Advertí su presencia recién por la noche, a la hora en que las luces comienzan a apagarse. Al primer canto no le concedí demasiada importancia, supuse que provenía del televisor, lo que sin duda se ajustaba mejor a la naturaleza de las cosas, considerando que vivo en un piso alto de un edificio ubicado en el centro de la ciudad. El segundo canto fue bastante más convincente que el primero, por lo que decidí aguzar el oído. Aun con ciertas dudas, apagué el televisor con el propósito de crear un escenario más propicio. Sentado en el sillón de mi cuarto, en la más absoluta oscuridad, me había dispuesto a confirmar mi sospecha, aun sabiendo que su presencia era poco probable. La espera se hizo más prolongada que lo previsto y se tornó un tanto absurda. De alguna forma, la situación me generaba pudor. Al mismo tiempo, el agudo sonido del silencio perforaba mis oídos de una manera insoportable. Todo parecía indicar que había sido engañado por un efecto de sonido de la película, de modo que de a poco fui cediendo al dictado del silencio que imperaba. Abruptamente, abandoné el quietismo al que me había sometido; ya no podía permanecer en dicho estado. Y cuando me disponía a encender el televisor, cuando buscaba a ciegas el botón indicado, pude oír el canto inconfundible del grillo.
Fue un solo canto, breve y huidizo, pero resonó de un modo especial entre los muros de la habitación. No fue el agradable sonido que uno puede oír en el campo; el que oí en aquel momento fue mucho más penetrante, más pavoroso, y confieso que me generó cierta inquietud. Aun así, entusiasmado con la novedad, resolví esperar un rato más, todavía en tinieblas, con la esperanza de oírlo otra vez, pero a pesar de las precauciones guardadas, el insecto permaneció callado. Con la frustración a cuestas, encendí el televisor y retomé el curso de la película que estaba viendo.
Tal como es mi costumbre, aquella noche me acosté muy tarde, bien entrada la madrugada, y para ese entonces ya me había olvidado del grillo. Con la cabeza apoyada sobre la almohada, oculto bajo la suavidad de las sábanas, me había entregado al placer de conciliar el sueño. Si bien tenía los ojos cerrados, aún no había logrado dormir, cuando el grillo volvió a entonar su canto. Dicha circunstancia fue la que produjo un repentino cambio de ánimo, pues no hay nada peor que lo despabilen a uno cuando atraviesa el estado de sopor que precede al sueño. Lejos había quedado la curiosidad que se genera ante el hecho novedoso. Confundido, abrí los ojos y me mantuve inmóvil en el lugar. Los cantos del grillo se sucedían con la intermitencia acostumbrada. Daba la impresión que el concierto recién comenzaba, que los cantos anteriores habían sido sólo el preludio. Manteniendo la calma, cerré los ojos e intenté dormir, pero la repetición de los cantos me lo impedía.
Bajo tales circunstancias, me propuse localizar al grillo con la ayuda del oído. Una vez que determiné dónde se encontraba, salí dispuesto a atraparlo. Apenas encendí la luz, el grillo dejó de cantar, lo que dificultó la tarea; no obstante lo cual, corrí la cama de lugar y me eché al suelo. A sordas y a tientas lo busqué por todos los rincones, pero no pude encontrarlo.
Al acostarme en la cama, ya con la luz apagada, comprendí que no tenía sueño y que sería difícil conciliarlo. Me revolcaba de un lado al otro sin hallar una postura favorable. Lo que más me perturbaba en ese momento era que no podía dejar de vislumbrar la aparición de renovadas torturas para mi descanso. En efecto, el flagelo no se hizo esperar, y se manifestó como sólo un grillo puede hacerlo. Sin encender la luz, lo busqué por debajo de la cama, y al hacerlo comprobé que los ruidos provenían de la otra punta del cuarto, de modo que decidí torcer el rumbo. Lo hice con sumo cuidado, procurando no ser descubierto, y me detuve a pocos metros de la puerta. Allí, agazapado, permanecí estático unos instantes, tanteando su ubicación, hasta que advertí que los cantos provenían de la zona ocupada por la cama. Recién entonces comprendí lo engañoso que es el canto del grillo. Absolutamente desorientado, haciendo caso omiso a las confusas sensaciones, me embarqué en una búsqueda desenfrenada por toda la habitación, lo que debió de asustar al grillo, pues no tardó en interrumpir sus cantos.
Agitado tras la búsqueda, me enredé entre las sábanas, resuelto a ignorarlo. No podía permitir que un grillo me arrebatara el sueño. Aun sabiendo que el silencio no perduraría, había tomado la decisión de permanecer en la cama hasta el día siguiente. Acomodé la almohada sobre la cabeza y cerré los ojos con determinación. Más allá de mi buena voluntad, la sola idea de que el grillo volviera a cantar, me mantenía despierto. En lugar de aprovechar la calma momentánea para alcanzar el sueño, mi mente prefería desconfiar de un silencio que parecía simulado. Tal como sucede en estos casos, estaba condenado a aguardar despierto hasta que se produjera aquello que tanto temía, no porque lo deseara, sino porque resulta difícil desprenderse de las preocupaciones que nos hostigan de ese modo.
En ese estado me encontraba yo cuando el grillo liberó el primero de los muchos cantos que acabarían colmando mi paciencia. Apretando los dientes, intenté hacer oídos sordos al asedio incesante, encauzando mis pensamientos hacia un mundo imaginario donde reinara el silencio. Como el engaño no dio resultado, terminé descargando un grito de desesperación que retumbó en todos los mundos. Ante semejante exabrupto, al grillo no le quedó otra opción que abstenerse, aunque sólo fue por un instante, pues de inmediato continuó cantando como lo venía haciendo. A esa altura de la noche, su insistencia me resultaba desafiante y ya no pude contenerme. Dando un salto, encendí el televisor, y me zambullí de inmediato en la cama, con el convencimiento de que el sonido de la televisión conseguiría amedrentar al grillo; o que en su defecto, amortiguaría su canto.
Sin embargo, sucedió todo lo contrario. Dejando a un lado las promesas, abandoné una vez más la cama, y, ubicándome en el centro del cuarto, iluminado por la televisión, pude ver el reflejo de mi angustia en la ventana. En ese momento se me ocurrió que abriendo la ventana podría otorgarle una salida al grillo, pero las bajas temperaturas me obligaron a buscarle otro medio de escape. En su lugar, dejé abierta la puerta de mi cuarto, con la ilusión de que el grillo se trasladara hacia otros sectores de la casa. Pero como esta última no constituía una solución inmediata para detener los cantos, evalué cada una de las posibilidades que tenía a mi alcance, y finalmente comprendí que lo mejor sería dormir con las luces encendidas. Por último, desconfiando de las medidas tomadas, decidí abrir la ventana.
En esas condiciones me acosté en la cama. El silencio sólo duró un instante. A los cantos se sumaron entonces los sonidos del televisor, el brillo de los focos de luz, y la fría corriente que ingresaba por la ventana. Mi única protección era la colcha, con la que había logrado cubrir todo mi cuerpo. De más está decir que no tardé ni un minuto en salir de la cama. Insultando por lo bajo, me retiré del cuarto; hice una parada en el baño, donde me refresqué la cara, y finalmente me encerré en el living. En el sillón medité fumando un cigarrillo, lo que agravó el dolor de cabeza que me aquejaba, y aunque no estuve lejos de lograrlo, el orgullo me obligó a descartar la posibilidad de dormir sentado.
Cuando regresé a mi habitación, el grillo seguía cantando con la misma persistencia de siempre. Curado de espanto, apagué las luces y el televisor, y me apresuré a cerrar la ventana. A pesar de todo, me acosté boca arriba, apoyando la cabeza sobre lo que para ese entonces se asemejaba más a una roca que a una almohada. Por su parte, la colcha había quedado en el suelo, pero me negué a levantarla. Sabía que cualquier movimiento conseguiría espabilarme. A su vez, si bien estaba exhausto, preferí mantener los ojos abiertos, con la esperanza de que se cerrasen por sí solos. De algún modo, me pareció que era menos frustrante. Y así permanecí largo rato, a la espera del milagro, observando en derredor y rescatando pensamientos, todo ello con el firme propósito de ignorar al pequeño monstruo que reposaba a mi lado.
Recuerdo que sentí picazón en una pierna, mas no me rasqué. Recuerdo que había un mosquito que se golpeaba una y otra vez contra la ventana. Recuerdo que llegué a imaginar que el grillo estaba dentro de mi cabeza.

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