ella sacudió su mano como quien espanta a un insecto. Las muecas de fastidio no eran muy auspiciosas. Sus palabras fueron fatales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Dejame tranquila, quiero dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pochoclo no recibió con agrado estas palabras. Más bien las consideró ofensivas. No obstante, reprimiendo toda clase de respuesta, consiguió mantener la calma. Todavía guardaba esperanzas. En silencio abandonó la cama y se plantó frente a ella. Antes de hablar se rascó la cabeza. Buscaba la forma de hacerse respetar. Finalmente, declaró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Tenés que terminar lo que empezaste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como si estuviera disfrutando de un sueño, la mujer sonrió con los ojos cerrados. Nada bueno podría resultar de ello. Corrió el pelo que tapaba sus ojos y lo inspeccionó de pies a cabeza. Entonces rió sin reparo. El silencio de la madrugada hizo eco de las risas. Desnuda se retorcía entre las sábanas. Las risas eran cada vez más carcajadas. Desde lo alto, él la observaba confundido. No podía adivinar las causas de semejante conducta. Tampoco se atrevía a enfrentarla con todo el rigor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Mirá –dijo pochoclo–, no sé de qué reís, ni quiero saberlo. Sin embargo te digo, si no estás dispuesta a terminar lo que empezaste, será mejor que te vayas de mi casa. No tengo deseos de dormir contigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Acostate y dormite –dijo ella como toda respuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esto produjo un fuerte impacto en el juicio de pochoclo, lo que generó un cambio en su temperamento. Se quitó los estribos y los dejó a un costado. Todo indicaba que peligraba la cabalgata matutina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Me parece que no entendiste –dijo él en el tono más severo–. Aunque te resulte extraño, yo mañana debo ir a trabajar. ¡Pero qué digo mañana, dentro de cuatro horas! Así que haceme el favor de vestirte… a menos que hayas cambiado de idea. (Las últimas palabras fueron pronunciadas en el tono más amable.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rostro de la mujer se transformó de repente. De las risas no habían quedado rastros; hasta el eco se había extinguido. En ese estado se alzó resueltamente de la cama. Pochoclo retrocedió asustado. Ella percibió el miedo justo a tiempo. Apuró una copa de champaña sin darse respiro. Podía oírse cómo corría el líquido a través de la garganta. Desnuda como estaba se paseó al costado de la cama con la cabeza gacha. Pretendía ocultar un eructo manifiesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de cruzar la puerta se detuvo con aire desafiante. Lo apuntó con la mirada y vociferó como una posesa:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¡No me voy nada!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pochoclo reaccionó tarde, demasiado tarde. La mujer ya se había encerrado en el baño. Aun así, acercó el oído a la puerta y se mantuvo expectante. No había de qué preocuparse, el olfato no detectaba efectos secundarios. La inquietud lo alejó de la puerta. Algo le decía que debía mantenerse apartado. Anduvo de un lado a otro como un tigre enjaulado. Cuando comprendió que gateando no hallaría la solución, se puso de pie. La situación lo había desbordado. Desesperado, tomó el teléfono y pidió un taxi. Tras lo cual, respiró aliviado. Había dado el primer paso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer salió del baño y pasó a su lado sin siquiera mirarlo. Todavía desnuda caminó hacia la cocina con andar resuelto. Él no intentó detenerla, se limitó a observarla. A pesar de todo, todavía lo excitaba. En el centro del living aguardó con paciencia. Los primeros rayos del sol lo iluminaban. De pronto apareció ella. Traía un vaso con leche en la mano y una vainilla en la boca. En estricto silencio se arrellanó en el sillón más confortable. Cuando terminó de acomodarse, liberó un suave suspiro. La mañana se presentaba maravillosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la mirada puesta en el cielo, sumergió la vainilla en la leche para llevarla luego a la boca. Pochoclo la miraba extasiado. Un rayo de luz golpeó su cara y le devolvió el control de los sentidos. Recién entonces tragó la saliva que venía acumulando. Luego recogió la ropa que la mujer había desparramado por toda la casa, previo paso por la cocina para recoger vainillas. Cuando se apoderó de toda las prendas, las depositó cuidadosamente a los pies de la mujer. Las palmadas sobre la ropa fueron más que elocuentes. Sin embargo, para despejar toda duda, le comunicó que el taxi ya estaba en camino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Momentos antes habría reaccionado de mal modo. Pero entonces, no. El desayuno había logrado apaciguarla. Apoyó el vaso sobre la mesa y se vistió como si él no estuviera. En efecto, pochoclo parecía estar ausente. Como un niño sometido a una absurda penitencia, la observaba en silencio desde un rincón. Por un lado, temía que cualquier roce pudiera despertar al genio que descansaba en ella. Y por otra parte, le fascinaba contemplarla a sus espaldas. Se consideraba un espía con privilegios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al mismo tiempo revisaba la hora en su reloj. El taxi no tardaría en llegar. A decir verdad, pochoclo no tenía apuro alguno. A esa altura ya había decidido que no iría a trabajar. (Un hombre tan responsable como él no podía presentarse en ese estado.) Asimismo la actitud de la mujer ya no le preocupaba. La espera se había tornado de lo más agradable. Incluso llegó a pensar que todavía estaba a tiempo de cumplir con su propósito. Arrepentido de haber pedido el taxi, se propuso cancelarlo, pero la voz de la mujer interrumpió sus planes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Necesito el dinero –dijo dando un bostezo mientras se calzaba una sandalia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para evitar mayores problemas, pochoclo decidió afrontar los gastos del taxi. Por lo que abandonó el rincón y le hizo entrega de un billete.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Con esto apenas tengo para el taxi –dijo ella practicando una sonrisa burlona–, ahora pagame el servicio, querés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Pero, ¿de qué estás hablando?, ¿vos estás loca?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Oíme una cosa, querido, ¿vos te pensás que yo laburo gratis?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Y vos pensás que yo soy estúpido? Me vas a decir que vos… Además, suponiendo que lo seas, recién ahora venís a enterarme. Por otra parte, ¿de qué servicio me hablás? Si no quisiste hacer nada. Lo único que hiciste fue beber y dormir. Para el caso, yo soy el que tendría que cobrar por los servicios prestados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el furor de la discusión sonó el timbre. Había llegado el taxi. Pochoclo dispuso todo lo necesario para acompañarla hasta el auto. Luego se dirigió a ella en los peores términos. Estaba harto de sus caprichos. La mujer, por su parte, se negaba a obedecer sus órdenes. Aferrada al sillón reclamaba el pago de sus servicios. La situación se tornó insostenible. Pochoclo sentía mucho aprecio por aquel sillón. Se desató entonces un verdadero combate. El mismo se desarrolló a los gritos. Lo gritos transmitían insultos, los insultos eran denigrantes. Se habían conocido esa misma noche y ya actuaban como verdaderos cónyuges.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pochoclo se cansó de la lucha verbal. Cuando vio la oportunidad se lanzó sobre ella. La tomó de los brazos y la arrancó del sillón. Lo hizo con tanta violencia que casi le arranca la cabeza. Entonces la tuvo a su merced. La abrazó con fuerza como lo había hecho en el bar. Con astucia logró inmovilizarla. Sin perder más tiempo, se dirigió con la carga hacia la puerta. A pesar de todo, ella opuso una feroz resistencia. Lo aturdió con sus gritos; descargó puntapiés en sus tobillos; y hasta intentó morderle una oreja. Pochoclo, sin detener la marcha, soporto los embates con dureza. Aunque parezca mentira, había sufrido una erección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así, como jóvenes apasionados, se trasladaron hasta la puerta. Ella le aplastaba los pies a cada paso. La alarma del ascensor señalaba con impaciencia el transcurso del tiempo. Pochoclo había dejado las puertas abiertas para evitar contratiempos. El sonido era enloquecedor. Recorrieron el pasillo bajo amenazas y golpes. La mujer no quería dar el brazo a torcer. Aun así, pochoclo, tras vencer sus defensas, consiguió torcerlo. Y lo retuvo con firmeza contra la espalda. La doblegó de tal forma que la mujer se vio obligada a suspender las agresiones. El ingreso al ascensor se produjo sin dilaciones. Cuando estuvieron dentro, pochoclo la liberó. En esas condiciones comenzaron el descenso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ambos estaban agotados. Había sido una lucha extenuante. La mujer se masajeaba el brazo dando muestras de dolor. Pochoclo la controlaba de reojo. No se atrevía a mirarla a los ojos. Al mismo tiempo, sus meditaciones lo ilusionaban. Cuatro pisos, un pasillo y apenas tres puertas lo separaban de la libertad. Y cuando menos se lo esperaba, cuando todavía contaba las puertas, la mujer rompió el silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–A mí nadie me echa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces, dando un salto, lo atacó como una fiera. Extendió los brazos y le arañó la cara con sus uñas. Pochoclo reaccionó tardíamente. Cerró los ojos para evitar daños mayores y sólo atinó a cubrirse con los brazos. El escudo no cumplió su función. El filo de las uñas hizo estragos en su cuerpo, tanto en el rostro como en los brazos. De pronto, el ascensor se detuvo. Habían llegado a la planta baja. Pochoclo adoptó una postura acorde a las circunstancias. Con una mano abrió las puertas, con la otra se defendió. De esta forma logró abandonar el ascensor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Refugiada en su interior, la mujer se negaba a salir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–A mí nadie me echa –repetía apretando los dientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pochoclo estaba asustadísimo. Sin embargo, la enfrentó con valentía. Soportando el rigor de sus garras consiguió sustraerla de la guarida. Por fortuna no había vecinos a la vista, no era el momento oportuno para un encuentro. En el corredor le propinó un empujón para que avanzara hacia la salida. El resultado no fue el esperado. La mujer cayó de bruces al suelo en forma estrepitosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí tirada permaneció inmóvil. No daba señales de vida. Pochoclo se estremeció al verla, el portero le había suplicado que no rayara el piso. Entonces la alarma volvió a sonar con la persistencia de siempre. Tapó sus oídos y cerró los ojos. Había entrado en pánico. Segundos después, abrió los ojos. La mujer había logrado incorporarse. Y lo miraba fijamente. Sus ojos brillaban en la oscuridad del pasillo. Parecía un gato. Tal vez lo era.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–A mí no me echa ni el presidente de la nación –gritó la mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y diciendo esto huyó hacia arriba por las escaleras. Pochoclo cerró las puertas del ascensor y corrió tras ella. Sentía que el pescado se le escurría de entre las manos. (La desesperación lo había llevado al delirio.) Podía oír los pasos de la fugitiva, pero no alcanzaba a ver sus pies. Le llevaba demasiada ventaja. Al llegar al segundo piso se detuvo fatigado. El cuerpo le exigía una tregua. Descansando entendió que la persecución carecía de sentido. No estaba dispuesto a comenzar de nuevo. Ya no tenía fuerzas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde allí podía oír las risas de la mujer. Los pasos se oían cada vez más lejanos. Estaba fuera de su alcance. Primero pensó que debía encerrarse en su departamento y olvidar el asunto. La mujer no podría derribar la puerta. Sólo debía tomar el ascensor y llegar antes que ella. Todavía estaba a tiempo. Pero entonces una idea lo detuvo. El auto. Su auto. Se horrorizó de sólo pensarlo. Ella sabía dónde lo había estacionado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el hipotético caso que la mujer se cansara de golpear la puerta, y decidiera por fin abandonar el edificio, podría desquitarse contra el auto. Tal fue el pensamiento de pochoclo. Motivo por el cual reanudó la carrera, esta vez hacia abajo, y se dirigió en busca del auto. Salió a la calle. El portero no había regado aún la vereda. El taxista ya no esperaba en la puerta. La implacable había quedado encerrada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El auto estaba aparcado en la calle, a pocos metros del edificio. Presa de los nervios, decidió trasladarlo hacia un lugar más seguro. Lo estacionó a tres cuadras de su casa. Sin pensarlo siquiera, hizo su ingreso en un bar. El lugar estaba desierto. Era el escenario ideal para la reflexión. Se ubicó en una mesa junto a la ventana, alejada del murmullo de los mozos, y se sumió entonces en los más profundos pensamientos. No me vendría mal un poco de té, pensó. Sin embargo, pidió café.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mozo se asustó al verlo. Tras tomar el pedido, se retiró confundido. No sabía si debía llevarle café o llamar una ambulancia. Pochoclo estaba tan alterado que no había reparado en su aspecto. Lucía unos bermudas verdaderamente ridículos. Para colmo, el maquillaje no le favorecía; tenía el rostro cubierto de sangre. Dadas las circunstancias, le pareció adecuado excusarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya en el baño se enjuagó las heridas. El espejo reveló fielmente la gravedad del asunto. Los cortes no eran muy profundos, pero le otorgaban un aspecto siniestro. La situación no era la más decorosa. Pese a encontrarse en apuros, pudo tomarla con calma. Cuando apagó la sed que lo asediaba, retornó a la mesa. Salió prácticamente ileso del baño, apenas con unos rasguños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la mesa se dispuso a analizar el problema. No tenía deseos de volver a enfrentarla. Sería demasiado arriesgado. La parada en el bar constituía una excelente forma de hacer tiempo. La mujer no podría permanecer por siempre en el edificio. Sólo era cuestión de tiempo. A veces conviene distanciarse de los problemas para encontrarles una solución. Y nada mejor que encargarle a otro el trabajo. Le tranquilizaba pensar que alguien se ocuparía de echarla, o tal vez que ella misma buscaría la salida. El portero abría las puertas a esas horas. Era probable que la mujer ya estuviera recorriendo las calles. La conjetura lo inquietó. Por las dudas corrió las cortinas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había pedido el tercer café cuando llamó por teléfono a un amigo. Quería tomar un café con alguien. Necesitaba descargarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Oíme, tengo una loca encerrada en casa –dijo pochoclo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Cogétela y dejame dormir –dijo el amigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese fue todo el diálogo. El amigo consideró que no era el momento más oportuno para compartir aventuras. Enorme fue la decepción de pochoclo. Aun así, revisó su agenda con ansiedad. No había agotado sus ansias de hablar por teléfono. Entonces llamó al jefe para comunicarle que no podía ir a trabajar ese día. Le manifestó que había amanecido enfermo. Curiosamente el jefe había madrugado con la misma enfermedad. Ambos se habían puesto de acuerdo, había un contagioso virus dando vueltas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pochoclo permaneció allí sentado el tiempo que consideró necesario. Fueron casi dos horas. (Es notable cómo transcurre el tiempo en los cuentos.) De pronto frunció el ceño. Un repentino calor recorrió su cuerpo. No podía recordar si había cerrado la puerta del departamento. Tenía vagos recuerdos de aquel momento. Todo era muy confuso. Se debatía a ciencia incierta con sus recuerdos. Cuando cayó en la cuenta, protestó abiertamente, el café era muy costoso. Y había tomado cinco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero mayor fue el disgusto cuando descubrió que no portaba dinero. Había olvidado la billetera en su casa. La desesperación lo llevó a considerar la posibilidad de fugarse sin pagar. Aunque al final la descartó por cuestiones religiosas. No quería contraer deudas con el altísimo. Así fue que decidió enfrentar la situación de una manera inusitada. Se presentó con la verdad. Les refirió los hechos obviando ciertos detalles. Tampoco era necesario que lo contara todo. El mozo y el cajero lo escucharon atentamente. Como no podía ser de otra forma, se apiadaron de su inocencia. Y no esperaron a que saliera del bar para descostillarse de risa. (El cajero se dislocó dos costillas, el mozo más de tres.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A paso ligero se dirigió a su casa. En el camino intentó hacer memoria. Todo esfuerzo resultó en vano. No hay nada más difícil que recordar los hechos que escaparon de la memoria, sobre todo si se ha estado borracho cuando ocurrieron. Para ese entonces se había sumado una nueva preocupación: La de la billetera. ¿La había olvidado en su casa o había sido despojado de ella en el fragor de la lucha? No estaba muy alejado de la respuesta, se hallaba a menos de doscientos metros de ella. Los interrogantes lo obligaban a apurar la marcha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese estado llegó al edifico. En la entrada lo estaban esperando. Para su tranquilidad, la mujer no estaba presente. El portero conversaba con una de las propietarias. Era la anciana que vivía en el piso de pochoclo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Qué pasó? –preguntó el portero apenas lo vio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El interpelado no dio muchas explicaciones. Y las pocas que dio resultaron poco convincentes. Se contradecían unas con otras. Estaba demasiado preocupado para mentir correctamente. Él sólo quería saber qué había ocurrido durante su ausencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El portero le brindó un nutrido resumen de los hechos. Todo lo cual fue confirmado por la curiosa anciana. Hizo mención a los alaridos, a los golpes en las puertas y resaltó también algunos destrozos. Su conducta había generado un gran revuelo entre los vecinos. Su sola presencia había alterado la tranquilidad y el orden de la comunidad. En resumidas cuentas, la ilustre desconocida había desatado un verdadero escándalo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El portero la había encontrado en el vestíbulo; estaba sentada en el suelo cuando la vio. Su comportamiento era de lo más extraño. Con absoluta serenidad observaba sus propias uñas. El portero no tenía intenciones de averiguar cómo había llegado ahí. Sólo quería deshacerse de ella. Cuidadosamente abrió la puerta y le señaló el camino. La mujer permaneció inalterable en el lugar. Todo indicaba que tendría que llamar a la policía. Pero al final no fue necesario tomar medidas tan extremas. La mujer se movilizó por sus propios medios y de esa forma cruzó la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero eso no fue todo. Antes de irse le reveló detalles escabrosos de aquella noche. Le describió el maltrato al que había sido sometida. Le confesó que había sido abusada por un hombre sin escrúpulos. Le hizo saber que había sido estafada. En pocas palabras le transmitió la clase de persona que vivía en el noveno piso. Y para ello no escatimó en insultos, los cuales fueron tan obscenos que el portero no se atrevió a repetirlos delante de la anciana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pochoclo se había mantenido en silencio durante el discurso. No encontraba argumentos para defenderse de las acusaciones en su contra. Estaba sorprendido con el desarrollo de los acontecimientos. Y no era para menos. Con su ausencia había logrado conservar la integridad física, pero al mismo tiempo había permitido que ensuciaran su imagen. De la noche a la mañana se había vuelto un hombre infame. Su posición era irremediable. Había tocado fondo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces, a instancias de la anciana, le enseñaron el mensaje. La mujer había dejado un mensaje en el inmenso espejo del vestíbulo. Lo había escrito con un lápiz de labios. Con uno rojo furioso. El mensaje rezaba lo siguiente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Te voy a matar hijo de puta”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estas palabras calaron hondo en el ánimo de pochoclo. Era la primera vez que lo amenazaban de muerte. Nunca antes había sentido esa clase de miedo. En ese estado permaneció atónito frente al espejo. Lo abordaron mil pensamientos. El portero y la anciana lo observaban en silencio. Sin hacer comentarios, se retiró cabizbajo. La anciana aprovecho para susurrarle un secreto al portero. Pochoclo se detuvo al pie del ascensor. De pronto había sentido la necesidad de hacer su descargo. Finalmente decidió no hacerlo. Tenía un gran dolor en el cuello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el ascensor hizo un balance de su situación. Era de lo más preocupante. No había pasado una semana de su llegada al edificio y no era el primer episodio desafortunado. Dos días antes lo habían acusado de hacer ruidos molestos. Abrumado, decidió pensar en otra cosa. Estaba exhausto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegó al departamento, comprobó que había cerrado la puerta. Al menos todo estaba en su lugar. Se tranquilizó al ver la billetera sobre la mesa. Alimentó a los peces y se dirigió al cuarto. Los rayos del sol invadían todo el ambiente. Saboreó un ligero placer al ver la cama. Ya no había quién pudiera detenerlo. Vestido como estaba, se desplomó inconsciente sobre el colchón, dio dos rebotes desafortunados, y cayó de espaldas al suelo. Entonces sí, descansó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que pochoclo aún no sabía era que la pesadilla recién comenzaba.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-7708480773146796082?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/7708480773146796082/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=7708480773146796082' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/7708480773146796082'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/7708480773146796082'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2008/12/la-implacable.html' title='La implacable'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGmlo9YQ_I/AAAAAAAAAfY/3VDX6IWphHc/s72-c/La+implacable.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-2168623266175901077</id><published>2008-11-27T00:49:00.008-02:00</published><updated>2009-06-24T01:05:35.483-03:00</updated><title type='text'>El consejo</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGl8nr8sXI/AAAAAAAAAfI/n6QWRd6tep4/s1600-h/El+consejo.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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De veras te digo, desear a una mujer ajena no es un acto malo en sí mismo, a lo sumo es pecado. Pero, ¿acaso te han preocupado alguna vez los preceptos religiosos? A mí tampoco. Ahora, claro, si lo que pretendes es llevar adelante tus deseos, si tu verdadero interés no es otro que la inmediata concreción de tus fantasías; entonces, si es así realmente, me veo obligado a aconsejarte que suspendas ahora mismo todos tus planes. Te recomiendo firmemente que te abstengas de seducir a la mujer que te tiene deslumbrado, a no ser que estés dispuesto a sufrir en carne propia las letales consecuencias que dicho acto traería aparejadas. Pues te confieso, amigo mío, que aunque yo sea de los hombres que fomentan el desarrollo de la libertad en todos sus aspectos, no soy de los hombres que comparten su mujer, y mucho menos si no recibo a cambio algún tipo de compensación por semejante sacrificio.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-2168623266175901077?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/2168623266175901077/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=2168623266175901077' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/2168623266175901077'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/2168623266175901077'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2008/11/el-consejo.html' title='El consejo'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGl8nr8sXI/AAAAAAAAAfI/n6QWRd6tep4/s72-c/El+consejo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-2361975564789197402</id><published>2008-11-14T20:03:00.006-02:00</published><updated>2009-08-07T22:15:44.417-03:00</updated><title type='text'>El funcionario</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGkwDYhdhI/AAAAAAAAAe4/H7YrFDJSOWc/s1600-h/El+funcionario.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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Tras presentar ciertos documentos, recibió su número impreso en un papel, y se retiró del lugar. El organismo quedó desierto, ya era muy tarde. De un lado del mostrador estaba él, un funcionario muy parecido a un célebre escritor; del otro lado estaba yo. No había otra persona en el lugar. Era mi turno. Aun así, el oscuro joven, sin siquiera mirarme, se apartó hacia un costado, acomodó una pila de documentos y, en un acto de obediencia mal comprendida, comenzó a llamar a la gente por su número. Pronunció el primer número mirando hacia el frente. Su mirada era grave y vacía, pero no había quién pudiera responder a su llamado. Tras una breve pausa muy bien ensayada, pronunció el segundo número sin alterarse. Su voz transmitía desgano. De pronto advertí que el joven practicaba siempre los mismos movimientos, todos muy lentos y bien coordinados. Yo lo miraba desde la curiosidad que produce el asombro. No lograba entender su porfía. Cuando entonó el tercer número, me vi forzado a intervenir, todo era demasiado absurdo. Entonces, alzando un dedo le manifesté con calma que yo era la única persona en el lugar, que ya todos se habían ido; no obstante, el joven, ignorándome por completo, y, sin modificar por ello la curiosa actitud, prosiguió con la convocatoria de los ausentes. Y recién después de pronunciar otros cuatro números y de sostener por tanto sus respectivas pausas, se dirigió a mí, diciendo: “&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Buenas tardes,&lt;/span&gt;&lt;/em&gt; &lt;i&gt;¿qué se le ofrece?”&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-2361975564789197402?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/2361975564789197402/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=2361975564789197402' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/2361975564789197402'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/2361975564789197402'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2008/11/el-funcionario.html' title='El funcionario'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGkwDYhdhI/AAAAAAAAAe4/H7YrFDJSOWc/s72-c/El+funcionario.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-322668548623325924</id><published>2008-10-28T00:13:00.012-02:00</published><updated>2009-12-28T22:35:26.591-03:00</updated><title type='text'>La jirafa</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGkBQrKobI/AAAAAAAAAeo/tQS-_iNpznM/s1600-h/La+jirafa.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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El bautismo fue producto de un destello inesperado. Mis amigos no entendían por qué yo había elegido ese apodo para mofarme de nuestro amigo. No obstante, todos celebraron la ocurrencia con carcajadas. Todos, menos jirafa, por supuesto, quien de inmediato se manifestó ofendido.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Jirafa es de estatura mediana, está libre de manchas, y tiene un cogote ordinario. Dicho esto, debo reconocer que la confusión de mis amigos era justificada, bajo tal perspectiva resulta difícil hallar una relación entre mi amigo y una jirafa. Lo cierto es que a partir de entonces todos comenzamos a decirle jirafa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jirafa se resistió al apodo desde el principio. Su limitado sentido del humor le impedía digerir su nuevo nombre. Vivía contrariado; siempre a la defensiva. El apodo se afianzó precisamente porque a jirafa no le gustaba que le dijeran jirafa, motivo más que suficiente para consolidar un apodo entre amigos. Con el transcurso del tiempo, jirafa fue desarrollando un complejo bien definido. Aun sin conocer las razones que habían motivado el apodo, jirafa se convenció de que el problema radicaba en su cuello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue entonces que, para ocultar su aparente defecto, jirafa tomó una serie de medidas que no tardamos en percibir. Elevaba los hombros y encogía la cabeza como una tortuga, sobre todo cuando posaba para las fotos. Comenzó a usar bufandas y pañuelos, como no lo había hecho nunca hasta entonces, con el pretexto de padecer un resfrío crónico. Y llegó incluso a dejar crecer su rala melena, lo que según él era un capricho de su novia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jirafa nunca logró acostumbrarse a su apodo, y no sólo eso, el correr de los años no hizo más que aumentar el disgusto que su sola mención le generaba. Ensayó diferentes formas para detener el flagelo. Llegó al extremo de abandonar el país por el lapso de dos años. En aquel entonces la gente viajaba al extranjero para mejorar su calidad de vida. Yo creo que jirafa se fue del país para recuperar su identidad. Allí era un hombre libre y seguro de sí mismo. Pero la cruda realidad lo envió de vuelta. Y entonces tuvo que enfrentarse con su destino. Se reencontró con sus demonios. Comprendió, después de todo, que no podría librarse de su apodo tan fácilmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde que le impusimos el apodo, cada vez que le decíamos jirafa, él nos lanzaba su nombre auténtico en forma correctiva. Era infalible. Le decíamos jirafa y él nos enrostraba su nombre. Y no sólo lo hacía cuando estábamos frente a él; todos recibimos alguna vez un correo electrónico de parte de jirafa con su verdadero nombre como único texto. Supongo que su intención no era otra que resucitar un nombre que había caído en desuso. Pero, como es sabido, con semejante conducta, sólo se consiguen resultados opuestos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por otra parte, si bien todos tenemos algún apodo, jirafa es el único que se dirige a cada uno por su nombre. Es el único de mis amigos que me llama por mi nombre. Según él, es una demostración de respeto. Evidentemente lo hace para que sigamos su ejemplo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, el verdadero problema se presentaba cuando intervenían terceros. Jirafa detestaba las presentaciones. Por lo general, se adelantaba y pronunciaba su nombre en voz alta y segura. Aun así, su apodo siempre emergía en las reuniones. Había que ver la cara de fastidio de nuestro amigo cuando un desconocido lo indagaba acerca de su apodo. &lt;i&gt;¿Por qué te dicen jirafa? Pero si no tenés el cuello tan largo. ¿Desde cuándo te dicen jirafa? No tiene nada de malo tu apodo. ¿Por qué te enojás? ¿Tus padres son altos? &lt;/i&gt;En esos momentos nos desternillábamos de risa. Pero claro, el asunto se agravaba cuando el desconocido abusaba de confianza y le llamaba por su apodo. Me limitaré a decir que a lo largo de todos estos años fuimos testigos de múltiples situaciones tan incómodas como desopilantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por otro lado, con o sin intención, entre todos nos encargamos de propagar su apodo por todas partes. Incluso irrumpimos en los ámbitos más reservados. En el colegio, hasta la rectora le decía jirafa. En la universidad se filtró su apodo y no tardó en instalarse con gran éxito. Se hizo muy popular en aquella época. Asimismo, con frecuencia llamábamos a su trabajo y preguntábamos por el licenciado jirafa. Sus compañeros decían que era un alto funcionario. En su casa, la madre lo despertaba al grito de jirafa. Es el mejor despertador para mi hijo, decía ella. Su padre solía recurrir al apodo jirafa cuando lo reprendía por alguna falta. Y su hermano aseguraba en el colegio que en su casa tenía una jirafa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con las mujeres tomaba muchas precauciones. Su apodo era su mayor secreto. Cuando lo encontrábamos por la noche acompañado de una señorita, jirafa solía hacerse el distraído por temor a que lo deschaváramos delante de ella. Jamás nos presentaba a una amiga hasta tanto no hubiera establecido con ella una relación más o menos estrecha. Su novia tenía prohibido llamarlo jirafa, nos lo confesó ella misma una noche en la que conseguimos embriagarla, donde nos reveló además otros detalles oscuros que no me atrevo a compartir en este momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante mucho tiempo disfrutamos de las acciones y reacciones de nuestro amigo jirafa, hasta que un día nos reunió a todos en su casa y nos comunicó la extraña noticia. Todavía recuerdo la gravedad con que se expresó aquella noche. Una noche difícil de olvidar, por cierto. No sólo por lo que ocurrió ese día, sino por las consecuencias que trajo aparejadas. Tras una breve introducción, jirafa nos reveló el motivo de la reunión. Convocó nuestra atención con un golpe rotundo, se puso de pie, estiró el cuello, y, con voz entrecortada, declaró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Mi psicólogo me dijo que les dijera que ya no pueden decirme jirafa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo leo y no lo creo. Lo recuerdo y me estremezco. Un psicólogo había sugerido que nos abstuviéramos de utilizar el apodo jirafa para referirnos a nuestro amigo. Apenas nos transmitió la noticia, sobrevino un silencio general, el cual sólo duró un instante; la primera risa desencadenó un estallido de risas incontrolables. Jirafa se sumó a las risas, pero la suya era una risa nerviosa, una risa intrusa. No sabía cómo enfrentar la situación; la misma lo superaba. Finalmente, nos llamó al silencio y reclamó una vez más nuestra atención.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo estaba convencido de que se trataba de una nueva estrategia de jirafa. Me resultaba inadmisible que un psicólogo reconocido dispusiera tal cosa. Y mucho menos con un hombre de la edad de jirafa. Pero de pronto jirafa le cedió la palabra a uno de los presentes, y éste, visiblemente avergonzado, confesó. Él mismo había asistido junto a jirafa a la insólita sesión con el psicólogo. Sin embargo, de inmediato dejó bien claro que había sido llevado por medio de un engaño. Jirafa lo había engañado vilmente, había recurrido a un ardid para convencerlo, lo había invitado a un encuentro con unas señoritas, y el lugar del encuentro resultó ser el consultorio, donde no había más señoritas que las hijas del doctor en un portarretrato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, una vez allí, nuestro amigo no tuvo otra alternativa que oír las explicaciones del caso. Entre otras cosas, el doctor expresó que dicho apodo afectaba la personalidad de jirafa; que lo reducía a la mínima expresión; que desde hacía tiempo padecía un agudo complejo de inferioridad; que si no cedíamos ante las evidencias, un apodo como jirafa le ocasionaría severos conflictos en el futuro, tanto en el ámbito laboral como en el familiar; que los futuros hijos de jirafa crecerían con una imagen desfigurada de su padre; que serían hijos de una caricatura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jirafa había caído tan bajo, que la mayoría de los presentes se comprometió a abandonar el apodo de una vez para siempre. Yo estaba indignado, pero me mantenía callado. Reservaba mi opinión. No entendía la reacción sentimental de mis amigos. Estaba azorado. Me negaba a acatar las sugerencias de aquel hombre alarmista. Todo era ridículo; un absurdo absoluto. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;              &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;Y así fue que, a pesar de algunas disidencias, desde aquella reunión, jirafa recuperó su identidad. Al menos logró desterrar su apodo, lo que no es poco. Aunque parezca mentira, desde entonces la gente comenzó a llamarlo por su nombre. El proceso no fue sencillo, el apodo estaba muy arraigado entre la gente, pero de a poco se fue erradicando. Cometíamos muchas faltas, naturalmente, pero jirafa las toleraba. Bastaba que pidiéramos perdón exhibiendo arrepentimiento. Yo, por mi parte, a modo de protesta, tomé la decisión de mantenerme al margen de todo esto. Son pocas las veces que le digo jirafa, es cierto, pero jamás lo llamo por su nombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un detalle curioso para señalar es la postura que adopta jirafa hoy en día cuando saluda. Estrecha la mano, pero mantiene cierta distancia. Echa su cabeza hacia atrás y desde allí analiza la situación. Practica una mirada de soslayo, pero no quita la vista de su oponente. Es un saludo precavido, pero a su vez intimidatorio. Un saludo con advertencia. Es evidente que todavía no ha recuperado la paz. Teme que violemos el pacto, que olvidemos las palabras del doctor, que resurja jirafa. Yo pienso que por tal motivo jirafa sufre en cada saludo, en cada encuentro. Es su karma, su castigo eterno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso sí, es preciso decir que jirafa no ha desaparecido de nuestras vidas. Nada de eso. En su ausencia el apodo jirafa mantiene la misma vigencia de siempre. En las agendas de nuestros teléfonos todos lo individualizamos bajo el nombre jirafa. Entre nosotros no cabe otro nombre para aludir a él. Para nosotros sigue siendo jirafa. El apodo jirafa brilla con su ausencia, porque todos sabemos que él es y será por siempre jirafa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora bien, por último quiero compartir por primera vez cuál fue el origen del apodo jirafa, quiero explicar porque le dije jirafa y no otra cosa, quiero revelar de una vez por todas el secreto que mantuve oculto hasta el día de hoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Días antes del nombramiento de jirafa yo había visto un documental por televisión. El mismo documentaba el nacimiento de una jirafa. Nunca antes había visto cómo nacen las jirafas. Las jirafas, como muchos otros animales, dan a luz de pie. Pero lo particular del caso lo brinda la gran altura de las jirafas. La jirafa expulsa a la cría y ésta cae a tierra desde aquella altura. El impacto contra el suelo es muy violento. En el documental decían que algunas jirafas no sobreviven a la caída. Pero las otras, las que soportan el golpe, permanecen por unos instantes en el suelo, y, cuando se recuperan del aturdimiento, se ponen de pie. Les cuesta mucho trabajo levantarse y una vez que lo logran, tambalean un poco. Un acto de torpeza más que entendible para un ser recién nacido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo cierto es que al ver estas imágenes se desencadenó en mi mente una asociación de ideas que me condujo directamente hacia una conclusión sorprendente. Entonces pensé: Un hombre tardo en comprender es como una jirafa recién nacida. Un golpe en la cabeza lo desorienta a uno, ya sea hombre o jirafa, el impacto confunde, descoloca; tal cómo ocurre con las personas que no logran comprender. Y con esto no me refiero exclusivamente a las personas que tienen problemas permanentes. No hay que ser torpe de entendimiento para haber vivido alguna vez una experiencia semejante. Todos nos comportamos alguna vez como una jirafa recién nacida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y eso fue precisamente lo que sucedió con mi amigo jirafa aquella noche. Alguien hizo un comentario aislado y jirafa no captó la idea. Otros intentaron explicarle el sentido de la oración, pero jirafa no entraba en razón, se había estancado en un concepto erróneo, tenía la mirada extraviada, y argumentaba desde la confusión. Y entonces yo, en un acto inconsciente, lancé el grito que lo condenó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así concluye esta historia. La historia de un apodo que fue concebido en un delirio, que se originó por un error, y que nació de un grito. La historia de un apodo que vivió en libertad durante mucho tiempo, y que ahora, por la decisión de un tirano, vive recluido en el mundo de lo prohibido, al cuidado del rebaño y a la espera del libertador.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;                      &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-322668548623325924?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/322668548623325924/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=322668548623325924' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/322668548623325924'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/322668548623325924'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2008/10/la-jirafa.html' title='La jirafa'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGkBQrKobI/AAAAAAAAAeo/tQS-_iNpznM/s72-c/La+jirafa.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-479144006647036600</id><published>2008-09-30T22:50:00.011-03:00</published><updated>2010-01-08T20:08:54.188-03:00</updated><title type='text'>El oportunista</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGjYqPr0wI/AAAAAAAAAeY/OlhjQbNQq38/s1600-h/El+oportunista.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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Apenas lo vio, se encontró también con la figura de un hombre que guardaba la billetera en uno de sus bolsillos y se alejaba distraído.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;La mujer recogió el billete con cierta vergüenza, y procuró llamar la atención del hombre por medio de tímidos chistidos. Al no hallar respuesta de parte del hombre, la mujer corrió tras sus pasos. Finalmente, tras perseguirlo unos cuantos metros, lo tomó del hombro y el señor se detuvo con fastidio. Ella le enseñó el billete y le ofreció una breve explicación de lo ocurrido. El hombre, sorprendido, tomó el billete, y se despidió sin pronunciar palabra. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;La mujer, orgullosa de su obra, hizo su ingreso en el banco y extrajo dinero de un cajero electrónico. Precisamente, un billete de los grandes. Cuando hubo terminado, se dirigió a su casa. &lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Al abrir la puerta, tropezó con un mal presentimiento. En efecto, revisó la cartera y su tarjeta de débito no estaba en su lugar. &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;De inmediato, regresó al banco con el fin de recuperar su tarjeta. Naturalmente, en el cajero no estaba. Un tanto perturbada recurrió a la asistencia de un empleado del banco; y éste, al revisar los movimientos de la cuenta, le transmitió la mala noticia. Acababan de extraer nueve billetes de los grandes de su cuenta bancaria. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;No hay que ser un genio para adivinar qué fue lo que sucedió. La mujer, tras hacer su operación, abandonó el cajero sin retirar la tarjeta del mismo. Posteriormente, una persona que andaba por allí se encontró con una oportunidad sumamente tentadora y no la desaprovechó. No tuvo más que pulsar unos cuantos botones y sustraer la cantidad de dinero disponible. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Esa misma noche me reuní con la mujer y me relató lo sucedido. Estaba indignada. No tanto porque había sido despojada de una cuantiosa suma de dinero, sino más bien porque no había conservado el billete que había encontrado en el suelo. Para aquel entonces, ella estaba convencida de que había entregado el billete a la persona equivocada. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;En pocas palabras, la mujer repetía que había sido víctima del accionar de dos oportunistas. Por un lado, el hombre que había aceptado un billete que no le pertenecía, y por otro lado, la persona que había sustraído el dinero de su cuenta bancaria. Pero lo que más bronca le generaba, era la coincidencia entre el billete que había encontrado en la calle y el billete que había extraído del cajero. Para ella eso era todo un mensaje. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Entonces comenzó a divagar acerca de los caprichos del destino y de los designios de dios: &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Ese billete estaba ahí dispuesto para mí, y yo me deshice de él, se lo entregué a una persona cualquiera. Merezco el castigo. De haber conservado el billete, nada de esto habría ocurrido.&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt; &lt;!--[if !supportLineBreakNewLine]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;Y luego, a pesar de que intenté detenerla, me relató la historia del religioso que durante una inundación se negaba a abandonar el templo y rechazaba la ayuda que le brindaban los ciudadanos, diciendo: “Dios me ayudará”. &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Te das cuenta, yo soy como ese religioso –decía tomándose de la cabeza–, Dios me hace entrega del billete que yo ando necesitando y no tengo mejor idea que rechazarlo. Merezco morir ahogada; claro que sí. No tengo derecho a reclamar. Hasta el día de hoy me he comportado como ese religioso: “Oh, Dios, ¿por qué me has abandonado?” Pero ya no. Ya aprendí la lección. A partir de ahora voy a aprovechar las oportunidades que se me presenten. Ahora yo también soy una oportunista. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Como estaba cansado de escucharla, me dediqué a meditar frente a ella. La observaba con la mirada perdida y pensaba en los oportunistas. ¿Cómo se comporta un oportunista luego de consumado el acto? ¿Se enorgullece y comparte la viveza con sus allegados? ¿Lo mantiene en secreto y disfruta del dinero con cierto remordimiento? ¿Se arrepiente o espera ansioso que se presente una nueva oportunidad? Supongo que hay gente para todo, pensé en aquel momento. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;No recuerdo mucho más de aquella noche. Estaba un poco ebrio. Sólo recuerdo que antes de retirarme de su casa, la tomé del hombro, y, en tono solemne, entoné una frase de la que todavía me avergüenzo. Una frase que ella todavía repite cuando quiere burlarse de mí: &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Así como hay gente que justifica cada uno de sus actos, hay gente que se recrimina todo lo que hace. He ahí el equilibrio.&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-479144006647036600?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/479144006647036600/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=479144006647036600' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/479144006647036600'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/479144006647036600'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2008/09/el-oportunista.html' title='El oportunista'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGjYqPr0wI/AAAAAAAAAeY/OlhjQbNQq38/s72-c/El+oportunista.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-2360891201000322359</id><published>2008-08-13T02:05:00.011-03:00</published><updated>2010-01-08T20:26:50.155-03:00</updated><title type='text'>El dentista</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGi73l4hFI/AAAAAAAAAeQ/zK8ieZGBW1Q/s1600-h/El+dentista.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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Caries, extracciones, conductos. Pasé por todo. Jamás una queja. Mucha gente teme ir al dentista. A mí no me genera miedo, aunque sí pereza, como todo compromiso que implica un traslado a un horario determinado. A lo largo de mi vida he tenido que someterme a la pericia de los dentistas en infinitas ocasiones y debo confesar que he padecido unos cuantos tormentos. La historia que hoy presento no es la más dolorosa ni la más curiosa que me ha tocado vivir dentro de un consultorio; simplemente es la última en el tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I – Indignación&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegué al consultorio, la recepcionista estaba hablando por teléfono, por lo que me limité a saludarla con un gesto y me dirigí hacia uno de los sillones dispuestos en la sala de espera. Nada había cambiado, los mismos cuadros, las mismas revistas, el aroma insoportable de siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No había terminado de acomodarme, cuando escuché la tímida voz de la recepcionista que me decía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Lo siento, pero el doctor no puede atenderlo. Hoy tiene muchos pacientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No se preocupe, yo también soy paciente&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No, en serio, hoy no puede atenderlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Pero, ¿cómo es esto? ¿Esperaron a que llegara para comunicármelo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No… bueno, sí… lo que pasa es…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Por qué no puede atenderme hoy?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Porque usted vino sin turno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Eso no es cierto. Revise su agenda, por favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Sí, aquí está –me dijo señalando mi nombre con su dedo–, pero lo tengo anotado en el día jueves, ¿no ve?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Veo; sin embargo, no comprendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Esto significa que su turno fue ayer –dijo ella rozando la ofensa. Tanto fue así que los dos pacientes que compartían la espera, se miraron entre sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Eso fue lo que ustedes anotaron, no lo que me dijeron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Realmente, lamento el malentendido –dijo ella esquivando mi feroz mirada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Y yo ni le cuento. Hágame un favor, sea buena, vaya y dígale al doctor que yo digo que él mismo me citó para hoy. A ver si se le ocurre alguna solución amigable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Está bien, espere un momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No sólo se equivocan sino que además me responsabilizan de sus errores –dije cuando la recepcionista ya no estaba, con el propósito de defender mi orgullo frente a los pacientes de turno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La señorita se alejó por el largo pasillo y al cabo de unos minutos regresó con un gesto de fingida tristeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Lo lamento, pero vamos a tener que reprogramar el turno para otro día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¡Esto es insólito! Sé muy bien que hoy era mi turno. ¿Qué dijo el doctor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Trajo el papelito?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Qué papelito?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–El papelito que indica el día y la hora del turno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No me dieron ningún papelito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Entonces tendrá que volver otro día. El doctor dijo que si no tiene el papelito no podemos confirmar sus palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estuve a punto de desatar un escándalo, pero mi naturaleza tranquila me contuvo. Entendí que debía retirarme de inmediato. No sólo estaba perdiendo el tiempo, sino que además estaba haciendo el ridículo frente a los otros pacientes. Por tal motivo acepté las injustas circunstancias y me avine a reprogramar el turno. Tomé el estúpido papelito y me retiré refunfuñando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba furioso. Yo sabía muy bien que me habían dado un turno para el viernes. De hecho, había aceptado ese horario aun sabiendo que llegaría tarde a otro compromiso que tenía programado de antemano. Compromiso al que finalmente no asistí porque no estaba de humor para visitar a otro médico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa jornada no pude pensar en otra cosa. Forzando la memoria reconstruí los hechos pasados y llegué a recordar el momento en que fijamos el turno que había generado el malentendido. Aquel día, tras la consulta, el doctor me acompañó hasta la recepción para administrarme otro turno, pero como la recepcionista estaba gestionando un turno para otra persona, no pudo anotarlo. No obstante, el doctor revisó la agenda y me ofreció un horario para el día viernes. Tras lo cual, me despedí con la mejor de mis sonrisas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otra cosa que me molestó del suceso fue la cobardía del dentista. Yo, en su lugar, habría salido a dar la cara. Hay asuntos que no admiten intermediarios. Por otra parte, quien se reconoce inocente no necesita ocultarse. Hay que ser muy soberbio para descartar otra postura sin siquiera escucharla. Desde ese momento juré que me vengaría. No sabía muy bien cómo, pero sí sabía que lo haría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II – Vergüenza&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A diez días de aquel episodio, me hice presente nuevamente en el consultorio. Saludé a la recepcionista como quien saluda a una planta y me ubiqué en el mismo sillón de siempre. Al momento me sentí observado por ella, pero como no tenía ningún interés en cruzar miradas, me dispuse a mirar una espantosa lámina que colgaba de la pared.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aun así, pude apreciar de soslayo que la recepcionista hablaba en voz baja por teléfono. Temí lo peor. La señorita abandonó su escritorio y se dirigió hacia mí. Por un momento pensé que estaba soñando. Su voz me despabiló.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Acabo de hablar con el doctor. Ahora no puede atenderlo. Vamos a tener que…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Es una broma? –dije, interrumpiéndola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No, yo no bromeo. Parece que el trabajo que tiene que hacerle lleva su tiempo. Y ahora debe atender a otros pacientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Es la segunda vez que me hacen esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Lo sé, pero usted tenía turno a las diez, y llegó a las diez y media.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Está segura? Yo creo que mi turno era a las diez y media.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No, su turno era a las diez –me dijo señalando mi nombre en la agenda– ¿no trajo el papelito?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No, no traje el papelito –dije mordiendo las palabras–, pero estoy convencido de que era a las diez y media –concluí sin convicción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Vamos a tener que reprogramar el turno entonces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin levantarme del sillón, bajé la mirada y llevé las manos a la cabeza. Intentaba calmarme. ¿Me están tomando el pelo?, pensé. (En realidad era yo mismo el que me tiraba de los pelos.) No podía creer lo que estaba sucediendo. Pero esta vez la bronca era conmigo mismo. No me perdonaba el olvido del papel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Mire, no voy a discutir con usted. Supongo que no es la culpable. ¿Puede decirle al doctor que necesito hablar con él?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La señorita fue en busca del doctor y yo permanecí pensativo. A mi lado una señora me observaba sin disimulo. Yo pretendía que el dentista me manifestara su decisión en persona, pero no había pensado cómo debía enfrentarlo. No estaba seguro como la vez primera. Mi conciencia no me permitía defenderme como hubiese querido. Y como no me gusta discutir cuando no estoy convencido de lo que pienso, no sabía cómo afrontar la situación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La recepcionista me anunció que el doctor venía en camino, y se acomodó en su escritorio desligándose del problema. Seguidamente apareció el doctor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Necesito por lo menos media hora con vos. –dijo él, un tanto alterado–. Tengo que limar el perno y tomar unos moldes. Pero no puedo hacerlo ahora. Venite otro día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Mirá, no traje el papelito –dije mientras me ponía de pie–, razón por la cual prefiero no discutir, pero es la segunda vez que me hacen lo mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Pero viniste media hora tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Y vos viste lo que me hicieron el otro día?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Y por eso hoy viniste tarde? ¿Para hacerme la &lt;i&gt;vendetta&lt;/i&gt;?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No, nada de eso –dije escondiendo la sonrisa que me provocó su comentario–, yo creo que mi turno era a las diez y media.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No, tu turno era a las diez. Está anotado. Estuve media hora esperándote. Me dejaste clavado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Bueno, pero tal vez lo anotaron mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No, acá no nos equivocamos con los turnos. Somos muy cuidadosos en ese aspecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Lo mejor sería que me atiendas hoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No puedo ahora. Entendeme –dijo en tono desesperado–. Elegí el día que vos quieras, a la hora que quieras. Sólo te exijo puntualidad. Bueno, te dejo porque estoy atendiendo a otra persona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Un momento –le dije cuando se disponía a volver al trabajo–, hoy no estoy del todo seguro, quizás ustedes tengan razón, pero el otro día la razón estaba de mi lado; lo que me hicieron el viernes pasado fue una falta de respeto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Bueno, ¿qué querés que te diga? Perdoname si pensás que te falté al respeto –me dijo en un tono muy particular, como si estuviera hablando con un loco, tras lo cual se alejó en silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quedé paralizado. No sabía cómo proceder. Había desperdiciado la oportunidad de hacer valer mis derechos. Todas las ideas que circulaban por mi cabeza eran descabelladas. Respiré hondo. Sentí calor. Tenía ganas de aplicarle un puñetazo, de romper sus costosos aparatos. La señora me miraba con compasión. Cabizbajo, caminé hasta la recepción y elegí un turno. Confronté el horario del papel con el de la agenda y me retiré aturdido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando abandoné el consultorio, en lugar de ir al trabajo, me dirigí a mi casa. Tenía que ver ese maldito papel. Al verlo, sentí vergüenza. El turno era a las diez. Me había equivocado. Me recosté en la cama a meditar acerca de lo sucedido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comprendí que había cometido un error imperdonable. La sucesión de acontecimientos me quitaba credibilidad. Quién iba a creer entonces que el primer desencuentro se había producido por una falta de parte de ellos. No, la culpa de todo la tenía el bobo que no había sido capaz de recordar un horario. No sólo una, sino dos veces. ¡Qué irresponsable! ¡Qué distraído! ¡Qué ridículo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por otro lado me arrepentía de mi comportamiento en el consultorio: “¿Qué fue eso de acusar al doctor de irrespetuoso? Es la actitud propia de una novia enojada que recurre a hechos del pasado para fortalecer un absurdo reproche. Si pudiera volver atrás, actuaría de otra forma.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, aun reconociendo mi responsabilidad en el asunto yo tenía motivos para estar molesto. El doctor había demostrado tener mala voluntad. Eso es indudable. ¿Tan ocupado estaba el hombre que no podía hacerme un lugar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que me condujo a pensar que quizá bajo otras circunstancias el doctor habría accedido a atenderme; al menos en la segunda oportunidad. No lo sabía realmente. Es posible que estuviera ofendido. O peor aun, enojado. Y entonces recordé con horror una sencilla frase que me dijeron hace mucho tiempo. Una frase que retumbó en mi mente sin piedad durante todos esos días: “Nunca te pelees con tu dentista.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III – Orgullo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fin había llegado el día. Esta vez no hubo confusiones. Sentado esperé mi turno hasta que me hicieron pasar. El doctor me saludó con sospechosa naturalidad, estiró la mano con sobrada confianza y yo la estreché sin responder a sus palabras. Había decidido mantenerme en silencio. Era la forma que yo había escogido para manifestar mi fastidio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me acomodé en el sillón de operaciones y clavé la mirada en el techo. El doctor hacía los preparativos pertinentes. Al menos eso parecía. En realidad, no le prestaba atención. Sólo sé que se tomó su tiempo. Hizo algunos comentarios relativos al trabajo que realizaría en mi boca y yo me limité a cerrar los ojos. Sabía que mi comportamiento era infantil pero eso me tenía sin cuidado. Finalmente, se acomodó en su silla y se dispuso a trabajar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La anestesia no era necesaria. La tarea consistía en pulir el perno que me había colocado en la última entrevista efectiva. Nada doloroso. Al menos eso pensaba. Para ello utilizó el torno. Ese aparato que despide un chorro agudo como una aguja; el mismo al que en mi infancia le llamaban avioncito; un elemento poco querido, cualquiera sea el nombre que le otorguen. El doctor aplicaba el torno sobre el perno en forma intermitente. La idea era otorgarle la forma propicia para colocar luego una corona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo se desarrollaba en forma normal hasta que comencé a sentir una leve molestia. No era el dolor característico que produce el nervio de una muela. De hecho, no tengo nervio en esa muela, tengo hecho un conducto. Y este dolor era muy distinto. Me daba la impresión que por momentos el dentista no le acertaba a la muela, y que la aguja líquida lastimaba la encía. Tal circunstancia me resultó extraña, pero no lo suficiente para alarmarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No obstante, lo que comenzó como una molestia en la encía, se volvió enseguida una tortura. Y no me lastimaba sólo la encía, sino también todo lo que la rodea; sobre todo el espacio que ha dejado libre la muela de juicio. El doctor advirtió mis gestos de dolor y se excusó diciendo que la muela estaba en un sitio muy incómodo para trabajar. Y así continuó taladrando mi boca sin darme respiro, aprovechándose de mi permisivo silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La situación se tornó intolerable, insostenible; sin embargo, me mantuve callado. El orgullo me impedía defenderme. No sabía si el doctor lo hacía con el propósito de lastimarme o si esa era realmente la única forma de lograr el objetivo. Lo cierto es que nunca me habían hecho algo semejante. Aun así, mi idea era simular el dolor. No quería darle el gusto de verme sufrir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así soporté durante largos minutos el acecho del torno sobre mi boca sin decir palabra alguna. Entonces recordé la escalofriante escena de una película maravillosa. El protagonista era sometido a una tortura dental para obtener de él una confesión. No pude recordar cómo terminaba. Aflojé los párpados y mantuve las manos abiertas para que no advirtiera que estaba resistiendo. En un momento dado, una lágrima escapó por mi ojo izquierdo y torcí la cabeza para que no la viera. Era una locura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo llegaba su fin. Me hice un buche con agua y escupí un litro de sangre. El agua que contenía ese mísero vaso no fue suficiente para enjuagar la boca, pero no me atreví a mendigarle agua. Sólo restaba el molde. Para ello me colocó una sustancia moldeable sobre la muela, y, tras morderla por unos instantes, me liberó. Con la punta de la lengua comprobé que la zona estaba severamente dañada. Como si hubiera sufrido pequeños latigazos. Sin embargo, mantuve la compostura. Me acomodé el sobretodo y la bufanda. Estaba listo para partir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El doctor me detuvo por un instante para aplicarme gel sobre las heridas. Luego me hizo entrega del tubo de gel y me sugirió que me lo aplicara cada tres horas, sobre todo después de las comidas. Tras ese vil acto de misericordia me indicó que reservara un turno para la semana entrante. Ese día me colocaría por fin la corona. Finalmente, nos despedimos con un apretón de manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la recepción la señorita me hizo entrega del papel que contenía la reserva del turno. Posteriormente, me despedí de ella como quien saluda a una roca y abandoné el consultorio con una extraña sensación. No había dicho una palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV – Satisfacción&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella mañana amanecí de excelente humor. Era mi última visita al dentista. Sólo tenía que colocarme la corona. No podría lastimarme. Cuando estaba dispuesto a partir hacia el consultorio, recordé que debía llevar el famoso papelito. Me costó trabajo encontrarlo. No sabía dónde lo había escondido para que no se perdiera. Finalmente, lo encontré. Al revisarlo quedé paralizado. No coincidían los horarios. En el papel figuraba un horario muy distinto al que yo tenía en mente. Y mi mente estaba muy segura esta vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En efecto, yo recordaba que la recepcionista me había propuesto el horario de las diez menos cuarto, el cual yo había aceptado con un gesto, pero, según el papel, el turno estaba reservado para las diez y cuarto. Había media hora de diferencia. Mi primera reacción fue la de cualquier hombre sensato. Siendo las nueve y media, decidí partir para llegar en horario al primer turno, el que yo recordaba. En el peor de los casos, si el horario era el que figuraba en el papel, tendría que esperar un poco, pero finalmente me atenderían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora bien, esa era la conducta a seguir por un hombre prudente, pero no la de uno sediento de venganza. La idea sobrevino cuando estaba abriendo las puertas del ascensor. Todavía recuerdo la sonrisa que me dediqué frente al espejo en ese momento. El plan era muy sencillo. No tenía nada que perder. De inmediato cerré las puertas y reingresé a mi casa. Disponía de media hora para hacer lo que quisiera. La empleé en gran forma. Me senté a escuchar una sinfonía inconclusa e imaginé distintos finales para mi historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si bien yo estaba convencido de que el horario del turno era el que mi mente indicaba, podía darme el gusto de presentarme en el horario que figuraba en el papel. Precisamente el papel era mi respaldo; el pasaporte para una sana venganza. Yo sólo debía llegar a la hora que el papel señalaba, provisto de un manto de inocencia inexpugnable. Luego sucedería lo de siempre. Pero esta vez yo tendría una prueba irrefutable: El papelito. El papelito que ellos mismos me habían dado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apenas ingresé&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;en el consultorio me crucé con la mirada del dentista. No era una mirada amistosa. El comienzo era inmejorable. El hombre estaba en la sala de espera, llamaba a una paciente por su nombre con el fin de atenderla. Yo desvié la mirada y la centré en la recepcionista. Estaba ocupada, hablando por teléfono. Cuando el doctor se perdió por el pasillo, me dirigí hacia mi sillón. Me aflojé la bufanda y me dispuse a esperar. Estaba sumamente nervioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el espectáculo no se hizo esperar. El doctor apareció al instante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Te aviso que vas a tener que esperar una hora por lo menos –me dijo con prepotencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Por qué? –dije yo, practicando un gesto de sorpresa que había ensayado momentos antes en el ascensor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Porque llegaste tarde otra vez. Tu turno era a las diez menos cuarto y llegaste a las diez y cuarto –replicó el doctor en el peor de los modos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Me parece que mi turno era a las diez y cuarto –dije yo, mansamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No, tu turno era a las diez menos cuarto. Siempre me hacés lo mismo. Venís el día que se te canta, a cualquier hora, sin el papel, y todavía pretendés que te atienda. Me tenés cansado, viejo…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre estaba realmente molesto. Agitaba los brazos formando ademanes inapropiados. Nunca había visto a un dentista tan enojado. Yo por mi parte, presentaba el estado tímido y sereno de un hombre pacífico, lo que probablemente logró enfurecerlo aún más. Y así, sin pronunciar palabra, extraje de mi bolsillo el misterioso papelito. Lo observé sin expresión alguna ante su ansiosa mirada, y se lo extendí luego en absoluto silencio. Todo a una lentitud exasperante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus ojos salieron de órbita. No podía despegar la mirada del papel. Quizá pensaba que de esa forma podría modificar la hora. Pero no lo consiguió. Al colisionar contra la verdad impresa no pudo contener una expresión obscena. Estaba fuera de quicio. Yo lo observaba con piedad, como pidiendo disculpas, aunque por dentro mi organismo se regocijaba pleno de satisfacción. El hombre me devolvió la tarjeta con fastidio y se retiró protestando por el pasillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No habían pasado siquiera cinco minutos del fabuloso episodio cuando vi aparecer a la mujer que el doctor había hecho pasar momentos antes. Tomó asiento en otro sillón y me ofreció una mirada enemiga. La ignoré sin culpa. De pronto escuché mi nombre. El doctor me llamaba. Nunca había recorrido ese pasillo con tanto entusiasmo. Rebosaba de alegría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El doctor estaba mucho más calmo. Lo primero que hizo fue pedirme disculpas. Yo las acepté con fingida modestia y le pedí que olvidáramos el asunto. Sin embargo, continuó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Ves –me dijo señalando mi nombre en una hoja de papel que él tenía–, yo te tenía anotado para las diez menos cuarto. Esto es culpa de la boluda esta. (La recepcionista.) La voy a levantar en peso, ya va a ver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No le digas nada, pobre mujer. Un error lo comete cualquiera –dije yo, mientras extraía el papelito con el fin de enrostrárselo una vez más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Sí, está bien claro que fue un error. En el papel dice una cosa y en la agenda otra. Pero me da mucha bronca porque casi te dejo esperando una hora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No te preocupes. Ya está todo solucionado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dicho esto, cada uno se ubicó en su lugar y comenzó el gran momento. El hombre se encargó de todos los preparativos con sumo cuidado. Me guardaba el mayor de los respetos. Anunció los pasos a seguir del modo más amable. Yo esperaba sentado en el trono. Jamás me había sentido tan cómodo. De pronto, se inclinó ante mí y por fin me coronó. La sensación era muy extraña. Le manifesté que la corona me incomodaba un poco, y él me dijo que eso era normal al principio, pero que muy pronto me acostumbraría. Según sus propias palabras, me sentaba a la perfección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, con la corona en su lugar y el sobretodo puesto, emprendí la retirada. Recorrí el pasillo a paso lento y seguro, seguido muy de cerca por mi fiel dentista. Al llegar a la sala de espera saludé a la mujer que allí esperaba y revolví los pelos de un niño que correteaba por ahí. En la recepción me detuve un instante para despedirme de la recepcionista. La tomé de la mano y le regalé una moderada sonrisa. El doctor me sostenía la puerta. Me volví para enfrentarlo y estrechamos las manos con fuerza. Finalmente, me despidió con una reverencia.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;La coronación había sido un éxito.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;/span&gt;  &lt;p style="font-weight: bold;" class="MsoNormal"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-2360891201000322359?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/2360891201000322359/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=2360891201000322359' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/2360891201000322359'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/2360891201000322359'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2008/08/el-dentista.html' title='El dentista'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGi73l4hFI/AAAAAAAAAeQ/zK8ieZGBW1Q/s72-c/El+dentista.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-5993614362835186094</id><published>2008-07-13T11:16:00.030-03:00</published><updated>2010-01-08T21:00:49.592-03:00</updated><title type='text'>El actor</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGic3GHrnI/AAAAAAAAAeI/ziJrx-bnqp4/s1600-h/El+actor.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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Sólo él sabía cuán desgraciada era su vida. En el pasillo se dispuso a aguardar sin ánimo la llegada del ascensor; sentía una profunda aversión a los ascensores antiguos. A su vez, como se negaba a desperdiciar el tiempo, dedicó la espera a ordenar los papeles que guardaba en su portafolio. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Una vez dentro del ascensor, dio comienzo al lento descenso. Adoptando un aire inteligente, llevó la mano libre hacia uno de los bolsillos de su raído saco, de donde extrajo una empanada que llevaba envuelta en una servilleta. Tras desenvolver con cuidado la punta, se ofreció el primer bocado; era el momento propicio para despachar el almuerzo. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;No había dado siquiera el segundo bocado, cuando el ascensor se detuvo entre dos pisos. Sin perder la calma, miró en derredor. El mundo permanecía quieto. Antes de pulsar cada uno de los botones que estaban a su disposición, se aseguró de que las puertas estuvieran bien cerradas. No obstante lo cual, todos sus actos resultaron en vano. Había quedado atrapado. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Tras una breve pausa, colocó la empanada entre sus labios y abrió el portafolio. Revolvió su interior con vehemencia hasta que halló por fin lo que buscaba. Tomó una birome y, sin alzar la mirada, se abocó a escribir con fluidez sobre un papel. Al finalizar el texto, guardó el papel en un bolsillo y reanudó su almuerzo. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Recién cuando hubo terminado la empanada, se decidió a clamar por ayuda. Apoyó el portafolio en el suelo, dejó caer la servilleta, y presionó la alarma. Al comprobar que ésta no funcionaba, resolvió agitar las rejas del ascensor, lanzando voces de auxilio. Eran gritos desesperados. Las voces hacían eco contra las paredes, pero no recibía respuestas. &lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;El edificio parecía estar desierto. &lt;/span&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;De pronto, escuchó la voz de un hombre que le gritaba desde lo bajo. Era la voz del encargado del edificio que pretendía calmarlo. Tras una breve explicación brindada a los gritos, se comprometió a solucionar el desperfecto. El hombre, sin mutarse, aprovechó la espera para apuntar algo más en su papel. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Al cabo de un rato, el ascensor continuó el descenso. En la planta baja lo esperaban el encargado y una señora. Cuando el ascensor llegó a la base, el hombre abrió las puertas y se apresuró a salir de él. Presentaba un estado lamentable. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Llamen una ambulancia, por favor. Me desmayo… me desmayo –dijo el hombre, tomándose la cabeza, mientras se desplomaba en el suelo. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;El encargado, de acuerdo a lo sugerido, se dirigió a la portería para solicitar una ambulancia. La señora, por su parte, intentaba reanimarlo dando voces de aliento. Por alguna razón no se animaba a tocarlo; apenas lo abanicaba con sus manos. Y el hombre, manteniendo un ojo abierto, enjugaba la transpiración de su calvicie con un pañuelo, al tiempo que sustraía del bolsillo la nota que había escrito en el ascensor. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Cuando el encargado regresó a la puerta del ascensor, advirtió que la señora que había estado cuidando al hombre, se alejaba por el pasillo lanzando improperios y sacudiendo los brazos en señal de fastidio. En tanto que el hombre, aún en el suelo, pero exhibiendo una notoria mejoría, estiraba el brazo con el propósito de hacerle entrega del papel que sostenía con su mano. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Tome. Firme esto, por favor –dijo el hombre con cierta impaciencia. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;El encargado, aún confundido, tomó la nota y se dispuso a leerla. (Me reservo algunos datos establecidos en la misma por razones que muy pronto comprenderán.) La nota decía lo siguiente:&lt;/b&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt; &lt;!--[if !supportLineBreakNewLine]--&gt; &lt;!--[endif]--&gt;&lt;/p&gt;  &lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;&lt;/span&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;"Yo fui testigo de que el señor …………, en virtud de un grave desperfecto, quedó atrapado dentro del ascensor del edificio sito en la ciudad de ............, con frente a la calle ............. número ......... Tras veinte minutos de brutal encierro, el señor ………… finalmente fue liberado. Pero sus condiciones de salud eran alarmantes. Presentaba un estado de conmoción tan severo que, apenas consiguió dar el primer paso fuera del ascensor, se desmayó sin remedio a mis pies, obligándome entonces a solicitar una ambulancia que acudiera en su rescate. (Fecha) " &lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Cuando el encargado terminó de leer el contenido de la nota, comprendió que estaba parado frente a un auténtico farsante. Entendía que el muy astuto lo había planeado todo desde el momento en que había quedado atrapado en el ascensor; o quizá mucho antes, se decía después. Lo cierto es que el encargado le hizo saber al hombre lo que opinaba de su engaño. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Usted es un actor –dijo el encargado. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Y usted es un demandado –dijo el actor, sin vacilar–. Vamos, firme la nota, que no me agrada perder el tiempo. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;En un primer momento el encargado se opuso a firmar la nota, pero el actor lo persuadió invocando una sarta de mentiras provistas de apariencia legal, según las cuales, si se negaba a firmar la nota, podría terminar preso por el resto de su vida. En tanto que si accedía a firmar la nota, la acción sería dirigida exclusivamente al consorcio de copropietarios del edificio, liberándolo a él de toda culpa. Dicho esto, el encargado, aun sin comprender el verdadero significado de las palabras vertidas por el actor, resolvió firmar la nota. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Con la nota firmada en su poder, el actor se incorporó dando sobradas muestras de molestia, dispuesto a regresar al estudio jurídico. Y una vez dentro del ascensor, se dirigió al encargado diciendo: &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Cuando lleguen los de la ambulancia, dígales que estoy en el séptimo piso. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Al cabo de un tiempo, hacían su ingreso al estudio jurídico los camilleros acompañados por el encargado. Allí fueron recibidos por la secretaria, quien rápidamente los condujo hasta el despacho de su jefe. El actor estaba tendido en un sofá, tenía un pañuelo mojado sobre la frente, y a su lado, sentado sobre una silla, se encontraba el abogado, quien le brindaba algún tipo de asistencia. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Mientras los camilleros preparaban al paciente, el encargado separó a la secretaria hacia la recepción. Entre ellos existía una muy buena relación. Él pretendía saber qué era lo que estaban tramando, y ella le dijo que por lo que había podido escuchar, estaban evaluando la posibilidad de iniciar una acción legal contra el consorcio por un caso de claustrofobia. Al instante el encargado quiso saber si él se vería afectado de alguna forma, a lo que ella respondió con una sonrisa tranquilizadora. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;El encargado, ya más calmo, la indagó entonces con relación al extraño personaje, al cual ya había visto en repetidas oportunidades, y ella en pocas palabras le brindó un retrato de su vida. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Según parece, hace muchos años, este señor sufrió un accidente en el que perdió una de sus piernas. Bueno, en realidad no la perdió, la tiene paralizada. De ahí su dificultad para caminar. Y en virtud del accidente, recibió una importante indemnización, la que le permitió vivir con decencia durante mucho tiempo. Sin embargo, desde ese día el hombre ha vivido obsesionado con los daños y perjuicios. Y de un tiempo a esta parte, ha dedicado su tiempo a iniciar juicios a diestro y siniestro. Aprovecha cualquier ocasión para entablar un juicio. Y el doctor se encarga de llevarlos adelante. Algunos los ganan, otros los pierden, pero sin duda son más los juicios ganados. Su condición de lisiado ayuda. Sin ir más lejos, hace un rato nos trajo un nuevo caso. Daños sufridos como consecuencia de introducir su pierna tullida en el pozo de una vereda. Mirá, acá están las fotos del pozo. Y por otro lado tengo las de su pierna… &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Pero, un momento, disculpá que te interrumpa, ¿el doctor va a iniciarle juicio al consorcio del edificio en el cual trabaja? &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–¿Qué querés que te diga? El doctor nunca ha sido muy sentimental que digamos. Y no olvides que sólo es un inquilino... La verdad es que no lo sé. Precisamente de eso estaban conversando cuando ustedes llegaron. Aunque hay algo que sí puedo asegurarte: si no lo sigue el doctor, lo seguirá un colega de su confianza; con la debida participación, por supuesto. El juicio está ganado, sólo resta cobrarlo. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;En eso estaban ellos, cuando aparecieron el doctor, el actor y los dos camilleros. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;El actor se despidió del doctor con un fuerte apretón de manos, y, recostado en la camilla, abandonó el estudio con la certeza de que muy pronto obtendría un fallo favorable. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Ya en el pasillo, los camilleros se dirigieron hacia las puertas del ascensor, pero el actor se negó a subir en él. No estaba dispuesto a correr el riesgo de quedar atrapado; mucho menos en el estado en que se encontraba. Sorprendidos ante semejante capricho, intentaron persuadirlo de la conveniencia de hacer uso del ascensor, pero el actor se rehusó profiriendo amenazas. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Así entonces, dando muestras de fastidio, los camilleros emprendieron el descenso por las escaleras, ignorando que cargaban a un extraño sujeto que haría todo lo posible para dejarse caer.&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-5993614362835186094?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/5993614362835186094/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=5993614362835186094' title='4 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/5993614362835186094'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/5993614362835186094'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2008/07/el-actor.html' title='El actor'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGic3GHrnI/AAAAAAAAAeI/ziJrx-bnqp4/s72-c/El+actor.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-896217768452703515</id><published>2008-06-25T01:56:00.016-03:00</published><updated>2009-12-28T21:32:46.914-03:00</updated><title type='text'>El experimento</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGh-JKjaKI/AAAAAAAAAeA/MNK1UjG02iI/s1600-h/El+experimento.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; 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El mismo es muy sencillo y no requiere más que un poco de paciencia. Para obtener un mejor resultado, es aconsejable contar con la colaboración de uno o dos amigos. La idea es plantarse en una esquina, mirar hacia arriba en dirección al piso alto de algún edificio, y sostener la mirada durante un tiempo. Eso es todo. No hace falta más.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Al poco tiempo notarás cómo se amontonan los transeúntes a tu alrededor con el fin de averiguar qué es lo que está sucediendo arriba. El curioso fenómeno se produce, creo yo, porque no es común levantar la vista en la ciudad, lo que conduce a los peatones a sospechar que algún episodio extraordinario debe de estar ocurriendo. Y el lugar más propicio para llevar a cabo el experimento es sin duda una esquina, porque la gente no sabe qué hacer mientras espera que cambie la luz del semáforo. (Salvo usted, por supuesto)&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Cabe señalar ahora los distintos tipos de gente que suelen participar de este absurdo. Están los silenciosos, aquellos que observan en silencio; los más ansiosos, aquellos que preguntan ni bien se suman a la muchedumbre; y también están los cautelosos, aquellos que alzan la vista con disimulo, como quien no quiere la cosa. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Pero eso sí, nunca faltan los que, al advertir el desconcierto general, aprovechan la confusión para proponer las situaciones más ridículas. Éstos son los más interesantes; los que avivan el espectáculo. Es realmente increíble hasta dónde puede llegar la imaginación de algunas personas. Y es verdaderamente desopilante la seguridad con que el hombre sostiene sus propias invenciones, aun cuando los hechos lo contradicen. Algunos hombres son capaces de hacer cualquier cosa con tal de captar la atención de los demás. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Después de un rato, cuando ya son varios los curiosos reunidos, es recomendable cruzar a la vereda de enfrente y disfrutar el espectáculo desde otra perspectiva. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Sin ir más lejos, hace poco tiempo llevamos adelante un experimento muy gratificante. Fue un domingo por la tarde. (A esas horas la luz no es mucha ni poca.) En el principio éramos tres amigos. Nos detuvimos –manteniendo entre nosotros una prudente distancia– en una esquina ubicada en el corazón de la ciudad. Y bajo tales circunstancias dirigimos la vista hacia un punto fijo ubicado en lo más alto de un edificio. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;De inmediato se sumaron los primeros fisgones. Uno de ellos, un joven engreído, me interrogó de mal modo, a lo que respondí con un gesto de confusión. Cada uno aplica sus propios métodos ante las preguntas de los curiosos. Mis amigos prefieren señalar a las alturas, sin brindar mayores explicaciones. Por el contrario, yo adopto una actitud evasiva y fastidiosa; con gestos les hago saber que me interrumpen en el mejor momento. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Lo cierto es que aquella tarde no hubo necesidad de recurrir a nuestras dotes histriónicas. Dos señoras de edad oculta se adueñaron al instante del episodio. A estas mujeres no les importaba realmente qué pudiera estar sucediendo en aquel edificio. A ellas las seducía la reunión de personas en torno a un acontecimiento incierto. Las dos señoras sabían muy bien que aquella era una excelente oportunidad para destacarse entre la gente. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Fue entonces cuando, en el momento de mayor confusión, uno de los curiosos planteó la posibilidad de un suicidio. (Una de las variantes más comunes en estos casos.) Y así, una mujer que estaba regando las plantas en su balcón se convirtió de un momento a otro en una suicida potencial. Las dos señoras, al comprobar que la propuesta del hombre de voz grave era aprobada por la mayoría, se apresuraron a ofrecer su opinión al respecto. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Ya lo decía yo –dijo una. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Hoy en día todos quieren acabar con su vida –dijo la otra. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;El murmullo se hizo más bullicioso. Nadie se atrevía a contradecir a las dos señoras. Nadie quería hacerlo. Una suerte de entusiasmo indebido se transmitía en el ambiente. Había que ver la satisfacción con que recibían la noticia los recién llegados. Aun así, los rostros de espanto pretendían ocultar el verdadero sentimiento. Tarea por demás difícil, claro está. Bien sabido es que el hombre anhela ser testigo del suceso trágico. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Por otro lado, en el décimo piso, la mujer que estaba regando las plantas, sorprendida por la multitud de personas, se apoyó sobre la baranda del balcón con el propósito de averiguar qué era lo que sucedía. Desde arriba nos estudiaba con la atención que presenta el ignorante que intenta comprender. (Mi visión es prodigiosa, lo sé) Y los curiosos, al contemplar la disposición de aquella mujer, se alteraron aun más de lo que estaban; entendían que el salto al vacío era inminente.&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;Las dos señoras, advirtiendo el nerviosismo reinante, no tardaron en hacerse oír. &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–No te tires –gritó una. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Siempre hay una razón para vivir –agregó la otra. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Entonces, todos imitaron a las dos señoras. Los gritos resultaron conmovedores. Con los brazos en alto intentaban disuadir a la supuesta suicida. Y ésta, sin comprender del todo la situación, debió de sospechar que se dirigían a ella, porque aun con ciertas dudas sacudió el brazo conformando un tímido saludo. Tal conducta motivó una bulliciosa reacción de parte del público allí reunido. La misma fue interpretada de diferentes formas. No lograban ponerse de acuerdo. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Y cuando el hombre de voz grave proponía dar aviso del episodio al encargado del edifico, un oficial de policía se hizo presente en el escándalo. Apenas lo vieron, las dos señoras se abalanzaron sobre él. Entre ellas se peleaban por ofrecer el comunicado. Tras una confusa descripción de los hechos, el oficial y las dos señoras cruzaron la calle, con el objeto de aclarar las circunstancias. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Los demás permanecimos reunidos en la esquina observando a la supuesta suicida, quien a su vez nos observaba extrañada desde el balcón. En eso estábamos cuando la mujer se perdió de pronto en el interior de su departamento. (Debo creer que era un lugar inmenso y ella bastante despistada.) Momentos más tarde, tras un breve lapso de incertidumbre, se produjo la reaparición de la mujer. La misma presentaba otra actitud. Dando saltos en el balcón nos saludaba con verdadero entusiasmo. Era evidente que ya estaba enterada.&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Al mismo tiempo, en la vía pública, el oficial y las dos señoras caminaban hacia la esquina. De inmediato pude advertir que el oficial intentaba deshacerse de las dos señoras. Ellas lo perseguían dando muestras de fastidio. Él las ignoraba sin detener la marcha. Finalmente, cuando se sumaron al tumulto, el oficial les ordenó de mal modo que se callaran, y se dirigió luego a todos los presentes: &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–¡Falsa alarma! Despejen el lugar ya mismo. Acá no hay ningún suicidio. La señora estaba regando las plantas. Vamos, dispérsense de una vez. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Los curiosos recibieron con poca emoción la noticia. Murmurando por lo bajo se retiraban de a poco. Las dos señoras, por su parte, se negaban a abandonar la zona, y pretendían que todos actuáramos de la misma forma. Estaban convencidas de que la mujer aún estaba en peligro. Según ellas, la voz que escucharon a través del portero eléctrico no era la de una mujer en sus cabales. Y proponían, por tanto, que el oficial subiera al décimo piso para impedir la tragedia. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Cuando nos retirábamos, satisfechos en virtud del resultado obtenido, notamos que ya todos habían despejado la zona, con excepción de las dos señoras. Y lo curioso de la situación era que ambas, ya olvidadas por la gente, presentaban una gran excitación. Con los teléfonos en mano se decían entre sí. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Voy a llamar a mi hija para comunicarle este hecho aberrante –dijo una. &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;–Y yo a mi nuera –dijo la otra–; voy a demostrarle que ella no es la única que atestigua hechos insólitos.&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/666754341230447769-896217768452703515?l=signaturio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://signaturio.blogspot.com/feeds/896217768452703515/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=666754341230447769&amp;postID=896217768452703515' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/896217768452703515'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/666754341230447769/posts/default/896217768452703515'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://signaturio.blogspot.com/2008/06/el-experimento.html' title='El experimento'/><author><name>Signaturio</name><uri>http://www.blogger.com/profile/03645751401441519150</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://bp2.blogger.com/_a0kbkvB702M/R88ieh8bkRI/AAAAAAAAAAM/rkaVr3_D8d8/S220/Signaturio.png'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGh-JKjaKI/AAAAAAAAAeA/MNK1UjG02iI/s72-c/El+experimento.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-666754341230447769.post-8266230000596035390</id><published>2008-06-09T00:13:00.056-03:00</published><updated>2009-12-29T04:42:44.828-03:00</updated><title type='text'>El maduro</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGhQ7ICLVI/AAAAAAAAAd4/-_L6V6Lq7QQ/s1600-h/El+maduro.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 234px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_a0kbkvB702M/SkGhQ7ICLVI/AAAAAAAAAd4/-_L6V6Lq7QQ/s320/El+maduro.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5350735144414227794" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"&gt;&lt;meta name="ProgId" content="Word.Document"&gt;&lt;meta name="Generator" content="Microsoft Word 10"&gt;&lt;meta name="Originator" content="Microsoft Word 10"&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CDOCUME%7E1%5CNAPIOL%7E1%5CCONFIG%7E1%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt; 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El lugar escogido para detenernos y las balizas desactivadas eran los medios elegidos por el conductor para manifestar su fastidio. (Es asombroso cuán rebelde puede llegar a ser el hombre cuando se lo propone.) La feroz protesta se debía a que la noche no había colmado nuestras expectativas. Un conjunto de decisiones equivocadas y el descuido absoluto del don de la oportunidad, nos habían conducido por el camino de lo incierto hacia la nada misma. Era una de esas noches que se escurren de la memoria para caer en el olvido más estricto.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-family: Verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Así y todo, nos negábamos a dar por terminada la noche. La somnolencia generada por la cerveza estimulaba el desarrollo de un diálogo ciego y pausado; un diálogo entre cabezas distraídas, ensimismadas sobre las propias ventanillas. Asimismo, la embriaguez producida por el sueño nos inclinaba hacia una risa contagiosa; una risa que nos despabilaba de a poco; una risa que reunía por momentos a todas las miradas. Bajo tales circunstancias, una palabra lanzada en el tono apropiado puede desencadenar por sí sola una serie de risas desorbitadas. Y eso fue lo que sucedió entonces cuando alguien pronunció la palabra “maduro”.&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;De inmediato, uno de mis amigos, precisamente el maduro, dando a conocer su disgusto con la situación, exigió silencio de un modo autoritario, apagó de un golpe la afónica música que nos acompañaba, y, dominado por un impulso irrefrenable, un poco por fastidio, un poco por costumbre, se dispuso a llamar por teléfono a una casa de tolerancia. (En ese momento, al reparar en el aspecto de mi amigo, me pareció descubrir el verdadero motivo por el cual comenzaron a llam
