El viaje






En el día de la independencia partió de la gran ciudad, con destino a una estancia situada al sur de la provincia de las luces, un automóvil en el que viajaba un equipo compuesto por tres hermanos. Para su desgracia, les aguardaba una aventura muy distinta de la que ellos habían proyectado.

Partieron el día jueves por la mañana; la idea era llegar temprano y aprovechar así la luz de aquel día celeste y frío. Ya habían transcurrido siete horas de un viaje extenso pero tolerable, cuando se encontraron con un puente cerrado que les obstruía el paso. Conservando la calma, el piloto, en un rapto de lucidez muy celebrado por sus hermanos, decidió tomar una ruta alternativa, una ruta que los desviaría del camino prefijado y que haría el viaje bastante más largo que lo previsto, pero que al menos les permitiría llegar a destino.

Tras recorrer doscientos kilómetros que no estaban en los planes del equipo, accedieron a un camino de tierra que jamás habían recorrido. Los verdaderos problemas se presentaron en dicho camino -el cual estaba colmado de barro-, a más de cincuenta kilómetros de la estancia, cuando el automóvil comenzó a derrapar en forma incontrolable. La destreza del piloto no estuvo a la altura de las circunstancias y las indicaciones de los acompañantes no fueron las más oportunas, por lo que después de luchar en forma desesperada contra el destino, el auto fue vencido por el barro y el motor se apagó caprichosamente.

Una vez que el piloto agotó las pruebas desde el interior del auto, sobrevino un silencio desolador. La situación era por demás preocupante. Habían quedado atrapados en el medio de la nada. A su alrededor no había más que campo, y pese a las medidas que habían tomado para arribar de día, advertían con desilusión que el cielo comenzaba a apagarse.

Sin señal en los teléfonos, pusieron manos a la obra. La operación destinada a mover el vehículo les demandó algo así como una hora. Con más fuerza que maña empujaron el auto hasta el cansancio sin obtener los resultados pretendidos. De a poco fueron perdiendo toda energía. Ante la desesperación, se arrojaron a los pies del auto y quitaron con sus manos el barro que se adhería a los neumáticos, pero con ello sólo consiguieron embarrarse más de la cuenta. Todo esfuerzo resultaba inútil. Las ruedas giraban en falso, dando chirridos y despidiendo barro hacia todas partes, pero el auto permanecía inmóvil en el lugar.

Bajo tales condiciones, el menor de los hermanos, el más fornido de los tres, se ofreció a salir de expedición. Caminó hasta el monte más cercano, en busca de una radio que le permitiera tomar contacto con su gente, pero en dicho monte sólo halló un enorme desconsuelo, no había más que ruinas entre los árboles. Resignado y con el ánimo abatido, sin otro monte a la vista, regresó al auto arrastrando sus pies congelados, y se reunió otra vez con sus hermanos, quienes lo recibieron con un caluroso abrazo, a pesar de que había fallado en su empresa. Para ese entonces la oscuridad se había apoderado de toda esperanza, no les quedaba otra alternativa, debían pasar la noche dentro del auto, a merced de un frío que se calaba hasta los huesos.

La sociedad del barro se mostró más unida que nunca e hizo todo lo posible para sobrellevar el trance. Sin provisiones, se vieron obligados a enfrentarse al horror de alimentarse con las sobras de un paquete de papas fritas, en un acto desesperado por conservar el aliento. Y como no tenían agua, calmaban la sed con cerveza, pero el frío que transmitían las latas era tan intenso, que se les congelaban las manos. Por su parte, el mayor de los hermanos, en una demostración de compañerismo admirable, supo tolerar el humo de los cigarrillos que despedían sus hermanos, y nada dijo acerca del barro que estropeaba el tapizado de los asientos.

Las infernales condiciones climatológicas condicionaban la conducta de los hermanos. Uno de ellos entendió que lo más sensato sería dormir al abrigo de sus propios cuerpos, y así lo hicieron, o al menos esa fue la intención, pues era tal el frío que se colaba en el interior del auto, que apenas pudieron pegar un ojo en toda la noche. Por otro lado, no se atrevían a dormir al amparo de la calefacción del auto, por el peligro que ello suponía, pero cada vez que apagaban la calefacción, el crudo frío los despabilaba y se veían obligados a encenderla nuevamente para recuperar el calor de los cuerpos.

En el medio de la noche, el mayor de los hermanos, mientras los otros dormían, abandonó el auto sin previo aviso. Minutos más tarde, abrió cuidadosamente la puerta y se acomodó otra vez en su lugar. Sus hermanos, que estaban despiertos, quisieron saber para qué había salido. Con voz entrecortada, dijo que había salido a hacer pis, pero la respuesta no logró convencerlos. Finalmente, ante el apuro incesante, confesó que había salido a comer un caramelo que había encontrado en la guantera del auto. El hecho generó discordia entre los hermanos y se produjo una violenta discusión. Sin embargo, todos entendieron que debían permanecer unidos, más que nunca en ese momento, lo que motivó que se calmaran los ánimos. Y para evitar males mayores, pasaron el resto de la noche en absoluto silencio.

Recién a las seis de la madrugada, cuando despuntaba el día, dos de ellos, desprovistos de toda energía, pero movidos por una poderosa fuerza que los impulsaba hacia lo inalcanzable, se lanzaron a una nueva expedición. El mayor, avergonzado aún por su acto de traición, quedó al cuidado del auto y depositó todas sus esperanzas en sus valientes hermanos.

Desde muy temprano, caminaron infinidad de kilómetros desiertos, enfrentándose a todo tipo de adversidades, soportando el rigor del hambre y del frío. En el camino se vieron obligados a detenerse en repetidas oportunidades con el objeto de recuperar fuerzas. El menor estaba pagando los esfuerzos que había gastado el día anterior. Finalmente, siguiendo unas huellas de tractor, llegaron a una estancia vecina, donde fueron recibidos por un paisano que se sorprendió al verlos. Los jóvenes no guardaban el mejor aspecto y se presentaron a los gritos, alarmando a la gente del lugar. De inmediato, tras escuchar el doloroso relato de los hechos, el paisano les brindó la debida asistencia y puso a su disposición un modesto tractor.

Al cabo de un rato, con estómagos satisfechos, partieron en busca de su hermano. El viaje en tractor no fue apacible, el espacio en la cabina era reducido, y el camino se hizo eterno. Sin embargo, la alegría brotaba de sus rostros. Cuando su hermano los vio aparecer, hundió sus rodillas en el barro y alzó los brazos al cielo. Los hermanos saltaron del tractor y fueron corriendo a su encuentro; se fundieron en un abrazo fraternal y compartieron el pan que habían llevado consigo. Para ese entonces, la emoción había llegado a los ojos del paisano.

Con la ayuda del tractor, lograron remolcar el auto hasta tierra firme. Cuando se hallaron fuera de peligro, se despidieron del paisano en un efusivo agradecimiento, y decidieron retomar el rumbo, pero como el camino se encontraba anegado, retrocedieron sobre sus huellas y tomaron la ruta que los había conducido hasta aquel inhóspito lugar. Recorrieron nuevamente los interminables kilómetros que habían transitado el día anterior y accedieron a la estancia a través de un camino con tierra más noble.

Finalmente, a treinta horas de la partida, hicieron su ingreso en la estancia. El recibimiento fue de lo más emotivo. La primera en advertir la llegada de los hermanos fue la hija del capataz, una niña de tan solo seis años, quien al verlos descender del auto, se deshizo del gato que cargaba entre sus brazos, y anunció la llegada, diciendo:

¡Viven!