El farsante



A orillas del mar, bajo una brisa fría y constante que atravesaba la costa de punta a punta, una sombría figura analizaba minuciosamente el oleaje, las corrientes y los vientos, con la estampa del hombre de experiencia. Ante sus ojos, el panorama se extendía en todo su esplendor; decenas de seres provistos de tablas surcaban las aguas en diversas direcciones respetando el orden establecido por los usos y costumbres de la región. El clima era propicio; las condiciones, inmejorables; no obstante, un atisbo de duda recorría su mente generando cierta inquietud. Con las manos unidas en cruz a sus espaldas y practicando gestos de aprobación, evaluaba las salidas posibles, sin hallar pretexto alguno que le permitiera evadir con dignidad el desafío que él mismo se había impuesto. A esa altura era consciente de que no podía echarse atrás. La mayor presión, es preciso decirlo, no provenía del agua, sino de la arena. A pocos metros de distancia, sentadas sobre una toalla dispuesta para la ocasión, dos señoritas visiblemente entusiasmadas con el espectáculo prometido, esperaban con ansias que el héroe del momento hiciera su ingreso al mar.

Momentos antes, cuando todavía se hallaba en el local de tablas, recibía una noticia inesperada: No hay tablas de alquiler, están todas alquiladas. La reacción fue inmediata y resonante. En un alarde de desazón propia de un hombre traicionado, descargó todo tipo de lamentaciones, alzando la voz y haciendo aspavientos. Ignoró con fastidio las excusas, menospreció los perdones y llegó a proferir insultos sin destino marcado, todo ello con el propósito de mantener oculto el alivio que lo envolvía por dentro. Pocas veces se ha visto un acto de indignación tan bien representado. El grado de dramatismo alcanzado en ese momento llegó a ser tan profundo, que logró revolver los más íntimos sentimientos del dueño del local, a tal punto que éste, en un gesto conmovedor, se desprendió de su objeto más preciado. Tomá, llevate mi tabla, le dijo. Ante el hecho consumado, reveló sus grandes falencias; pálido y con los ojos inquietos apenas pudo esbozar una sonrisa. Se lo veía desorientado, tartamudo, indefenso. Todavía opuso cierta resistencia, alegando un tibio resquemor a tomar lo prestado, pero ya sin convicción, con la impericia de siempre, ignorando que todo esfuerzo resultaría vano. El mayor impacto se produjo sin embargo cuando recibió la tabla, cuando advirtió que no era un tablón, sino una auténtica tabla de surf. En ese momento el pavor se escurrió entre sus dedos.

Con la tabla bajo el brazo y con el ánimo por el piso, abandonó el local y se dirigió a la playa arrastrando amargos pensamientos. Las señoritas, por su parte, lo escoltaban dando saltos de alegría con la soltura que caracteriza a las personas que se saben ajenas al juego.

Desde la orilla, en pleno proceso de resignación, pretendía hallar el conducto hacia las olas navegables. Se ajustó la correa al tobillo, sin despegar la vista del agua y aprovechó la postura para estirar las piernas. El traje de neopreno era el detalle imprescindible, el disfraz perfecto, vestido de esa forma no desentonaba, al menos fuera del agua. Podía decirse incluso que era un nativo del lugar. Pese al cansancio, elongó sus brazos para alejar los temores y por un instante se detuvo a observar a un perro que se había echado a su lado. Sintió una profunda envidia al verlo allí tendido, con la mirada serena, ajeno a las presiones humanas. Al recobrar el sentido, fijó la vista en las olas nuevamente. Sabía que era el día menos favorable para aprender a hacer surf en el sentido estricto del término. Las señoritas, con los bazos en alto, vitoreaban su nombre al unísono, motivo que acentuaba su malestar hasta niveles intolerables. Tras una larga espera, ya cansado de tanto festejo, dio una profunda aspiración que lo revistió de coraje, se rascó el pecho con ambas manos, y sin permitirse más rodeos, se abrió paso entre las aguas.

El ingreso fue caótico e interrumpido. La ausencia de un guía dificultaba la tarea. Al cuarto retroceso, forzó una inmensa sonrisa y saludó a las señoritas con el afán de descomprimir la situación. Los repetidos intentos que siguieron al saludo resultaron tan fallidos como los primeros. No había forma de cruzar la rompiente. En un descanso añoró tiempos pasados, se remontó a sus inicios, cuando corría olas a pecho, a la sombra de un gigante, su gran maestro. Quiso largarlo todo y ser feliz nuevamente, pero el orgullo que gobernaba sus decisiones lo obligó a seguir adelante. Y así continuó el derrotero, yendo y viniendo como un alga marina, como un pez muerto, tragando espuma, recibiendo golpes, luchando contra las olas que le cortaban el paso. Probó hundiendo la tabla y alzándola al cielo, la empleó también como escudo penetrante, ubicándose tras ella y pujando con fuerza, pero en todos los casos fue vencido por el poder incontenible de las olas. Una y otra vez fue devuelto sin compasión hacia la orilla en un ajetreo desesperante. Cubierto por la espuma de la vergüenza, tras cada sacudida, se reencontraba con la tabla y volvía a intentarlo, en lo que parecía ser un juego macabro. Andaba solo, más solo que nunca, y se sentía observado. No podía oírlas, ni se volteaba a verlas, pero sabía que reían, que ya no tenía sustento. De pronto, tras varios reveses, cuando maduraba la rendición, se produjo el hecho insólito, el milagro imprevisto; de un momento a otro las olas cedieron y ese punto diminuto que oscilaba en el océano logró avanzar hasta la zona de privilegio.

Cuando llegó a las aguas prometidas, aprovechó la calma de la marea y se sentó sobre la tabla con la intención de recuperar las fuerzas malogradas. Al mismo tiempo, consagró su atención a decidir por dónde convenía afrontar la aventura. Su falta de experiencia le impedía tomar una determinación personal, de modo que optó por seguir el camino escogido por los expertos. Se ubicó a una prudente distancia, adoptando la postura obligatoria y se dispuso a esperar la llegada de las olas. Al perseguir la primera ola se topó con un tremendo escollo, rápidamente advirtió las dificultades que planteaba esa extraña tabla que le habían adosado. A pesar del esfuerzo que hizo, no logró avanzar siquiera un metro. Lo intentó por segunda vez, confiando ciegamente en sus aptitudes, pero el resultado fue todavía más humillante. Confundido, inspeccionó la tabla en la búsqueda de algún desperfecto, pero no encontró ninguna falla visible. Ciertamente, algo andaba mal; las brazadas no surtían efecto y los movimientos de sus pies resultaban estériles. No puede ser tan difícil, repetía contrariado. Tras una larga serie de intentos de la misma factura, el pobre hombre se apiadó de sí mismo y se detuvo a descansar. Estaba exhausto. Sus extremidades parecían estar hechas de plomo. Comprendió que era necesario un cambio estratégico. Para ello, realizó cálculos matemáticos, midió distancias con la ayuda de sus dedos, y observó a los sabios. Recién entonces arremetió con ímpetu y pudo correr una ola. No fue la mejor corrida, es cierto. Cuando quiso ponerse de pie, perdió el equilibrio y cayó al agua en forma estrepitosa. El impacto había sido violento, le vibraba la cara y estaba un poco mareado, pero se lo veía exultante. Después de todo, había dado un gran paso. Fue la primera de muchas caídas, una más dolorosa que la otra y cada una de ellas de un estilo diferente. Bastaba ver la tabla volando por los aires, para intuir que se debatía contra la asfixia, atrapado bajo el agua, impedido de salir a la superficie. Hostigado por las olas conoció la aspereza de la arena oculta y bebió litros de agua salada, aprendió a contener la respiración y descubrió tardíamente que lo que abunda a veces daña.

Extenuado, se entregó por completo a un merecido reposo. Apoyó la cabeza en la punta de la tabla, con los brazos a flote, y se dejó llevar por la corriente. En ese estado navegó a la deriva por tiempo indeterminado. Cuando abrió los ojos, se encontró muy solo, en un sitio distante, alejado de los hombres. Había perdido la noción del tiempo. Todavía aturdido, miró hacia la costa en busca de un punto de referencia y se asombró al comprobar su ubicación. De alguna manera se sentía protegido, le agradaba estar fuera del alcance de las señoritas. Con mucha calma, tomó la decisión de volver, pero una fuerte molestia en los brazos lo obligó a postergar la vuelta. Por otro lado, no había motivos para apurar el retorno. Hasta el momento sólo había oído el sonido que produce el agua al chocar contra una tabla, pero de pronto oyó unos gritos a la distancia. Al principio no pudo determinar de dónde provenían. Miró en derredor, con cierta impaciencia, hasta que divisó a un joven que, separado del resto, sacudía los brazos desde su tabla. Como no podía oírlo, le devolvió el saludo con una sonrisa en el rostro. Ante semejante conducta, el joven estimó conveniente acercarse un poco más. Entonces pudo oírlo claramente: Capo, salí de ahí, te vas a dar contra las rocas. Al oír esto, vislumbró el peligro al que estaba sometido, cosa que no había notado antes, y emprendió la vuelta con vehemencia. En una demostración de ignorancia alarmante, navegó contra la corriente. El resultado fue el esperado; presa del pánico, no hizo más que nadar en falso, sin avanzar, ante la confusa mirada del joven que llegaba para socorrerlo.

El joven no llegó solo, lo hizo acompañado de una muchachita que permaneció apartada en silencio. Ambos quedaron deslumbrados con el carácter del forastero. Al principio se comportó en forma insensata, ocultando el terror que lo acechaba. Sin embargo, al cabo de un rato, advirtió que ya no había necesidad de disfrazar la realidad. Necesito ayuda, soy un farsante, no sé cómo salir de acá, dijo sonriendo. No me digas, yo pensé que eras el actual campeón mundial, pensó el joven. La muchachita no dijo nada, pero no podía parar de reír. Tras una breve relación de la rutina a seguir, emprendieron la vuelta. La muchachita tomó la delantera y el joven se mantuvo rezagado para enseñarle el camino. Era notable la facilidad con la que se desplazaban por el agua. El pobre diablo los siguió hasta donde pudo. Agotadas las energías, lanzó un grito desesperado: ¡Eh, amigo, más despacio! Al oír el llamado, el joven se detuvo a esperarlo, y al verlo acercarse, se apiadó de él. Agarrate de la pita que yo te remolco, dijo el joven, en un acto de fraternidad encomiable. Prefiero ahogarme, respondió él, con voz ronca y agonizante. No obstante, dicho esto, se sujetó de la correa con sutileza y, quebrantando todo principio, se dejó arrastrar de la manera más humillante, dejando atrás los restos de orgullo.

De ese modo fue conducido hasta la orilla, adonde fue recibido por las señoritas. Se dejó caer sobre la arena, sin ningún tipo de pudor, a la vista de todos. Nunca antes había estado tan agitado. A esa altura, poco importaban las burlas, sólo quería recuperarse. Al verlo en ese estado, las señoritas le brindaron toda clase de apoyo y postergaron las bromas y las risas para otro momento. Cuando advirtieron cierta mejoría, le alcanzaron un cigarrillo encendido, pero era tal el dolor que aún padecía en los brazos, que no pudo fumarlo y se extinguió entre sus dedos. Ante la pregunta: ¿lograste pararte alguna vez? no quiso responder con palabras, por razones manifiestas, pero la sonrisa que ofreció como respuesta fue de lo más elocuente. Por largo rato se lo vio disperso, más bien abstraído, en absoluto silencio. Tenía la mirada extraviada y los ojos húmedos. Era evidente que estaba sufriendo, que por su mente se cruzaba una idea perturbadora, una verdad cruel. Lo que ellas no sabían era que ese pobre hombre evocaba, con todos los detalles, una escena memorable que tuvo lugar en lo alto de un morro, muchos años atrás, en la que uno de sus queridos amigos, mediante un acto solemne, renunciaba definitivamente a la práctica del deporte, reconociendo que no estaba a la altura de las exigencias. Y el motivo de tanto dolor no era otro que la empatía que había surgido en su interior desde la reciente llegada a la orilla. Por primera vez, después de mucho tiempo, había llegado a comprenderlo.