Al salir del bar, bien entrada la madrugada, nos encaminamos hacia la avenida más próxima con el propósito de conseguir un taxi que nos llevara a casa. Para ese entonces sólo quedábamos cuatro de los nueve que habíamos emprendido el recorrido nocturno, y poco nos importaba dónde se encontraban los otros cinco. Recuerdo que caminábamos lentamente, a paso de ebrio, manteniendo cierta distancia entre nosotros, dedicados a reconstruir en silencio los hechos recientemente ocurridos.
En un momento dado, nonino, que llevaba la delantera, liberó uno de esos silbidos que se obsequian a las mujeres deslumbrantes. Un silbido que resonó haciendo eco en una ciudad mayormente dormida. Desde mi posición no pude advertir a quién estaba dirigido, lo que despabiló mi curiosidad y me dispuso a apurar un poco el paso. Más allá de mis suposiciones, cuando llegué a la esquina no hallé lo que esperaba, más bien sentí una gran desilusión, la destinataria del silbido no sólo no era merecedora del cumplido, sino que ni siquiera era mujer.
No tuve tiempo para reaccionar debidamente; apenas lo vi, fornido y gigante como era, se aferró a mi brazo con vehemencia. Las facciones masculinas eran inconfundibles. Nada en él podía compararse con la delicada figura de una mujer. Era evidente, estaba caminando tomado del brazo del transexual más abominable del planeta. Tenía el pelo rizado y mugriento, la nariz achatada, y dos finas líneas oscuras constituían sus cejas. Su piel negra contrastaba con el vestido blanco que llevaba puesto, un vestido que cumplía la difícil tarea de contener los pechos más grandes que he visto. A decir verdad, sorprendía más el ancho de su cuerpo que su estatura, sólo comparable quizás con el tamaño de un gorila adulto. Sus labios, carnosos y resquebrajados, se debatían con la gravedad de su voz, dejando a la vista dos filas de dientes desordenados, poseedores de una blancura perfecta. La pasión que brotaba de sus ojos y, sobre todo, la presión que ejercía sobre mi brazo, me condujeron a pensar que me encontraba en aprietos.
Así y todo, seguí caminando sin detener la marcha con el gorila a cuestas. De inmediato sospeché que se trataba de un trabajador y que me consideraba un potencial cliente. No sé si fue por el modo en que me miraba o por el afecto que me profesó desde el primer momento, lo cierto es que confirmé mis sospechas cuando me ofreció sus servicios.
–Mi amor, llévame a un motel que estoy cachonda– me dijo en el tono más tierno, valiéndose de un acento foráneo, haciendo un esfuerzo por simular la gravedad de su voz.
Preferí no negarme de entrada para no herir sus sentimientos, era preciso que el gorila mantuviera la calma, en su lugar le hice saber quién era el donjuán que lo había agasajado, le susurré su nombre al oído y le ofrecí algunos detalles de su temperamento.
–Noniiino –dijo entonces en voz alta, sin soltar mi brazo.
Nonino volteó la cabeza al advertir el llamado y lanzó una carcajada que logró confundirlo.
–Ven aquí noniiino, no seas tímido –insistió el gorila.
Como era de esperar, nonino ignoró la invitación y aceleró el paso. Su intención era dejarme a solas con el gorila. Para colmo, a medida que avanzábamos, mis esfuerzos por deshacerme de él resultaban cada vez más estériles; probé de diferentes formas, sin recurrir a la violencia, pero ninguna dio resultado, era imposible escapar a su custodia.
A todo esto, podía oír las risas de los dos que caminaban a mis espaldas, encantados con el espectáculo.
–Noniiino –dijo una vez más el gorila, sin obtener respuesta.
Y así continuó repitiendo su nombre una y otra vez hasta el cansancio. Yo, por mi parte, lo alentaba a que perseverara en el intento; en primer término, porque sabía que nonino constituía mi salvación, y en segundo término, porque me resultaba simpático el tono que empleaba para hacerlo. No obstante, la indiferencia de nonino fue generando cierta impaciencia en el gorila, lo que repercutió de a poco en mi perjuicio. A medida que nonino se alejaba, el gorila se aferraba con mayor ímpetu a mi brazo. Fue entonces cuando comencé a preocuparme.
Faltando pocos metros para llegar a la esquina, me propuso nuevamente que lo llevara al motel más cercano. Me vi envuelto en el trance que tanto temía, el gorila había renunciado a conquistar a nonino. Comprendí que debía actuar rápidamente. Entonces, resuelto a poner fin a un asunto que había llegado demasiado lejos, le manifesté con delicadeza que no podía ir con él al motel porque estaba felizmente casado. Desde luego, mi argumento no surtió el efecto deseado, el gorila menospreció mis palabras, les restó toda importancia, al punto que terminó riendo como sólo un simio puede hacerlo.
Afortunadamente, al llegar a la avenida nos encontramos con nonino, estaba ubicado al borde de la vereda, esperando la llegada de un taxi. Hacia él nos dirigimos. Interrogado por el gorila, nonino declaró que se había producido una triste confusión, que la verdadera destinataria del silbido había sido una señorita que caminaba por la vereda de enfrente. La falaz declaración de nonino afectó el humor del gorila, fue notoria la transformación de su rostro, de algún modo debió de ofender su orgullo. Inmediatamente sentí la presión en mi brazo y advertí que las venas de mi mano se dilataban en gran medida. A su vez, los giros de sus pupilas presagiaban una reacción violenta.
–Tú te vienes conmigo –rugió entonces el gorila al tiempo que me arrastraba vereda adentro.
No me quedó otra opción que enfrentarlo. Forcejeamos con todas las fuerzas en un acto desesperado por prevalecer. No hubo golpes de puño ni puntapiés, yo sólo intentaba quitarme al gorila de encima por medio de empujones, mientras él se afanaba en arrastrarme hacia el motel. De pronto conseguí el objetivo y tomé distancia. Recién entonces advertí que la esquina se había colmado de gente sedienta de violencia, de fisgones que disfrutaban del escándalo; mis compañeros reían a mis espaldas, ajenos a la lucha; se oían también bocinas provenientes de los autos que se hallaban detenidos; una población que parecía estar dormida, se había congregado en torno a la bestia.
Distraído en contemplar a los espectadores, sumido en la más profunda vergüenza, no había reparado en el estado de mi oponente. Como consecuencia de la pelea, el vestido del gorila se había roto en la parte superior, dejando el torso al descubierto. El asombro fue general. Sus pechos eran inmensos, alcanzaban un tamaño desproporcionado, aun para su cuerpo. A pesar de todo, no intentó siquiera cubrirse con las manos. Se lo veía agitado, con los brazos separados del cuerpo, con los puños apretados. Yo lo miraba absorto, incapaz de reaccionar; al igual que todo el público, había quedado paralizado. Finalmente, aprovechando un descuido, el gorila me tomó de un brazo con ambas manos y jaló de él con tanta fuerza que una vez que logré zafar de la embestida, cayó al suelo estrepitosamente.
Fue el fin. El gorila del vestido blanco gemía sentado sobre la vereda, con los pechos al desnudo, visiblemente humillado.
–Me han ultrajado… me han ultrajado… –repetía lastimosamente desde el suelo.

