La gotera






En la madrugada del lunes, Febo despierta sobresaltado en un ámbito dominado por la penumbra. Haciendo un esfuerzo por mantener los ojos abiertos, percibe la tambaleante figura de un sujeto que hace su ingreso en la habitación; la misteriosa sombra deambula sin rumbo aparente, en forma desordenada, rebotando contra cada uno de los muebles allí dispuestos. De inmediato reconoce que esa sombra desdibujada es Baco, su hermano mayor, quien regresa a su hogar en un estado de ebriedad calamitoso.

Sin desconocer sus antecedentes, a Febo le resulta extraño el estado que presenta su hermano, considerando que hasta el día anterior había estado en el campo, alejado de la noche y de sus vicios. Lo que Febo no sabía era que Baco había estado bebiendo durante todo el viaje y que al llegar a la ciudad se había instalado a hacer lo propio en un conocido bar ubicado a pocas cuadras de su casa.

Desde la cama, sumamente confundido, Febo intenta obtener una explicación. Sin embargo, Baco ofrece una respuesta incomprensible y se deja caer sobre su propia cama, sin siquiera quitarse la gorra. Ante la esquiva conducta de su hermano, Febo decide retomar el sueño.

Una hora más tarde, la aguja del reloj se posa sobre el número siete y acciona la alarma del despertador. Baco, ajeno al mundo exterior, permanece inmutable sobre la cama, conservando la misma postura que había conseguido al desplomarse sobre ella. Por su parte, Febo, abandona la morgue y se dirige hacia la cocina con el propósito de tomar un café.

Concluido el desayuno, Febo regresa a su cuarto, un poco más animado, y para su asombro, encuentra un obstáculo en el camino. El cuerpo de su hermano yace dormido boca arriba en el suelo, bajo el umbral de la puerta. La parte superior del cuerpo se extiende por el pasillo, entre el mueble del teléfono y el cuarto de su madre; las piernas todavía están dentro del cuarto.

Febo es consciente de que debe remover el cuerpo antes de que aparezca su madre y que debe hacerlo con sumo silencio para evitar que ella despierte. Intenta reanimarlo por medio de susurros, pero como no obtiene el resultado deseado, se ve obligado a recurrir a los golpes. A causa de los golpes, Baco reacciona. Sin abrir los ojos, mueve la cabeza hacia los costados una y otra vez, y se pronuncia trastocando las palabras en un balbuceo desesperante.

Febo apenas comprende lo que intenta decir su hermano.

–Baño… baño… no me peguen… baño… no me peguen… baño… baño.

En un acto hercúleo, Febo lo alza tomándolo de los brazos y logra ponerlo de pie. De ese modo, arrastrando las zapatillas, con las piernas abiertas, todavía con los ojos cerrados, Baco se dirige hacia la cama y cae desmayado.

Aprovechando la calma, Febo resuelve ir a tomar un baño.

Una vez bañado, regresa al cuarto y decide ponerse la ropa que había usado el día anterior. Toma el pantalón que estaba tirado en el suelo, justo en el centro del cuarto, y advierte que el pantalón está salpicado. En un acto de inocencia ciertamente admisible, lo palpa con ambas manos y descubre que el pantalón no sólo está salpicado, sino que está empapado en todas sus partes. Se deshace de él con asco y violencia, sin necesidad de olerlo, y al hacerlo visualiza un charco en el suelo, lo que le permite inferir sin asomo de duda qué era lo que había hecho Baco mientras él se bañaba.

Febo dirige la mirada hacia su hermano dormido y recuerda que no es la primera vez que hace uso del cuarto como si fuera un inodoro. Ya lo había hecho en ese mismo cuarto frente al televisor unos años atrás, en la misma época que lo hizo dentro de una palangana llena de ropa que reposaba en la cocina. Para Febo la impotencia es absoluta, en ese estado no hay forma de reprocharle sus actos.

La madre, un tanto adormecida, hace su aparición de improviso. Saluda a Febo desde la puerta y se sorprende al ver el charco en el suelo. Lo analiza a la distancia con la mirada que caracteriza al ser somnoliento. Febo se queda inmóvil en el lugar, sin atreverse a emitir palabra. Movida por la curiosidad, penetra en el interior del cuarto y dirige la mirada hacia el techo. Con un gesto de preocupación en la frente, se ubica sobre una silla y, estirando el brazo hacia arriba, procura encontrar las manchas de humedad en el techo. Contrariada, le pregunta a Febo si sabe de dónde proviene la gotera, pero Febo no responde, conteniendo la carcajada, y ajusta los cordones de sus zapatillas con toda prisa. Ella mueve la silla de lugar y persiste en la búsqueda. Su malhumor se acrecienta a medida que transcurre el tiempo y si bien no logra encontrar la gotera, se siente inclinada a despotricar contra los vecinos del piso superior.

Al advertir que la situación se complica, Febo se despide de ella alegando cierto apuro, pero antes de retirarse, le dice:

–Dejá, vieja, me parece que Baco trajo del campo una bolsa con algo mojado y la apoyó en el suelo.